Inteligencia artificial: una herramienta, no un atajo hacia el talento

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indispensable para muchas personas. Algunos la utilizamos de manera puntual; otros han decidido incorporarla plenamente a su trabajo cotidiano. Su capacidad para agilizar procesos, ordenar ideas, facilitar determinadas tareas o aportar perspectivas diferentes resulta incuestionable. Sin embargo, como sucede con cualquier avance tecnológico, el problema no reside en la herramienta, sino en el uso que hacemos de ella.

La inteligencia artificial puede ayudarnos, pero no debería sustituir aquello que nace de la experiencia, la sensibilidad y la creatividad humana. No todo puede —ni debe— ser mejorado mediante un algoritmo. Existen trabajos cuya verdadera importancia se encuentra precisamente en el proceso: en las horas dedicadas a escribir, diseñar, pintar, componer o hacer cine; en los intentos fallidos, en las dudas, en el aprendizaje y en la búsqueda de una voz propia.

En los últimos años hemos visto cómo algunas personas han ganado premios de diseño gráfico, literatura y otras disciplinas artísticas gracias a obras creadas total o parcialmente mediante inteligencia artificial. En esos casos, cabe preguntarse dónde termina la asistencia tecnológica y dónde comienza el engaño. Porque una cosa es utilizar una herramienta para desarrollar una idea propia y otra muy diferente presentarse como autor de un trabajo creativo realizado, en su mayor parte, por una máquina.

Desde mi punto de vista, esta cuestión resulta especialmente preocupante. Me dedico a escribir desde los 17 años, cuando se publicó mi primer libro. A lo largo de mi trayectoria he explorado distintas ramas artísticas y conozco bien el esfuerzo que supone prosperar, encontrar un espacio y ganarse el respeto de los demás. Han sido veinte años remando constantemente, aprendiendo, equivocándome, volviendo a empezar y tratando de construir un futuro dentro del arte y la cultura.

Por eso resulta frustrante comprobar cómo algunas personas pretenden alcanzar de manera inmediata aquello que a otros les ha costado toda una vida. Personas que nunca habían escrito publican libros a un ritmo imposible; quienes jamás habían diseñado se presentan de pronto como profesionales del diseño; quienes no conocen el lenguaje cinematográfico aseguran estar haciendo cine. Y lo hacen apropiándose de un talento, una formación y una experiencia que realmente no poseen.

Lo más preocupante es que creen que el engaño resulta creíble. Sin embargo, la creatividad humana deja una huella difícil de falsificar. Quienes llevan años trabajando en una disciplina reconocen los matices, las decisiones conscientes, las referencias, la coherencia y la sensibilidad que existen detrás de una obra auténtica. La inteligencia artificial puede producir un resultado llamativo, técnicamente correcto o visualmente atractivo, pero eso no significa necesariamente que exista una verdadera intención artística detrás.

No se trata de rechazar la inteligencia artificial. Sería absurdo negar sus posibilidades. Desde mi punto de vista, es una herramienta increíble que, utilizada correctamente, puede llegar a ser indispensable para determinadas tareas. Puede ayudarnos a organizar una idea, explorar distintos enfoques, resolver cuestiones técnicas o ampliar nuestra visión inicial. También puede democratizar ciertos recursos y facilitar procesos que antes requerían mucho más tiempo.

Pero nunca deberíamos permitir que elimine la mano creativa que se encuentra detrás de una obra. Esa mano, con sus imperfecciones, su memoria, sus emociones y su mirada particular, constituye la base de toda creación artística. Una herramienta puede acompañarnos durante el camino, pero no debería recorrerlo por nosotros.

Si dejamos de escribir porque una máquina puede hacerlo, si dejamos de dibujar porque un programa genera una imagen en segundos o si renunciamos a pensar porque un sistema nos ofrece respuestas inmediatas, llegará un momento en el que nuestras capacidades comenzarán a debilitarse. La creatividad también necesita entrenamiento. Las ideas se construyen trabajando, leyendo, observando, experimentando y enfrentándonos al vacío de una página en blanco.

Delegarlo absolutamente todo en una inteligencia artificial no solo empobrece el resultado, sino también a la persona que deja de crear. Corremos el peligro de convertirnos en simples consumidores de contenidos producidos de forma automática, cada vez más parecidos entre sí y desprovistos de una identidad verdadera. Y eso es profundamente lamentable, además de peligroso.

No critico el uso de estas herramientas. Critico su utilización abusiva y deshonesta. No podemos emplearlas para engañar, ganar premios, acumular méritos, obtener reconocimiento inmediato, publicar libros como churros o aparentar que somos profesionales de una disciplina a la que nunca hemos dedicado tiempo, esfuerzo ni formación.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a contemplar nuestra visión creativa desde otro ángulo, pero no debe realizar todo el trabajo por nosotros. Mucho menos puede convertirse en un atajo para apropiarnos del reconocimiento que corresponde al esfuerzo, al conocimiento y al talento de otras personas.

El progreso tecnológico debería servir para potenciar nuestras capacidades, no para anularlas. Debemos aprender a convivir con la inteligencia artificial desde la responsabilidad, la transparencia y la ética. Si una obra ha sido creada mediante estas herramientas, debería indicarse claramente. Los concursos, premios y certámenes también deberían establecer normas capaces de diferenciar entre una creación humana asistida y un contenido generado de manera automática.

Quienes nos dedicamos al arte y a la cultura queremos seguir disfrutando de la creatividad humana durante mucho tiempo. Queremos emocionarnos con historias nacidas de experiencias reales, descubrir miradas personales y reconocer el pulso de alguien que ha puesto una parte de sí mismo en aquello que ha creado.

La inteligencia artificial puede ser una gran compañera de viaje, pero jamás debería ocupar el lugar de quien imagina, siente y crea. Porque una herramienta puede generar contenidos, pero el arte necesita algo más: necesita verdad.