La otra realidad
La verdad es que si me fijo bien estoy todo el rato leyendo a los muertos de hace años, de hace siglos, incluso, de hace milenios, como sucede con griegos y romanos. Lo mismo pasa con la pintura y también con la música. La mayor parte de los artistas que admiro y todos los compositores que venero, hace mucho tiempo que dejaron este mundo. Aunque sería más acertado decir que dejaron aquel mundo, ya que en éste siguen estando presentes. La verdad es que si me fijo bien, estamos bajo el amparo de los muertos.
Habría que preguntarse si son los muertos quienes en realidad gobiernan el mundo; tal vez, lo hacen no habitando el inframundo sino el vasto territorio que está sobre nuestras cabezas; por esto, cuando nos sentimos perdidos invocamos a alguien, y lo hacemos mirando al cielo. Habría que preguntarse si es así cómo se entrelazan los años al margen del tiempo de vida de cada uno de nosotros. Nosotros habitamos entre los vivos, más allá más acá; pero todos clamamos al cielo. Entonces los vivos, en principio, seguimos las pautas que los muertos dejaron marcadas. Por este proceder, los vivos de ahora sólo pueden amparar a los vivos del futuro, pero eso sí, cuando los primeros estén bien muertos.
La verdad es que si me fijo bien, en realidad la mayoría de las veces bebemos y fumamos a solas, es decir, con los muertos. Antes no era así; ésta es, tal vez, la gran diferencia con respecto a la edad. El fenómeno de la distancia se convierte en nuestra compañía más habitual cuando aparecen las canas. Cuando estoy en los bares, con los amigos o conocidos, en general, también sucede lo mismo, aunque ni los amigos ni yo nos demos cuenta por una cuestión de elegancia, de camaradería. Las siluetas que proyectan nuestros cuerpos en las baldosas del suelo, están más cerca de nosotros que nuestro pensamiento. ¿Dónde estará nuestra mente? Llevamos el aburrimiento biológico de la mano o simplemente se tiende a comprender los confines de las cosas. No sólo se alejan las galaxias unas de otras para que el Universo continúe su expansión, también se alejan los seres humanos atándose a unas costumbres. Las costumbres que resumen una vida. Esta revelación es un golpe sordo y lo asumimos cuando venimos de vuelta.
Cuando observo a gente solitaria en las terrazas o en los bancos de una alameda o una plaza, pienso que no están a solas: están mirando el móvil. Pero en realidad, sé que en ese justo momento, se sienten solos, o más bien, el peso de estar solos les lleva a ponerse a hacer algo. En esta sociedad la soledad está mal vista, incluso la momentánea. Cuando en una plaza o en una terraza veo una persona que está sola y no mira el móvil en media hora, me llama mucho la atención. Antes se veía a gente leyendo la prensa o algún libro, a la sombra si eran isleños o al sol si eran europeos. A estos últimos tampoco les gustaba estar solos, pero en realidad, estaban solos de otra manera: de una forma más natural. Las amapolas leen el cielo y las nubes se encargan de pasar las páginas. Cuando las amapolas cierran el libro del cielo, es probable que tiemblen con el viento que trae la noche; nosotros temblamos al despertar.
Los muertos en el cementerio deben sentirse muy solos, quizá por eso siguen ejerciendo una influencia en nosotros. Ellos y ellas no tienen móvil y se entretienen ocupando nuestros sentidos y nuestra memoria. Con los muertos se puede cenar tranquilamente, las conversaciones nunca son interrumpidas por una video llamada o por un wasap, como sucede ahora de forma habitual y lamentable con la gran mayoría de los vivos. Con los muertos da gusto estar. Las plantas no sólo viven de lo que les aporta la tierra, como creemos todos. Resulta que absorben del aire, de la atmósfera, una gran parte de lo que necesitan para vivir. Así hacemos nosotros con los muertos.
Llevo todo el verano leyendo a un hombre que lleva muerto desde el 4 de julio de 1848: Francois René de Chateaubriand. Estoy leyendo sus memorias. Ya estoy en el segundo tomo, página 1.459, libro vigésimo quinto, capítulo 10. La prosa de Chateaubriand me tiene asombrado. Hay que ver con qué destreza abre y cierra los párrafos. Su escritura es transparente, lúcida sin alardes barrocos, agradable en el ritmo; es profunda gracias a su mirada poética y es respetuosa, sincera y dialogante con las personas que conoció y con los hechos históricos que le tocó vivir y sufrir, pues todo lo perdió y más de una vez. El capítulo 10, que leí anoche, lo subrayé completo. Es la lectura que quería, la que necesitaba ahora, en estos momentos y a la edad que tengo. Y así, en el verano de 2026 fui directamente a buscar esta prosa, a buscar a este poeta romántico francés, a un muerto, que lleva muerto 170 años. Y aquí estoy yo, hablándoles a ustedes de un muerto que me mantiene vivo. ¡Qué interesantes son los muertos! Hacedme caso: hay algunos muertos con los que da gusto estar.
El 5 de diciembre de 1818 en París, Chateaubriand escribe en el periódico el Conservateur un serio artículo sobre la moral de los intereses y sobre la de los deberes. Fíjense ustedes cómo los muertos no están lejos de los vivos: nos hablan directamente sobre lo que sucede delante de nuestros ojos: “Fundar la sociedad sobre un deber es construirla sobre una ficción; basarla en un interés es establecerla sobre una realidad. Ahora bien, es precisamente el deber el que es un hecho y el interés una ficción. (…) Los intereses sólo son poderosos cuando prosperan; en tiempos difíciles, se debilitan. Los deberes, por el contrario, no son nunca tan enérgicos como cuando cuesta cumplirlos. Basta con que los tiempos sean buenos para que se relajen. Yo amo un principio de gobierno que se vuelva grande en la desgracia: es algo que se asemeja mucho a la virtud”.
ÓSCAR LORENZO
01-11-2026
San Andrés y Sauces