La prensa palmera en tiempos del Desastre, 1898-1902

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Entre 1898 y 1902 llegaron a circular en La Palma diecisiete periódicos, una cifra nada desdeñable para una isla que apenas alcanzaba entonces los 46.000 habitantes y cuya capital no superaba los 7.000. La mayoría tuvo una existencia fugaz, algunas cabeceras desaparecieron antes de cumplir el año y solo Diario de Avisos de Santa Cruz de La Palma, El Grito del Pueblo y La Defensa lograron mantenerse durante más de tres. Sin embargo, aquella sucesión de proyectos periodísticos no fue un fenómeno irrelevante ni una simple manifestación de la inestabilidad empresarial de la prensa de la época. Coincidió con un periodo de crisis política e ideológica en el que, junto a los tradicionales órganos de partido, proliferaron publicaciones que se proclamaban independientes o que mostraron, cuando menos, una vocación informativa más acusada.

El quinquenio se abre con el Desastre colonial de 1898 y se cierra en 1902, cuando Alfonso XIII alcanza la mayoría de edad y comienza a reinar de manera efectiva. Entre ambos acontecimientos se extiende una etapa que algunos historiadores han considerado una suerte de «vacío histórico», situada entre la plenitud y el progresivo declive del régimen de la Restauración. La derrota frente a Estados Unidos, la pérdida de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam y el descrédito de la política nacional provocaron una profunda conmoción en la sociedad española, mientras que, desde 1899, la segunda guerra de los bóeres pasó a ocupar buena parte de la actualidad internacional.

En La Palma, aquellas noticias llegaban a una sociedad fundamentalmente agraria, lastrada por la emigración y por un bajo nivel cultural, y sometida todavía a la influencia de una oligarquía formada por los principales propietarios de la tierra y del agua. Junto a ella había adquirido creciente relevancia una burguesía mercantil representada, sobre todo, por el comerciante y consignatario Juan Cabrera Martín. El conservadurismo sotomayorista dominaba casi sin oposición la vida política insular, aunque los liberales dinásticos mantuvieron cierta presencia hasta finales de siglo y los republicanos no volvieron a organizarse con nitidez hasta 1903.

No todo era, sin embargo, inmovilismo. Santa Cruz de La Palma había estrenado en la década anterior el alumbrado público y las comunicaciones telefónicas con los pueblos del interior, pero estos avances no bastaron para detener la emigración hacia América, especialmente hacia Cuba. Terminada la guerra, se produjo además un importante proceso de repatriación que afectaba directamente a numerosas familias isleñas y que encontró un eco constante en los periódicos. Cuba no era para los palmeros un territorio lejano, sino un espacio unido a la isla por vínculos familiares, económicos y sentimentales.

Una prensa modesta y efímera

Las condiciones en las que se elaboraban aquellos periódicos eran muy distintas de las actuales. El fundador podía ser al mismo tiempo propietario, director, redactor e incluso repartidor, y el ejercicio del periodismo no constituía todavía una profesión estable ni, por regla general, remunerada. Quienes escribían en las cabeceras palmeras eran también abogados, maestros, comerciantes, funcionarios, militares o propietarios, y solían compaginar la actividad periodística con su ocupación principal.

Los periódicos tampoco acostumbraban a disponer de talleres propios. Durante este periodo funcionaron en Santa Cruz de La Palma tres imprentas principales: la de Diario de Avisos, heredera de los talleres de El Time y El País; La Lealtad, que durante un tiempo se denominó La Innovadora, y Gutenberg. Hacia el final del quinquenio apareció también la imprenta de El Grito del Pueblo. La elección del taller no era una cuestión puramente material, pues su orientación parecía influir en las cabeceras que acogía. En la imprenta de Diario de Avisos se estamparon generalmente las publicaciones más conservadoras, mientras que La Lealtad y Gutenberg imprimieron buena parte de las más progresistas.

La mayoría eran semanarios y se publicaban con cuatro páginas, distribuidas normalmente en cuatro columnas. Las tres primeras se dedicaban a artículos de opinión, noticias, colaboraciones literarias y sueltos diversos; la última, a la publicidad. Algunos salían con solo dos páginas, como Diario de Avisos, El Pancista durante su etapa diaria o Heraldo de La Palma. Solo el propio Diario de Avisos mantuvo una periodicidad diaria durante todo el periodo, aunque El Pancista y La Defensa también llegaron a editarse diariamente en alguna de sus épocas. El Fiscal fue bisemanal y Heraldo de La Palma, trisemanal.

Las tiradas eran reducidas y oscilaban, según los datos conocidos, entre los 80 y los 300 ejemplares. La venta se realizaba principalmente por suscripción, que solía costar una peseta al mes, aunque algunas cabeceras progresistas se comercializaban a un precio inferior. La venta al número comenzaba a abrirse paso, pero todavía era poco frecuente. Para una sociedad pobre y con un elevado porcentaje de analfabetismo, la suscripción a un periódico continuaba siendo un pequeño lujo.

La publicidad, cada vez más necesaria para sostener las publicaciones, ocupaba por regla general la última página y muestra también las relaciones económicas y políticas de cada periódico. Los anuncios procedían sobre todo de las dos grandes casas comerciales y consignatarias de la isla: Juan Cabrera Martín e Hijos de Juan Yanes. Las cabeceras progresistas tendían a publicar los de la primera; las conservadoras, los de la segunda; y las que mostraban un carácter más independiente o informativo acostumbraban a admitir publicidad de ambas.

Los órganos políticos y la independencia proclamada

El periódico político continuaba siendo el modelo predominante. El País representaba de manera autorizada al Partido Conservador y participaba activamente en sus campañas, mientras que Liberal de La Palma se proclamaba órgano del Partido Liberal Dinástico. Su función principal no consistía tanto en informar como en defender una determinada opción, combatir a sus adversarios y respaldar candidaturas electorales. De hecho, Liberal de La Palma dejó de publicarse poco después de que el candidato al que apoyaba, Tomás Montejo y Rica, obtuviera el acta de diputado en 1898.

Junto a estas cabeceras claramente partidistas surgieron otras que hicieron de la independencia su principal seña de identidad. Pero aquella independencia debía entenderse en términos relativos. Los periódicos no carecían de inclinaciones políticas, ni sus directores, redactores o patrocinadores permanecían al margen de las luchas locales. Lo novedoso era que ya no siempre se presentaban como órganos de un partido y que pretendían dirigirse a un público menos sujeto a compromisos políticos y más interesado en la actualidad.

La Justicia, por ejemplo, se subtitulaba «semanario independiente, defensor de los intereses públicos» y añadía que no quería nada con los partidos políticos. Sus redactores insistieron en que carecían de compromisos con las agrupaciones dominantes y que vivirían en perpetua independencia. Sin embargo, la publicación se desenvolvió en círculos cercanos al liberalismo dinástico y defendió en distintos momentos al diputado Tomás Montejo y Rica. Su proclamada neutralidad convivía, por tanto, con unas afinidades que la propia actividad del periódico terminaba revelando.

También El Pancista quiso distanciarse del periodismo político, aunque lo hizo desde la ironía. Comenzó definiéndose como «revista dependiente» y «defensor de los intereses particulares de la redacción». Su título aludía precisamente a quienes acomodaban su comportamiento a lo que consideraban más conveniente para su tranquilidad o provecho. Publicación de cierta vena satírica, pasó en pocos meses de quincenario a diario de la mañana y desapareció en julio de 1898, probablemente por falta de anunciantes. Aunque no fue un periódico político en sentido estricto, tampoco ocultó cierta proximidad a los liberales dinásticos y a la candidatura de Montejo.

Más combativo fue El Zurriago, cuyo nombre remitía al látigo con que se castiga o se zurra. Sus redactores aseguraban que no habían venido al campo del periodismo para adular, sino para censurar lo censurable y velar por los intereses generales de La Palma. Se declaró independiente, satírico y literario, aunque también tomó partido en algunas cuestiones, como su rechazo al cunerismo, es decir, a la imposición de candidatos ajenos al distrito.

El Fiscal, por su parte, proclamó en un primer momento su neutralidad respecto a la política local y su voluntad de mantenerse alejado de aquellas contiendas. Con el tiempo, sin embargo, se aproximó al republicanismo y a un incipiente obrerismo de inspiración filo socialista. Desde sus páginas se impulsó una campaña para constituir la Asociación Gremial de Obreros de La Palma, iniciativa que luego continuaría La Voz del Obrero. La trayectoria de sus principales redactores confirma esa evolución: Manuel Pestana Henríquez refundó poco después El Grito del Pueblo, mientras que Julián Guerra Cabrera promovió un nuevo periódico obrero.

Precisamente El Grito del Pueblo representa la continuidad de una prensa inequívocamente política, aunque distinta de los órganos dinásticos. Durante su primera época mostró una orientación republicana cada vez más visible y, cuando reapareció en 1902, se definió ya como periódico republicano, defensor de la clase obrera y de los intereses de la isla. Su evolución anticipaba la reorganización del republicanismo palmero que se produciría al año siguiente.

El avance de la información

La proliferación de periódicos que se presentaban como independientes no significó la desaparición de la opinión, que siguió siendo el género dominante. Los editoriales, los artículos doctrinales, las polémicas y los comunicados ocupaban buena parte de sus páginas. Tampoco desaparecieron las secciones literarias, los poemas o los folletines. Pero junto a ellos fue creciendo el espacio reservado a las noticias, generalmente en forma de gacetillas y sueltos breves y agrupadas en secciones que distinguían entre las recibidas por correo y las transmitidas por telégrafo.

Las comunicaciones imponían todavía severas limitaciones. El cable telegráfico que unía Canarias con la Península había llegado a La Palma en la década de 1880, pero sufría frecuentes averías y su utilización era costosa. Buena parte de la información exterior seguía llegando por medio de los vapores-correo y de periódicos procedentes de otras islas, de la Península o de América. Las agencias y los corresponsales comenzaban a adquirir importancia, aunque la prensa insular dependía todavía en gran medida de la reproducción de noticias publicadas por otros medios.

En este contexto, Diario de Avisos fue probablemente la cabecera más informativa del periodo. Fundado en 1890, aparecía todos los días, salvo los domingos, y concedía un lugar destacado a los sueltos y noticias breves. Durante unos meses se definió como «periódico oficial, independiente, noticiero, literario, defensor de los intereses generales del país y de la moralidad». Sus directores y redactores estaban próximos a sectores conservadores, pero la publicación no funcionó como un simple órgano de partido y trató de cultivar una imagen de independencia dentro del propio sistema de la Restauración.

La guerra contra Estados Unidos, el Tratado de París, la pérdida de las colonias y, posteriormente, la repatriación fueron los asuntos más reiterados al comienzo del quinquenio. Luego adquirió especial relevancia la guerra de los bóeres. Junto a estas informaciones internacionales aparecían las noticias locales, los movimientos de los vapores, las disposiciones oficiales, los sucesos, las actividades culturales y las controversias políticas. También comenzaba a insinuarse un tratamiento más sensacionalista de determinados acontecimientos.

La imagen tenía todavía una presencia muy escasa. El fotograbado era una innovación reciente y predominaban los dibujos, los grabados publicitarios y las viñetas humorísticas. Las primeras fotografías conocidas en la prensa palmera se publicaron en 1900 en La Defensa, otro indicio de la lenta modernización material y formal de los periódicos.

No se produjo, por tanto, una ruptura súbita entre el viejo periodismo político del siglo XIX y la prensa informativa del nuevo siglo. Los periódicos continuaron dependiendo de partidos, facciones, familias, imprentas y anunciantes, y muchas de las cabeceras que se proclamaban independientes mantuvieron afinidades perfectamente. Pero el Desastre reconocibles acentuó el descrédito de la política de la Restauración y favoreció la aparición de publicaciones que pretendían dirigirse a los lectores desde posiciones menos subordinadas a los partidos y con una mayor atención a la información.

Aquellas diecisiete cabeceras, la mayoría modestas y efímeras, testimonian así un momento particularmente activo de la historia periodística palmera. En sus páginas convivieron las antiguas fidelidades políticas con la crítica regeneracionista, la opinión con la noticia, el correo con el telégrafo y la precariedad artesanal con los primeros signos de modernización. Entre 1898 y 1902, la prensa insular no dejó de ser política, pero comenzó a mostrar con mayor claridad una vocación informativa que anunciaba alguno de los cambios que experimentaría el periodismo palmero durante el siglo XX.