La Fuente Bendita (un cuento cervantino)
En un lugar del Océano de cuyo nombre sí puedo acordarme había una isla de gran personalidad y fermosura, de plátano omnipresente y zurrón de gofio residual, deseada por corsarios y felones, emigrada e inmigrante y con más etcéteras de los que un escribano digital pudiera o pudiese, que no pudriese, imaginar, y en esa isla, había un lugar conocido desde tiempo inmemorial por la Fuente Bendita, cuyas aguas curaban no sólo a los enfermos sino también a los sanos. Reyes, príncipes, prebostes y picatostes acudían desde la lejana Arcadia continental a solazarse en sus vaporosas aguas y vincularse entre ellas y ellos, por simplificar. Pero he aquí, que por extraños juegos malabares del destino, la Fuente Bendita de nuestros duelos y quebrantos entró en un bucle temporal de gran oscuridad, notorios, cabilderos y leguleyos, amén de extraños propietarios, enredabanla madeja por los siglos de los siglos, y aquel mítico caudal terapéutico vivía año tras años en un limbo legislativo, vamos, abreviando, que no hay manera, en una pesadilla burocrática que deja en calzoncillos de esparto al bueno de Kafka y su Proceso, una pesadilla a la que contribuían con gran empeño leyes de costas, propietarios, tribunales varios, políticos de aquí y acullá, y parecía, a ojo de buen cubero, que entre todos la mataron y ella sola se murió, o camino de eso vamos, pero no hay que desesperarse, que como dice mi cuñado Gervasio, siempre nos quedará Baltavida.