El libro del verano
Si antes todos los veranos tenían un objeto de deseo y si había suerte, un amor, ahora, pasado el tiempo, todos los veranos deben tener un libro, a ser posible, un gran libro. Cambiamos de hábito buscando la compañía de alguien o de algo, propósito que es una experiencia relativa a la mente y a la imaginación más que al culto espartano del cuerpo. Alimentar el intelecto llevando al espíritu por los pasillos de la conciencia, viene a sustituir las carencias que dejan tantos abandonos motivados por el aburrimiento, la salud, el paso del tiempo, la economía, el azar o el destino. También es una manera adecuada de mantenerse a flote mientras un mundo irreconocible a la esperanza naufraga delante de nuestras propias narices. Y, tal vez, cuando llegue el día en que nos demos cuenta de que los ahogados somos nosotros, ya será demasiado tarde para la mayoría. La perplejidad reina en la pradera sin ley donde la justicia y la razón brillan por su ausencia. Por ello, hay que instaurar en el vacío una voz que renueve nuestro pensamiento, para coger impulso y que el aliento no desfallezca. Afinando al máximo la mirilla telescópica de mi experiencia lectora desde hace más de cincuenta años, para esta ocasión he elegido la voz incomparable de François-René de Chateaubriand.
Considerado uno de los padres de la prosa poética y uno de los fundadores de la literatura romántica francesa, Chateaubriand nació el 4 de septiembre de 1768 en Saint-Malo y falleció el 8 de julio de 1848 en París a la edad de 79 años. De antigua estirpe aristocrática, su infancia trascurrió en un castillo, en Combourg, Bretaña, donde todos dormían en habitaciones muy alejadas unas de otras. Su padre quería que aprendiera a estar solo. De carácter polifacético, a lo largo de su ajetreada vida desempeñó numerosas ocupaciones como traductor, político, diplomático, historiador, poeta, novelista, ensayista, militar, biógrafo y escritor. Además, ejerció estas ocupaciones en la época de las revoluciones, entre el siglo XVIII y el siglo XIX, en unos tiempos convulsos y cambiantes cortados sin piedad por el terror de la guillotina; primero, estaba el Antiguo Régimen y aconteció la Revolución; después, vino el Imperio con las glorias y miserias de Napoleón; y más tarde, la Restauración para llegar, más o menos, al principio de nuevo. A pesar de ello, muchas cosas habían cambiado para siempre y no solamente en Francia. Al terminar sus estudios en 1786, como era habitual entonces especialmente para los hijos de la nobleza, tenía dos opciones: el clero o el ejército; eligiendo la segunda, se hizo oficial de caballería. Fue presentado a Luis XVI y a la corte de Versalles. En París acudía a los debates de la Asamblea Nacional y tomaba notas. A raíz de la Revolución francesa, siendo partidario de la monarquía constitucional, tuvo que huir a los Estados Unidos en 1791. Se adentró en el río Hudson y conoció las costumbres de las tribus nativas de las cataratas del Niágara. De esta experiencia escribió las novelas “Los Natchez (1799), ”Atala“(1801), ”René“ (1802) y ”Yemo“ (1805). Un año después regresó a Francia y fue herido en el Sitio de Thionville teniendo que exiliarse a Inglaterra en 1793. En su estancia en Suffolk, leyó y disfrutó ”El paraíso perdido“ de John Milton que más tarde tradujo al francés. Regresó a París en 1800 y trabajó como periodista y editor. En 1802 con ”El genio del cristianismo“, alcanzó la fama defendiendo, a contracorriente, la fe católica. Tras el aclamado ensayo, Napoleón, ”cuyo genio admiro y cuyo despotismo aborrezco“, le ofreció la secretaría de la embajada en Roma, pero un tiempo después no aceptó el cargo de ministro que se le otorgaba, al considerar injusta la ejecución del duque de Enghein. Por ello, se alejó del poder. Esta renuncia le llevó a un largo viaje por Grecia, Jerusalén, el norte de África y España. De este periplo publicó ”Itinerario de París a Jerusalén“ (1811) y ”El último abencerraje“ (1826), novela cuya trama se desarrolla en tierras españolas. Tras de la caída del Imperio y durante la primera Restauración fue nombrado ministro de Estado. Más tarde, en el reinado de Luis XVIII, ejerció de embajador en Berlín en 1821 y en Londres en 1822. Su renuncia a prestar juramento a Luis Felipe en 1830, le hizo perder su escaño en la Cámara de los Pares y se alejó definitivamente de la política, retirándose a ”una casa de campo, oculta entre colinas cubiertas de bosques“ cerca de la aldea de Aulnay, para terminar de escribir y corregir sus ”Memorias de ultratumba“, redactadas a lo largo de cuarenta años y consideradas una cumbre de la literatura universal.
En la traducción de José Ramón Monreal, de la maravillosa edición íntegra, por primera vez en español, y según las últimas voluntades del escritor, en dos volúmenes, 2721 páginas, tapa dura, guardas rojas y papel de biblia que publicó la editorial Acantilado en 2004 y de la que yo dispongo una tercera reimpresión de 2023, solicitada hace poco a la librería Iriarte de Los Sauces, Marc Fumaroli, nos dice en la presentación:
“Hasta los años ochenta, incluso en Francia, las ”Memorias de ultratumba“, detestadas por la derecha reaccionaria como una obra peligrosamente liberal, y por las izquierdas como la expresión de un punto de vista aristocrático, y por lo tanto reaccionario, sobre el mundo moderno, eran consideradas de común acuerdo por las posiciones extremistas como política y filosóficamente desdeñables. Se habían salvado sólo gracias a los lectores capaces de saborear el lujo mágico de su estilo y a numerosos escritores franceses, entre los más grandes, Baudelaire, Flaubert, Proust, Aragon, Malraux, Gracq, que de generación en generación, desde 1849, hasta nuestros días, han mantenido viva la llama del culto que rendían a la obra maestra literaria de la prosa francesa”.
En el prólogo, Jean-Claude Berchet, quien, hace pocos años, había sido el responsable en Francia de una exitosa edición erudita de esta obra, nos comenta que Isidore Duchasse no tardó en calificar a Chateaubriand de “mohicano melancólico” y que Proust descubre en él a un predecesor. También que De Gaulle en 1947 confesaba: “Me da todo igual; estoy enfrascado en las Memorias de ultratumba (…). Es una obra prodigiosa”. El escritor y profesor de historia y geografía, también francés, Julien Gracq, entusiasmado, en 1960 llegó a proclamar: “Le debemos casi todo.” La admiración de Flaubert le llevó a describir la prosa del romántico francés como “un dúo de flauta y violín”. Por lo que he leído mientras me documentaba para este artículo, hoy en día, todos están de acuerdo en que la obra de Chateaubriand ejerció una profunda influencia en escritores posteriores como Marcel Proust, Virginia Woolf, León Tolstói e incluso, Jorge Luis Borges.
Al principio del prólogo, Berchet nos pone en situación: “El primer acto de Chateaubriand como escritor consiste en renegar de su identidad social, en precisar su posición histórica: es ya un exilio objetivo, como si una cierta ausencia del mundo hubiera de constituir la condición previa a una escritura auténtica sobre sí mismo”. Podríamos añadir que las circunstancias que imponen las pérdidas preparan el camino para una posible escritura profunda. Nada es más poético que la pérdida. Según Berchet, en “Ensayo sobre las revoluciones”(1797), el escritor galo se pregunta “¿Quién soy? ¿Qué vengo a anunciar a los hombres?” Y yendo más allá de la obra que le sirvió de inspiración, las “Confesiones” de Rousseau, que no recurría a manifestaciones de la interioridad, responde: “Eres actor, y actor sufriente, un francés desdichado que has visto desaparecer tu fortuna y a tus amigos en el abismo de la Revolución; y, por último, eres un emigrado”.
Nadador entre dos corrientes contrarias, siempre le tocó estar en tránsito, entre el Clasicismo y el Romanticismo, entre el siglo XVIII y el siglo XIX, entre la holgura y la pobreza, entre lo íntimo y lo público, entre la soledad de una habitación con cinco libros y un despacho en una lujosa embajada. Entre una cosa y la otra, sin proponérselo, logró ser la figura literaria más influyente de Francia en la primera mitad del siglo XIX. Toda transición digamos, histórica, necesita alguien que la comprenda, no es tan fácil como se pueda pensar, pues son dos extremos equidistantes y diferentes que hay que saber entender en muy pocos años y a la vez que suceden los hechos. El lugar de donde se viene y que desaparece para siempre, y el lugar al que nos dirigimos y no podemos conocer de antemano. Chateaubriand fue un hombre que comprendió y además, describió de un modo admirable, esa transición. Fue un testigo al que hay que agradecer su atención. El proceso de cambio y el entendimiento de ese fluido histórico mientras ocurre, es muy difícil de ver para la mayoría de los mortales. A pesar de sumergirse en tantas aguas turbulentas, nunca dejó de seguir soñando; el mismo nos confiesa: “Y mi vida, solitaria, soñadora, poética, avanzaba a través de este mundo de realidades, de catástrofes, de tumulto, de ruido...” Su mirada poética le proporcionó una capacidad especial para la observación de la Naturaleza y para comprender la relación que se establece entre el exterior y el interior. Algo sobre lo que, unas décadas después, otro francés, el filósofo Henry Bergson, afirmaba: “Sí, hay una realidad exterior, pero inmediatamente dada a nuestro espíritu”. De alguna manera, la prosa poética de Chateaubriand descubrió que la Naturaleza no es un mero decorado, que entre ella y nuestro espíritu se establecen paralelismos y confidencias; existe una correspondencia, se produce un diálogo, un intercambio, ella es testigo de nuestros sentimientos que son puestos al descubierto tras un merecido abrazo de afinidad o de complicidad. En aquellos tiempos, ésto era una novedad literaria. Así el alma del poeta encontró acomodo en un nuevo y bienvenido estilo de escritura; de ahí, la belleza melancólica de sus descripciones que tanto gustaron entre los jóvenes románticos como Victor Hugo. Por ejemplo, en la página 127, capítulo 10, libro tercero, nos cuenta: “Las escenas otoñales poseen un inevitable carácter moral: esas hojas que caen como nuestros años, esas flores que se marchitan como nuestras horas, esas nubes que se esfuman como nuestras ilusiones, esa luz que se debilita como nuestra inteligencia, ese sol que se enfría como nuestros amores, esos ríos que se hielan como nuestra vida tienen relaciones secretas con nuestro destino.” Pero esa mirada poética que fue precursora del Romanticismo, seguramente también le proporcionó un talante adecuado para poder luchar contra la adversidad, y le tocaron varias: ruina, exilio, pobreza. En la página 72 de estas memorias, el poeta escribe al respecto: “La adversidad es para mí lo que era la tierra para Anteo: recobro nuevas fuerzas en el seno de la madre. Si la felicidad me hubiera estrechado entre sus brazos, me habría asfixiado.” Su sensibilidad y su capacidad de atención le ayudaron a tener una buena disposición para las relaciones sociales, para la compresión del otro, y probablemente también para el diálogo; igual hacía en un entorno natural aunque estuviera en soledad; por eso nunca guardó rencor ante los cambios profundos e históricos que le tocó vivir ni contra aquellos que eran sus contrincantes políticos. Vuelvo a la presentación de Marc Fumaroli con este párrafo admirable en que compara a Chateaubriand con el personaje famoso de Cervantes:
“Las memorias de ultratumba contienen un capítulo entero de homenaje a Armand Carrel, muerto repentinamente en un duelo. Hermosa victoria de la amistad y de la estima personales sobre las diferencias de opinión política, y hermosa negativa a dejar que éstas se endurezcan en fanatismos ideológicos y en eternas vendettas. Por encima de los partidos, las fronteras, la condición social, las opiniones, Chateaubriand, como Don Quijote, creyó en la república de los iguales en nobleza de corazón.”
Comencé a leer estas memorias en la belleza de los días y las noches de junio. Se inicia un verano que, en las medianías del Este de la isla de La Palma, está siendo suave y agradable gracias a la frescura de los alisios del Atlántico, una bendición del cielo si comparamos con las altas temperaturas de hasta 40 grados en gran parte de la península Ibérica, incluyendo Cantabria y el País Vasco. Voy por la página 183 (de 2721), capítulo 12, libro cuarto. Con un lápiz Staedtler de los de toda la vida, voy marcando en los bordes los fragmentos que me parecen reseñables. Estoy encantado. No sé de ningún amigo o amiga que las haya leído. Terminadas en 1841 cuando el poeta tenía 65 años, se publicó una edición original en doce volúmenes en 1849 y 1850 en la imprenta de los hermanos Penaud, pero antes habían sido difundidas al público por el periódico La Presse, cuyo director Émile de Girardin, había comprado a la Sociedad propietaria de las memorias los derechos de publicación y sin que Chateaubriand tuviera conocimiento del asunto. Se sabía que el autor no quería que fueran publicadas hasta después de su muerte. De ahí el nombre de “Memorias de ultratumba”. Por expreso deseo del poeta, y en esto sí le hicieron caso, sus restos fueron depositados en una tumba solitaria en el islote de Grand Bé, frente a la ciudad amurallada de Saint-Malo; un lugar que solo es accesible a pie cuando baja la marea; un lugar abierto al mar, a las islas y a los faros de la Bretaña que iluminan la lejanía al caer la noche. “Solo escuchar el mar y el viento” fue su último anhelo. Con una edad parecida a la de Chateaubriand cuando terminó de escribir las memorias, sucede que me adentro en sus páginas frente al mar y al lado del barranco de Los Tilos, también en un cierto retiro del ruido y del tumulto, en una casa de campo y muy cerca de un bosque de castaños, como el lugar que encontró el poeta próximo a Aulnay: “… un vergel salvaje en cuyo extremo había un barranco y una arboleda de castaños.” Les iré manteniendo al tanto de esta fascinante, agradable, larga y fructífera lectura ya que, probablemente, dará para escribir más de un artículo. Aquí les dejo una muestra de alguno de los textos elegidos que merecen ser compartidos: capítulo nueve, libro segundo, pág. 99:
[El libro precedente fue escrito cuando ya expiraba la tiranía de Bonaparte y a la luz de los últimos fulgores de su gloria: comienzo el libro actual bajo el reinado de Luis XVIII. He visto de cerca a los reyes, y mis ilusiones políticas se han desvanecido, como esas quimeras más dulces cuyo relato prosigo. Digamos, en primer lugar, lo que me hace volver a tomar la pluma: el corazón humano es juguete de todo, y es imposible prever qué frívola circunstancia causa sus alegrías o sus penas. Montaigne así lo observó. “No hace falta ninguna causa – dice – para que nuestra alma se agite: una ensoñación sin razón ni objeto la subyuga y agita.”]
Y para terminar, por ahora, del capítulo catorce, libro tercero, pág. 135:
[Por lo demás, no quedaba nada de mi pasado en Saint-Malo: en el puerto busqué en vano los navíos con cuyas cuerdas yo jugaba; habían partido o habían sido desguazados; en la ciudad, el palacete en el que naciera había sido transformado en una posada. Apenas acababa de abandonar la cuna, cuando ya todo un mundo se había ido. Forastero en los lugares de mi infancia, la gente me preguntaba al verme quién era yo, por la única razón de que mi cabeza se alzaba algo más del suelo hacia el que se inclinará de nuevo en unos pocos años. ¡Cuán rápido y cuántas veces cambiamos de existencia y de quimera! Unos amigos nos dejan, otros les suceden; nuestras relaciones varían: siempre hay un tiempo en el que no poseíamos nada de lo que poseemos, un tiempo en el que no tenemos nada de lo que tuvimos. El hombre no tiene una sola y única vida; tiene varias puestas una tras otra, y ésta es su miseria.]
Chateaubriand (1768-1848)
[Memorias de ultratumba]
(Acantilado, 2023)
ÓSCAR LORENZO
San Andrés y Sauces
28-06-2026