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El ‘Hondius’ no trae otro 2020, pero tampoco un resfriado

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Empecé a escribir en prensa durante el Covid, esas cosas que pasan: uno intenta ordenar lo que ocurre y acaba metido hasta el cuello en curvas, contagios, aerosoles, ruedas de prensa y expertos que, por lo general, duermen menos de lo recomendable. Mientras escribía sobre la pandemia, hice también un estudio acelerado de posgrado sobre epidemiología. No me convirtió en epidemiólogo, conviene decirlo antes de que alguien pida mi ingreso inmediato en un comité científico, pero sí me enseñó una cosa útil: cuando aparece una enfermedad infecciosa, lo primero no es gritar. Lo primero es mirar bien los datos.

Por eso, lo del MV Hondius no me coge del todo de nuevo. Después de leer, escuchar a quienes saben y seguir durante estos días la información disponible, estas son algunas de las cosas que, a día de hoy, creo que conviene tener claras. Ni estamos ante una nueva covid, ni ante una simple anécdota sanitaria que se pueda despachar con un “no pasa nada”. Entre el pánico y la frivolidad hay un territorio bastante serio: el de la prudencia bien informada.

Lo primero: el virus implicado en el barco ha sido identificado como virus Andes, una variante de hantavirus presente en zonas de Argentina y Chile. El instituto neerlandés RIVM afirma que el virus detectado a bordo del Hondius es la variante Andes y que está confirmado por pruebas de laboratorio; los hospitales universitarios de Ginebra también comunicaron la identificación de la cepa en una muestra positiva de una persona que había estado en el buque.

Esto importa mucho. No todos los hantavirus son iguales. La mayoría se transmiten de roedores a humanos, sobre todo al inhalar partículas contaminadas con orina, heces o saliva de animales infectados. El problema del virus Andes es que, además, sí tiene documentada transmisión entre personas, algo excepcional dentro de esta familia de virus. Ahora bien, y aquí está la diferencia entre explicar y asustar: esa transmisión persona a persona no parece fácil ni eficiente. El ECDC señala que se ha documentado tras contactos estrechos y prolongados, y que no se espera una transmisión comunitaria amplia si se aplican medidas de prevención y control.

Ese es el punto central. El virus Andes puede transmitirse entre humanos, pero no se comporta, con lo que sabemos hoy, como un virus respiratorio pandémico. No basta con infectar a humanos para convertirse en una amenaza global. Para dar un salto de ese tipo tendría que salir de los humanos de forma eficaz, temprana y por vías compatibles con los contactos cotidianos. Dicho de otro modo: tendría que parecerse mucho más a un virus respiratorio de vía aérea superior, capaz de circular con facilidad antes de que el enfermo esté grave. Y eso, por ahora, no se ha demostrado.

Los datos conocidos del brote son graves, pero aún incompletos. El ECDC informó el 6 de mayo de 2026 de siete casos vinculados al crucero: tres fallecidos, una persona en estado crítico, dos sintomáticas y una con estado desconocido. También indicó que había 149 personas a bordo, de 23 nacionalidades, y que al menos algunas muestras habían dado positivo para hantavirus y para virus Andes. La investigación sigue abierta.

La palabra “abierta” es importante. En un brote así no se sabe todo desde el primer día. Se reconstruyen viajes, contactos, camarotes, actividades, síntomas, vuelos, desembarcos y pruebas. Se cruzan calendarios. Se buscan exposiciones comunes. Se estudia si los primeros casos pudieron infectarse antes de embarcar, quizá durante actividades en zonas endémicas de Argentina, y si después hubo contagios entre pasajeros en el entorno cerrado del barco. Esa es, ahora mismo, una hipótesis razonable. No una sentencia.

Aquí entra una pieza fundamental: qué entendemos por contacto estrecho. En una enfermedad conocida, como la covid, acabamos manejando criterios bastante operativos: tiempo, distancia, espacio cerrado, mascarilla, ventilación, convivencia. Con el virus Andes la definición es menos clara. Contacto estrecho puede ser compartir camarote, cuidar a una persona enferma, manipular su ropa o sus sábanas, atenderla durante una evacuación, acompañarla durante horas o convivir en espacios cerrados cuando ya está en fase sintomática. El problema es que en un barco el concepto puede ensancharse: no porque el virus haya cambiado necesariamente, sino porque el entorno favorece contactos repetidos, cercanos y difíciles de reconstruir.

Un camarote no es una plaza abierta. Un pasillo estrecho no es una avenida. Un comedor compartido durante días no es un encuentro casual de diez segundos. Por eso, cuando se habla de “contactos estrechos y prolongados”, en un crucero hay que pensar con más cuidado. Puede que algunas exposiciones hayan sido muy claras, convivientes, parejas, asistencia directa, pero otras pueden quedar en zona gris. La epidemiología vive mucho en esa zona: no donde todo está confirmado, sino donde hay que decidir antes de tener una película completa.

También hay que distinguir entre tres cosas que en redes sociales suelen mezclarse con alegría de licuadora: que el virus sea grave, que se transmita entre personas y que tenga potencial pandémico. Lo primero parece claro: el síndrome cardiopulmonar por hantavirus puede ser muy severo. Lo segundo es posible y está documentado para Andes. Lo tercero no está demostrado en este caso.

Para entenderlo conviene hablar del famoso R0, que no es un conjuro matemático, sino una idea sencilla: cuántas personas contagia, de media, un infectado en una población susceptible y sin medidas de control. Si ese número está por debajo de 1, la cadena tiende a extinguirse. Si está por encima de 1, puede crecer. Pero en brotes reales suele interesar más el R efectivo, es decir, cuántas personas contagia cada caso en las condiciones concretas del momento: con aislamientos, mascarillas, cuarentenas, contactos rastreados o pasajeros confinados en camarotes.

En el brote argentino de 2018-2019, publicado en The New England Journal of Medicine, se describieron 34 infecciones confirmadas y 11 muertes, con transmisión persona a persona y episodios compatibles con superdiseminación. Ese antecedente no significa que el Hondius esté repitiendo exactamente la misma historia, pero sí obliga a tomar en serio una posibilidad: podríamos estar ante uno o varios casos que hayan funcionado como superdiseminadores.

Un superdiseminador no es un villano epidemiológico. Es una persona que, por su momento de enfermedad, su carga viral, su comportamiento, sus síntomas, su entorno o simple mala suerte, contagia a muchas más personas que la media. En un barco, esa posibilidad pesa más. Si alguien enfermo, con alta carga viral y síntomas avanzados, comparte camarote, recibe asistencia, participa en actividades o entra en contacto cercano con varias personas, puede generar una cadena que parezca desproporcionada para un virus que, de media, no se transmite con facilidad. Esa es precisamente la trampa de los promedios: la media tranquiliza, pero los brotes los hacen personas concretas en lugares concretos.

¿Hay una nueva cepa más transmisible? A día de hoy, no hay evidencia suficiente para afirmarlo. Para sostenerlo harían falta genomas completos, comparación con linajes conocidos de Andes, reconstrucción fina de las cadenas de transmisión y, si se quiere ir más lejos, datos funcionales que indiquen cambios reales en el comportamiento del virus. El ECDC habla de investigaciones en curso y de incertidumbres significativas. La OMS también sitúa el episodio dentro de una investigación epidemiológica internacional aún no cerrada.

Aquí la secuenciación genética tiene un papel decisivo, pero tampoco hace magia. Secuenciar el virus permite leer su “DNI”: saber si es Andes, compararlo con virus conocidos de Argentina o Chile, buscar mutaciones, reconstruir posibles relaciones entre casos y comprobar si los genomas de distintos pacientes son casi idénticos o muestran diferencias relevantes. Pero la secuencia por sí sola no siempre dice si un virus transmite más. Puede dar pistas. La respuesta completa sale de combinar laboratorio y trabajo de campo: genomas, fechas de síntomas, contactos, camarotes, pruebas, traslados y evolución clínica.

Dicho de forma sencilla: la secuenciación puede ayudar a saber si todos los casos proceden de una fuente común, si hubo transmisión entre pasajeros o si aparecen cambios moleculares que merezcan vigilancia. Pero para afirmar que estamos ante una variante con mayor transmisibilidad humano-humano haría falta bastante más que una muestra positiva. Harían falta patrones consistentes: más contagios en contactos no íntimos, positividad temprana en saliva o nasofaringe, cadenas más largas y cambios genéticos compartidos que encajen con una ventaja biológica. Eso, por ahora, no se ha visto.

¿Puede evolucionar un virus? Claro. Los virus de ARN mutan. Además, los hantavirus tienen un genoma segmentado, lo que permite, al menos en teoría, fenómenos como el reasortment, una especie de intercambio de segmentos genéticos si dos virus compatibles coinfectan un mismo huésped. Pero que algo sea biológicamente concebible no significa que esté ocurriendo ahora. Esta diferencia parece pequeña, pero es la frontera entre la ciencia y el tráiler de Netflix.

Para que un virus Andes se volviera mucho más preocupante desde el punto de vista pandémico tendría que mejorar varios rasgos a la vez: replicarse mejor en mucosa respiratoria u oral, eliminarse con más facilidad en saliva o secreciones nasofaríngeas, transmitirse antes de la fase grave, resistir mejor en el ambiente y mantener su ciclo natural en roedores. No es imposible en abstracto. Pero tampoco basta con poner la palabra “mutación” en mayúsculas para que ocurra.

Aquí entra otro concepto importante: la diana celular. El virus Andes utiliza, entre otras, una proteína llamada PCDH1, protocadherina-1, relacionada con la adhesión celular y con la barrera epitelial. Esto ayuda a entender su capacidad para afectar al pulmón y al endotelio, es decir, a los tejidos que recubren vasos y participan en ese cuadro tan grave de fuga vascular, dificultad respiratoria y shock. Pero entrar bien en células pulmonares profundas no es lo mismo que comportarse como un virus que se transmite cómodamente por conversaciones, saludos o contactos casuales.

Por eso el riesgo realista hoy no es “otro 2020”. El riesgo realista son brotes focales graves: pocos casos, pero potencialmente muy severos; transmisión posible entre contactos estrechos; mucha importancia del aislamiento, las cuarentenas, el rastreo y la protección del personal expuesto. No es un escenario para dormirnos, pero tampoco para apagar la luz y declarar el fin de la civilización.

El barco, eso sí, cambia las condiciones. Un crucero es un lugar complicado para cualquier brote: espacios cerrados, convivencia prolongada, camarotes, comedores, pasillos, asistencia médica limitada y pasajeros que después pueden viajar a muchos países. Por eso tiene sentido actuar con un principio de máxima precaución. No porque Canarias esté en peligro inminente, sino porque un fallo operativo en un entorno así puede multiplicar problemas que, bien gestionados, deberían quedar contenidos.

Y aquí aparece un asunto que no debe tratarse como broma: si hay ratones o ratas en el barco, eso puede ser un problema serio. No porque un roedor bajando por la pasarela vaya a conquistar Tenerife, sino porque el mecanismo clásico de transmisión de los hantavirus está ligado precisamente a la exposición a orina, heces, saliva o nidos de roedores infectados. El CDC recuerda que evitar el contacto con roedores y sus excrementos es la principal forma de prevención, y que al limpiar zonas contaminadas hay que evitar remover polvo, usar desinfectante y aplicar procedimientos seguros.

Por eso está bien que el barco fondee y no se integre alegremente en la vida portuaria como si viniera de una excursión escolar. Fondear permite ganar control: limitar contactos, organizar desembarcos, proteger a los equipos, inspeccionar el buque y evitar que una posible contaminación ambiental se convierta en un problema logístico. Si se confirma presencia de roedores a bordo, debería hacerse una desratización fuerte, profesional y documentada, acompañada de limpieza técnica, toma de muestras si procede y eliminación segura de cualquier material contaminado. No se trata de echar veneno sin más ni de mandar a alguien con una escoba. Con hantavirus, barrer mal puede ser peor que no barrer.

El ECDC añade un matiz tranquilizador: el reservorio natural del virus Andes no está presente en Europa, por lo que no se espera una introducción en poblaciones de roedores europeas ni transmisión roedor-humano en Europa a partir de este episodio. Pero eso no elimina la obligación de controlar el barco. Una cosa es que no se espere que el virus se instale en la fauna local; otra, muy distinta, es permitir que un buque potencialmente contaminado se gestione con mentalidad de “ya se verá”.

También conviene hablar de los síntomas, porque ahí se juega buena parte de la vigilancia. El inicio puede confundirse con muchas enfermedades más comunes: fiebre, dolor de cabeza, dolores musculares, náuseas, cansancio y malestar general. El CDC advierte de que esos síntomas tempranos pueden parecerse a una gripe, y que el diagnóstico en fases muy iniciales puede ser difícil. En el brote del Hondius, el ECDC describe fiebre, síntomas respiratorios y gastrointestinales, con progresión rápida en algunos casos hacia neumonía, dificultad respiratoria aguda y shock.

La señal de alarma no es solo tener fiebre. La señal de alarma es tener fiebre o malestar con antecedente epidemiológico: haber estado en el barco, haber compartido espacio estrecho con un caso, haber atendido a un enfermo, haber manipulado ropa o material potencialmente contaminado, o haber participado en el operativo sin protección suficiente. Si además aparece dificultad para respirar, sensación de falta de aire, empeoramiento rápido o síntomas compatibles con neumonía, la respuesta debe ser inmediata. Aquí no se trata de que media población acuda a urgencias por cualquier catarro, sino de que las personas expuestas estén muy bien identificadas y monitorizadas.

Las autoridades deberían hacer tres cosas bien. La primera, sanitaria: aislamiento de casos, seguimiento de contactos, pruebas cuando correspondan, cuarentenas y protección estricta de personal sanitario, portuario y de transporte. La segunda, logística: desembarcos controlados, traslados específicos, nada de improvisar mezclas innecesarias con población general. La tercera, comunicativa: explicar lo que se sabe, lo que no se sabe y lo que puede cambiar.

Esto último parece obvio, pero no lo es. Durante el Covid aprendimos que la mala comunicación también contagia. Contagia miedo, desconfianza y teorías raras. Decir “riesgo bajo para la población general” puede ser cierto, pero hay que explicar por qué. El riesgo es bajo si los contactos están identificados, si los sintomáticos se aíslan, si los traslados se hacen bien, si se protege al personal y si el barco se controla. El “si” no es un detalle gramatical: es la arquitectura entera de la respuesta.

También conviene evitar el otro extremo. No tiene sentido convertir a los pasajeros en sospechosos morales ni tratar al barco como si fuera una bomba biológica. La mayoría de las personas a bordo son, sencillamente, personas expuestas a una situación difícil. Algunas estarán asustadas. Otras estarán enfermas. Otras querrán volver a casa. La salud pública no consiste en señalar culpables, sino en cortar cadenas de transmisión.

Nos deberíamos quedar con una idea sencilla: el virus Andes es grave, pero no se transmite fácilmente en condiciones normales. El riesgo principal está en contactos estrechos, convivencia prolongada, atención a enfermos, limpieza de espacios contaminados y gestión del buque. Para quien no ha estado en el barco, no ha atendido a personas expuestas y no ha tenido contacto con casos sospechosos, el riesgo parece muy bajo.

El límite entre prudencia y alarmismo está justo ahí. Prudencia es fondear el barco, revisar a las personas, proteger a los equipos, hacer seguimiento, vigilar síntomas, estudiar la secuencia genética y desratizar si hay roedores. Alarmismo es insinuar que Canarias está al borde de una pandemia sin datos que lo sostengan. Prudencia es exigir transparencia. Alarmismo es rellenar cada hueco con una teoría. Prudencia es entender que un brote pequeño puede ser grave. Alarmismo es confundir gravedad con apocalipsis.

Con los datos disponibles, el Hondius no parece traer otro 2020. Pero sí trae una advertencia bastante seria: los virus raros existen, los barcos son malos lugares para improvisar y la salud pública se mide en los detalles. En España, aunque a veces la política se empeñe en parecer una parodia de sí misma, hay científicos, sanitarios, epidemiólogos, técnicos de laboratorio, equipos de emergencias y personal de salud pública muy preparados. Lo importante ahora es dejarles trabajar con protocolos, medios y una comunicación a la altura.

Porque los virus no leen comunicados oficiales. Y los ratones, si los hay, tampoco.