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Crítica

‘Mortal Kombat II’, humor idiota y generosidad de guantazos en una adaptación que no quiere engañar a nadie

Karl Urban es Johnny Cage en 'Mortal Kombat II'
7 de mayo de 2026 22:03 h

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Jean-Claude Van Damme era tan famoso a principios de los 90 como para influir en la industria del videojuego desde dos vías. Por un lado, los diseñadores del Mortal Kombat inaugural de 1992 basaron uno de los personajes en su figura —según el recuerdo de Contacto sangriento, la película que había empezado la fiebre— y le ofrecieron hacer de modelo para ello: la cosa no cuajó, aunque igualmente asistimos al nacimiento de Johnny Cage como una estrella de Hollywood involucrada en ese espectacular torneo gracias a su dominio de las artes marciales.

Por otro lado, y tras negarse en intervenir en el desarrollo de Mortal Kombat, Van Damme no tuvo tantos reparos en protagonizar una de las primeras adaptaciones de un videojuego al cine. Así es como encabezó, en el papel de Guile, Street Fighter: La última batalla en 1994. Incorporándose, curiosamente, a la marca que era rival directa de Mortal Kombat en las recreativas de EEUU. Puede que la gente de Midway Games se sintiera vindicada en ese sentido por las terribles críticas que recibió la película de Street Fighter —recuperándose del desplante de Van Damme—, pero eso no les detuvo a la hora de auspiciar su propia adaptación meses después. En su correspondiente salto al cine, a Johnny Cage le tocó ser interpretado por el desconocido Linden Ashby.

La película de Mortal Kombat tampoco pudo beneficiarse del estrellato del actor belga, aunque al menos tuvo una acogida considerablemente mejor que la de Street Fighter. O a la de la delirante Super Mario Bros., que en 1993 había puesto la primera piedra en la turbulenta historia de las adaptaciones de videojuegos en acción real. Esta Mortal Kombat gustó, tuvo éxito comercial, y dio cuenta del prometedor interés de su director, Paul W.S. Anderson, por la estética de los videojuegos, que luego seguiría explotando admirablemente en otras franquicias. Entretanto, su Mortal Kombat se quedaría como un patrón oro preventivo. Sus ingredientes, que tan buen desempeño habían tenido, debían prefigurar coordenadas básicas para seguir adaptando videojuegos.

Así que parecía que no había que tomarse nada muy en serio. Que había que ir al grano, respetar la iconografía básica de cada obra y acomodarse en lo posible al contexto de la época. Esta Mortal Kombat se recuerda mucho por la flamante irrupción en los créditos iniciales de Techno Syndrome, un enloquecido tema electrónico que se convertiría en la canción oficial de la franquicia complementando un talante festivo y desprejuiciado. Uno que seguirían los videojuegos consecutivos —cuya difusión, entre varios reboots y la compra de Warner en 2009, se extiende a nuestros días— y también la inmediata secuela para cines de Mortal Kombat, estrenada en 1997.

De Mortal Kombat y Mortal Kombat: Aniquilación parecen haber pasado muchos años. Fundamentalmente, porque esas coordenadas básicas de adaptación han cambiado de lo lindo. Hay un nuevo patrón oro y no es el de Paul W.S. Anderson. Este modelo es más serio, está más controlado porque las mismas desarrolladoras y distribuidoras se coordinan para cada adaptación —incluso, como el caso de PlayStation Productions, tienen sus propias productoras dedicadas a ello—, y es capaz de alumbrar algo parecido a un estándar de calidad, normalmente garantizado por tener de fuente unos títulos más legitimados culturalmente que aquel Mortal Kombat del bakalao, la mamarrachada y las ejecuciones sangrientas conocidas como fatalities.

¿Se ha quedado sin espacio este modelo en la actualidad? ¿Ha sido necesario enterrar los años 90? Pues en realidad no lo parece. Hace poco más de un mes que llegó a cines una nueva adaptación de Super Mario. Y ahora se estrena una Mortal Kombat II. Y dentro de unos meses, en octubre, llegará otra película de Street Fighter. La historia se repite. Los 90 han vuelto.

El regreso de Johnny Cage

Esta coincidencia remite, naturalmente, a la lacerante crisis creativa de Hollywood y su angustiosa dependencia de las propiedades intelectuales, sancionada por este cúmulo de conglomerados audiovisuales que lo dan todo mascado sin permitir una sola voz disonante, como podría haber sido en su día la de Anderson o, en otro registro, la de Uwe Boll. Con Mortal Kombat ocurre, por otro lado, que esta saga tiene una conexión con el cine más fuerte e interiorizada de lo habitual, entre el carácter pionero de su primera adaptación y la alargada sombra de Jean-Claude Van Damme.  

Adeline Rudolph también se incorpora como Kitana a 'Mortal Kombat'.

En Mortal Kombat II reaparece Johnny Cage. Lo interpreta Karl Urban, recién llegado del éxito de The Boys, estableciendo una curiosa ambivalencia con las Mortal Kombat de los 90: mientras que Johnny Cage moría al inicio de Aniquilación tras haber sido el centro de todas las miradas en el primer film, este nuevo Johnny Cage aparece ahora tras haber estado totalmente ausente en la Mortal Kombat previa. Esta Mortal Kombat —que dirigía, al igual que dirige su secuela, un tal Simon McQuoid cuya experiencia previa se limita a la publicidad— se estrenó en 2021 con la proverbial voluntad de reboot. La idea era relanzar la saga cinematográfica y hacerlo de una forma menos caótica que en los 90, planeándose en paralelo varias secuelas y spin-offs. Lo habitual.

La crisis del coronavirus en medio de la cual se estrenó iba a dificultar un poco las cuentas: como encima Warner había estrenado el filme en el marco de su infausto “Project Popcorn” —esta estrategia para paliar los efectos pandémicos estrenando películas en cines y en HBO Max… ¡de forma simultánea!—, nadie tenía muy claro cómo leer los ingresos. ¿Esos 84 millones de dólares recaudados eran buenos teniendo en cuenta las circunstancias? ¿Eran prometedores?

Lo que sí resultaba inequívoco era la virulencia de las malas críticas, aunque si esto no había sido decisivo en los 90 no tenía por qué serlo en la actualidad. Así que aquí está la secuela, y siendo una propuesta bastante continuista, sí logra prosperar allá donde la primera Mortal Kombat no terminaba de hacerlo gracias a dejar atrás lo que tanto lastraba a aquella. 

La Mortal Kombat de 2021 —acaso por ajustarse a un modelo simpatizante con la narrativa seriada— se parecía demasiado a un prólogo. Aunque era encomiable el esfuerzo depositado en las escenas de acción, el primer filme de McQuoid se limitaba prácticamente a presentar personajes, sin siquiera llegar a divisar el torneo definitivo. Lastrado además por una fotografía opaca que ya adivinábamos como peaje del streaming, se articulaba como un indudable producto de serie B pero no de una serie B “simpática”. No se trataba de una serie B noventera, sino simplemente de un producto zarrapastroso con tanto digital como para que incluso el gore perdiera mordiente.

La 'Mortal Kombat' de los 90 sigue siendo muy reivindicable

Algunos de estos pecados se mantienen en Mortal Kombat II. Sigue estando pésimamente escrita, la cámara de McQuoid no sabe qué hacer durante los diálogos, y hay un énfasis expositivo en la mitología del mundo de Mortal Kombat de lo más innecesario. El humor, por otra parte, es tan idiota e infantil que puede llegar a ofender, ahora representado en su mayor parte por un Karl Urban pasadísimo de rosca que no obstante termina conjurando el milagro de la simpatía.

Porque es cierto, Mortal Kombat II resulta simpática. Sobre todo cuando deja que Johnny Cage lleve la batuta, a través de unos comentarios sobre la industria del cine rigurosamente viejunos y, en sintonía a esto, algún guiño a la tradición audiovisual noventera que entra muy bien. La mejor escena de Mortal Kombat II seguramente sea la presentación de este personaje, en un combate con textura VHS perteneciente a una de sus películas ficticias. El sonido de los golpes, la exageración de los movimientos a lo Power Rangers, la sublime ridiculez del asunto en fin, emparenta entonces a Mortal Kombat II con la alegre década que asistió al nacimiento del fenómeno. 

La pena es que la película de McQuoid no se ajuste a esta estética más a menudo, al decantarse por unos efectos visuales tirando a genéricos y sucumbir nuevamente a una gran torpeza a la hora de distribuir los combates por la trama. Afortunadamente, sin embargo, estos combates son muy numerosos. Hay un batiburrillo monumental de personajes, sí, pero parece que solo se debe a la necesidad de encadenar todas las escenas de acción posibles, que en algún caso aislado están estupendamente resueltas —una pelea posterior donde Cage demuestra ser un actor que se puede encargar de sus propias escenas de riesgo, un largo enfrentamiento en el inframundo— y desde luego refrendan la integridad artística de Mortal Kombat II

Que sí, es limitada. Aunque esto se debe seguramente a que ansía la sensación de estar recién salida del videoclub, ofreciendo la oportunidad a los jugadores de pasear por unos cuantos escenarios reconocibles mientras suena techno y se acumulan los fatalities. Es lo que Mortal Kombat II busca y lo que en mayor o menor medida da, con la misma falta de aspiraciones que la reciente Super Mario Galaxy. Porque este es el patrón de consumo ahora, que podría ser deprimente en otros casos pero no particularmente en Mortal Kombat. Hablamos de una saga que en su día ansiaba seducir a Van Damme y que le cambió a “Combat” la C por la K solo para molar. Qué más le vamos a pedir.

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