Las dos Españas
Mi padre era un señor muy de derechas. Católico, apostólico y romano. En la guerra (en casa decíamos “la guerra” como si nunca hubiera habido otra) llegó a ser alférez provisional y al contar sus batallas en el frente terminaba siempre relatando cómo llegó a rescatar el cadáver de su hermano asesinado por los rojos en la sierra de Granada, cosa que contaba y decía con solemnidad pronunciando lo de “rojo” con verdadero ímpetu guerrero. En la misma mesa se sentaba mi madre. Ella era republicana con unas convicciones muy claras respecto a lo que era la justicia social, lo que eran los derechos de los más débiles y necesitados. Y dicho esto, punto y aparte. En mi casa no hubo nunca una palabra más alta que otra, si acaso el tono irónico de mi madre enfadada con él por algún motivo casero cotidiano llamándolo “jesuita”. Decir con muy mala leche “Manolo, eres un jesuita” determinaba una situación en la que mi padre intentaba escabullirse para no entrar al trapo. Con esa frase se terminaba la discusión y con ella mi madre dejaba claro lo quería señalar y que no era otra cosa que la hipocresía de una religión que en aquellos difíciles años cincuenta presidía la vida española y ella no iba a permitir que entrara en nuestra casa.
Él escuchaba a mi madre sonriendo. Le hacían gracia sus discursos, sus enfados delante de la televisión ante determinadas escenas o determinados personajes, su inclinación natural hacia figuras concretas de la historia no sólo de España sino de fuera de España cuyos discursos o pensamientos a ella le sonaban a democracia, a libertad o a justicia. Mi padre sonreía ante la pasión de mi madre por John Fitzgerald Kennedy, por ejemplo, y que era tan grande como la que sentía por Martin Luther King o por Dostoyevski. En su devoción llegó hasta comprarse una mecedora igual que la que lucía Kennedy en algún reportaje y colgó una foto suya encima de la mecedora y otra de Martin Luther King en el pasillo de casa. Se leía sus discursos y repetía cuando tenía ocasión sus palabras. La continua disposición de mi madre a defender lo que era África, la cultura africana y quienes la rodeaban en el continente los años que vivió en él, eran una de sus características más llamativas. Ella, que vivió África muy de cerca, defendía sus derechos frente a una colonia que los desconocía o aparentaba ignorarlos tratándolos como esclavos sometidos a trabajos muy mal pagados o sin pagar, oprimidos bajo una dictadura, sujetos a castigos y a cárceles por nimiedades.
Yo viví en una familia en la que todavía se podía hablar en alto de determinados asuntos; una casa donde se nos permitía opinar a los más jóvenes, aunque a veces mi padre nos recriminara algunos pensamientos que iban en contra de su manera de entender la religión o la sociedad. Echo de menos todo eso. Echo de menos ese ejemplo de lo que España llegó a ser en un momento dado. Momentos difíciles para muchas familias donde la convivencia pacífica, la armonía, los criterios distintos y las distintas ideas aún podían discutirse a la hora de comer; donde no se agredía ni insultaba ni se cometían actos de violencia física. Siempre hubo pequeños grupos de disidentes, pequeños grupos que ondeaban banderas con gritos y con insultos, pero eran los menos, eran muy pocos y llamaban la atención incluso de mi padre. En aquellos tiempos yo leía en alto los versos de Antonio Machado “Españolito que vienes al mundo te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón” y pensaba que qué gran suerte la mía que podía vivir con las dos bajo el mismo techo.
Hoy día puedo presumir de tener amigos de distintas ideologías, aunque ya ni la derecha es derecha ni la izquierda es izquierda porque ya nada es lo que fue. Hablo como una vieja nostálgica añorando aquella España que se pudo conformar con las ideas de unos y de otros. Siento que todo se pierde, que la vergonzosa manera de expresarse de algunos políticos con un lenguaje soez a veces, con mentiras, con burlas, con falsos testimonios, falsas historias y falsos criterios, dominan los escenarios, los parlamentos y las mesas de discusión. Hay una España posible donde podemos reunirnos de un lado y del otro, si es que existe un lado y otro, porque no existe un lado, sólo la buena gente de una parte y la mala gente de la otra; la buena gente que se entiende hablando, que tiene enfrentamientos dialécticos, pero poco más.
Es difícil hacer una lista donde se denuncie todo aquello que hoy me produce tristeza, y, como todos los viejos de todas las épocas, a veces me escucho a mí misma decir: “En mis tiempos…”. Sí. En mis tiempos todavía había diálogos, todavía los políticos se levantaban en el Parlamento y hablaban y a lo mejor muchos no estaban de acuerdo, pero los escuchaban y luego había un enfrentamiento de ideas, solo eso; pero nadie pidió las armas, nadie pidió la muerte de nadie, nadie, en lo que yo entiendo por la vida pública y política, pidió en alto la muerte del otro, nadie, excepto aquellos para quienes ofrecer la muerte era su manera de odiar, de vivir, y de educar.
Elsa López
21 de octubre de 2026