La buena gente

0

            Hoy día puedo presumir de tener amigos de eso que llaman de derechas igual que los tengo de izquierdas, aunque ya no son como lo eran entonces cuando podíamos ir a tomar unas cañas a cualquier taberna y enzarzarnos en discusiones bizantinas sobre el mal y el bien, lo que era justo y lo que no lo era, y así un día y otro día. No nos poníamos de acuerdo, es cierto, pero acabábamos cantando coplas de doña Concha Piquer todos juntos al amanecer debajo del Viaducto del viejo Madrid. Añoro aquella España que en un momento dado se pudo conformar con las ideas de unos y de otros sin que la sangre llegara al río. Siento esa nostalgia.

Es difícil hacer una lista donde se denuncie todo aquello que hoy me produce tristeza y, como sucede con todos los viejos, a veces me escucho a mí misma decir aquello de “en mis tiempos… en mis tiempos…”. Sí. En mis tiempos todavía los políticos se levantaban en el Parlamento y hablaban, discutían, y si no estabas de acuerdo con lo que decían, al menos los escuchabas respetuosamente. Había un enfrentamiento, evidentemente que lo había, un enfrentamiento en el diálogo, un enfrentamiento verbal cargado de sentido y de una buena oratoria, solo eso, pero nadie pidió las armas; nadie, en lo que yo entiendo por vida pública y política, pidió en alto la muerte de nadie excepto aquellos para quienes la muerte era un símbolo de su manera de pensar o de convencer. Los menos.

Cuando veo lo que veo a mi alrededor, y escucho y leo cosas tan perversas, me pregunto dónde está la línea exacta para no cometer delitos contra la libertad de expresión o cómo hacer para no quedarme aprisionada en esa tupida red de indicaciones, frenos e interpretaciones de la misma, porque reconozco que a veces me gustaría sacar la catana y empezar a dar zarpazos y cortar cabezas envenenadas de odio y hacer que rueden por el suelo (metafóricamente hablando, claro); reconozco que a veces me gustaría saltar al ruedo y luchar a brazo partido contra comentarios crueles o razonamientos estúpidos; entrar en parlamentos, senados, asambleas y demás altares donde señores en apariencia muy sesudos se sientan y votan y dicen cosas absolutamente irracionales o vejatorias para quienes los escuchamos. Pero no lo hago, me reprimo y dejo de escribir.

A pesar de todo, y teniendo en cuenta que sigo teniendo amigos que no piensan lo mismo que yo ni en política, ni en amor ni en religión, me reafirmo en la idea de que soy fanática de las buenas personas y creo que ellas serán las encargadas de llevar a cabo la verdadera revolución, esa que se inicia desde la infancia a base de conocimiento y crece, poco a poco, a fuerza de comprensión y ternura. Creo en la buena gente y no sólo creo, sino que tengo los datos suficientes para reconocerlas. La hay en todas partes, en todas las tierras, razas y culturas. Yo las conozco y las encuentro allá por donde paso. Y ustedes también, aunque no se hayan dado cuenta. Estoy hablando de esa clase de ser humano capaz de sobrevivir sin necesidad de pisotear a sus vecinos, sin necesidad de escalar puestos a base de chupar la sangre de los demás; estoy hablando de los que caminan ligeros de equipaje con la carga imprescindible sin nutrirse de lo ajeno; estoy hablando de muchas personas que nos rodean y nos ocupan el tiempo. Estoy hablando de quienes son capaces de estar horas y horas dedicándose a los otros en un hospital, en la oficina, en la calle o en su propia casa. En resumen, estoy hablando de quienes habitan las dos, tres, cuatro y cinco Españas diferentes sin distinción de colores, ideologías o maneras de ser. Estoy hablando de ustedes y de mí misma.

Y es entonces cuando retomo mi apariencia de ciudadana moderada y comienzo a predicar con paciencia infinita los mandamientos que aún conservo de aquellos años llenos de esperanza cuando leíamos en alto los poemas de Machado y aquel Españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios. / Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón... Mientras soñábamos que nunca volveríamos a repetir esos versos.

Elsa López

6 de mayo de 2026