La ciencia abre una vía bajo Puerto Naos
Durante años, Puerto Naos ha vivido pendiente de un enemigo que no se ve. No tiene color, no hace ruido, no deja una marca directa en las fachadas. Pero condiciona cada puerta cerrada, cada local sin abrir, cada vivienda a la que se vuelve con prudencia o a la que todavía no se puede volver. El dióxido de carbono de origen volcánico ha sido, desde la erupción del Tajogaite, una de las heridas más persistentes de La Palma: una amenaza silenciosa que no destruyó las casas, pero sí suspendió su uso.
La novedad es que, por primera vez, el relato empieza a cambiar de verbo. Durante mucho tiempo, la palabra principal fue medir. Medir concentraciones. Medir oxígeno. Medir riesgos. Medir, en definitiva, para decidir si una zona podía abrirse o debía seguir cerrada. Ahora aparece otra palabra: extraer. No esperar a que el gas desaparezca, sino intervenir sobre el camino que sigue desde el subsuelo hasta los edificios.
Eso es lo que ha ensayado el Instituto de Ciencias de la Construcción Eduardo Torroja, del CSIC, en un edificio piloto de la calle Guzmán Pérez Pérez, número 3, en Puerto Naos. La idea parece sencilla cuando se cuenta, pero no lo es: crear una depresión controlada bajo el edificio para que el gas deje de entrar por donde no debe y salga por donde se le ordena. En vez de permitir que el COâ encuentre fisuras, cámaras, garajes o plantas bajas, se le ofrece una vía preferente, captada mediante arquetas de succión y conducida al exterior hacia una zona no habitada.
La técnica no nace de la improvisación. Procede de la experiencia acumulada en la mitigación del radón, otro gas del terreno que plantea problemas de salubridad en edificios. El salto de La Palma consiste en aplicar esa lógica constructiva, ya contrastada en otro ámbito, a un escenario volcánico singular: no un gas radiactivo que se infiltra de forma difusa en una vivienda, sino un flujo de COâ post-eruptivo, persistente, irregular y condicionado por un subsuelo que mezcla coladas, rellenos, excavaciones y fracturas.
El responsable científico que está dando forma a esta solución es Borja Frutos Vázquez, doctor arquitecto por la Universidad Politécnica de Madrid, especialista en habitabilidad, salubridad y protección frente al radón en la edificación. Frutos pertenece al Instituto Eduardo Torroja, dentro del grupo de Sistemas Constructivos y Habitabilidad en la Edificación, y su perfil explica bien por qué esta actuación es distinta. No se trata solo de volcanología, ni solo de emergencias, ni solo de arquitectura. Está justo en la intersección: cómo se comporta un gas en el terreno, cómo entra en una construcción y cómo puede modificarse el edificio para que deje de ser una trampa.
El sistema instalado en Puerto Naos tiene una escala casi doméstica si se compara con la magnitud del problema. Cuatro arquetas de succión bajo la losa del garaje. Dos extractores de 80 vatios. Una tubería exterior que, de forma provisional, evacua el gas hacia Playa Chica, en un punto no habitado. Nada en esa descripción suena grandilocuente. Y, sin embargo, ahí está precisamente la fuerza del ensayo: con una intervención relativamente contenida, diseñada tras ensayos de conectividad y permeabilidad del terreno, se ha conseguido alterar el comportamiento del gas no solo dentro del edificio tratado, sino también en el entorno.
Los resultados conocidos son relevantes. La reducción de COâ en el edificio piloto y en inmuebles colindantes se sitúa entre el 80% y el 90%. En edificios situados hasta unos 50 metros, los descensos rondan el 40% o el 50%. La cifra importa por dos razones. La primera es obvia: bajar esas concentraciones acerca la posibilidad de recuperar espacios. La segunda es más interesante: el sistema estaba pensado para actuar sobre un edificio, no sobre una pequeña porción urbana. Que su efecto se extienda decenas de metros sugiere que el subsuelo de Puerto Naos no se comporta como una suma de parcelas aisladas, sino como una red de caminos preferentes.
Esa conclusión obliga a una lectura prudente, pero optimista. Prudente, porque el terreno volcánico no es homogéneo. Donde hay una colada, un relleno, una excavación antigua o una discontinuidad, el gas puede circular de manera distinta. Un mismo sistema puede funcionar de forma excelente en un punto y de manera más limitada en otro. Optimista, porque por primera vez hay una herramienta que no se limita a convivir con el problema, sino que lo modifica.
La actuación tiene además un valor político y social que conviene no esconder. Puerto Naos y La Bombilla no son solo dos lugares afectados por un fenómeno físico. Son comunidades interrumpidas. Detrás de cada sensor hay una familia, un negocio, una comunidad de propietarios, un garaje, una farmacia, un restaurante, una persiana que quizá pueda volver a levantarse. La ciencia, en este caso, no opera en un laboratorio abstracto. Opera bajo el suelo de una calle concreta, en una isla concreta, con vecinos que llevan años aprendiendo una palabra, ppm, que nunca debieron necesitar.
Ahí entra también la coordinación institucional. El proyecto cuenta con la financiación del Instituto Geográfico Nacional y del Cabildo de La Palma, y se desarrolla en un marco de cooperación con el Comisionado Especial para la Reconstrucción de La Palma, encabezado por Héctor Izquierdo Triana. Lo importante no es solo que participen varias administraciones, sino que cada una aporte una pieza diferente: vigilancia científica, emergencia, ingeniería, conocimiento constructivo, financiación y capacidad de convertir un piloto en una actuación replicable.
El Comisionado ha insistido en una idea que merece atención: La Palma puede convertirse en un referente internacional en la gestión de emergencias volcánicas si logra transformar una crisis prolongada en conocimiento útil. La frase podría sonar solemne si no hubiera detrás datos, sensores, tuberías y vecinos esperando. Pero los hay. La isla ya dispone de una red densa de vigilancia de gases, con sensores interiores y exteriores, protocolos de respuesta y seguimiento continuo. El paso que ahora se ensaya es el siguiente: de la vigilancia a la mitigación activa.
Ese cambio es decisivo. Monitorizar sirve para saber dónde estamos. Mitigar sirve para movernos. Durante años, el gran avance consistió en saber con más precisión qué viviendas podían usarse y cuáles no. Ahora la pregunta cambia: qué se puede hacer para que una vivienda deje de estar afectada. Es una diferencia pequeña en apariencia y enorme en la práctica. La primera pregunta clasifica el daño. La segunda intenta repararlo.
La solución global, sin embargo, no será tan simple como multiplicar por cien el sistema piloto. El propio diseño técnico apunta a una estrategia más compleja: analizar cada edificio, adaptar la solución a su cimentación y a su contacto con el terreno, crear una red exterior de colectores y conducir el gas hacia zonas no habitadas. Después vendrá otra cuestión, todavía más ambiciosa: qué hacer con ese COâ. Las opciones van desde la dilución controlada hasta posibles usos industriales o sistemas de purificación. La imagen final se parece menos a un remedio provisional y más a una infraestructura urbana subterránea, pensada para convivir con una desgasificación que puede durar años.
La licitación de una nueva intervención de succión en Playa Chica, una de las zonas de mayor afección, será una prueba importante. Si confirma los resultados, Puerto Naos pasará de tener un éxito localizado a disponer de un modelo técnico. Y un modelo técnico, cuando funciona, permite planificar: dónde perforar, cuánto extraer, cómo canalizar, qué zonas priorizar, qué edificios recuperar antes y con qué garantías.
Conviene, aun así, evitar dos errores. El primero sería presentar esta actuación como una varita mágica. No lo es. Los gases volcánicos siguen ahí, el origen profundo del COâ no desaparece porque se instale un extractor, y la seguridad debe seguir dependiendo de datos continuos y criterios de salud pública. El segundo error sería minimizar el avance. Porque en una crisis larga, donde cada demora desgasta la confianza, demostrar que una intervención física reduce el problema es mucho más que un buen resultado técnico. Es una señal de dirección.
La ciencia pública suele ser menos vistosa que la catástrofe. No tiene la fuerza visual de una colada avanzando ni la épica inmediata de una evacuación. Trabaja después, cuando las cámaras se han ido y quedan los problemas difíciles: los que no se resuelven con una obra rápida ni con una declaración optimista. En Puerto Naos, el Instituto Eduardo Torroja está haciendo precisamente eso: convertir conocimiento acumulado en una solución concreta para un lugar concreto.
La Palma no necesitaba otra promesa. Necesitaba una técnica que pudiera medirse. Y eso es lo que empieza a tener. Cuatro arquetas, dos extractores, una tubería y una idea poderosa: si no podemos impedir que el volcán respire bajo tierra, al menos podemos aprender a conducir ese aliento lejos de las casas. A veces, la reconstrucción no empieza levantando muros, sino cambiando la presión del aire bajo nuestros pies.