Shakespeare in memoriam

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Recordar deriva del latín «re-cordis», traer al corazón. No quisiéramos dejar de evocar en este día tan señalado que celebramos a uno de los máximos representantes de la literatura inglesa de finales del siglo XVI y principios del siglo XVII: William Shakespeare. Conviene enfatizar que pocos escritores han logrado entender de forma tan lúcida y penetrante los múltiples entresijos y laberintos de la condición humana ni plasmar con tanta maestría el eterno e irresoluble conflicto entre varones y féminas como este genial dramaturgo de Stratford-upon-Avon.

Lejos de producirse una feliz coincidentia oppositorum, en la obra de Shakespeare varones y féminas aparecen siempre enfrentados. Si exceptuamos el caso de Crésida o el de Julieta, sólo podemos hablar de desamor, de burla, incluso de descreimiento. La náusea, la muerte y el asco se adueñan del decorado de Hamlet, como también sucede en Othello y en Macbeth. La negrura del sexo y la tragedia degradan a los héroes equiparándolos en el orden y en el caos. Se nos habla de las sábanas incestuosas, de tálamo de destrucción. Hamlet insulta a su madre como bestia, adúltera, incestuosa, y trata cruelmente a Ofelia, ordenándola que se vaya a un convento (palabra que significaba «prostíbulo» en aquella época). La mujer es contemplada como una figura transmisora del mal: «¿por qué habrías de parir hombres del pecado?»

Asimismo, Othello describe a Desdémona como una flor de maldad, una ramera, una prostituta, una infame, en una tragedia de exceso que refleja la monstruosidad en el amor y en donde su protagonista va a terminar asesinando a su amada, pues sólo así, destruyendo el objeto amado, conseguirá redimirse. En Trabajos de amor perdido, el rey no se casa con la reina y en Timón de Atenas hallamos la misma repulsión, el vómito sexual. Es el odio, el desamor, el antagonismo, el no reunirse nunca. La sexualidad no se erige nunca en vínculo sagrado y el amor no deja de ser más que «codicia de la sangre y tolerancia del albedrio», es penetración y herida.

No faltan ejemplos en la literatura shakespeareana en la que la mujer se convierte en una Venus virilizada, inalcanzable, un ser lejano convertido en hombre: «arrancadme mi sexo» proclama Lady Macbeth. La amada se queda en un pedestal, como una diosa, es una delicada dureza masculina, es más caballero que señora. Es ella la que da órdenes y el hombre reposa sobre el poderoso hombro de ella. Incluso la mujer se nos dibuja como juez del hombre, como aquella que perdona en Winter’s Tale. Por otro lado, la tentación en Shakespeare no tiene nombre de mujer. Los encantos proceden del mundo masculino. El autor se recrea en descripciones turbadoras del cuerpo del hombre expresadas por boca de mujeres. Confiesa la nodriza a Julieta: «aunque su cara sea más hermosa que la de cualquier otro hombre, su pierna aventaja a la de todos». En Shakespeare, lo erótico, Eros, no tiene rostro de mujer.

En definitiva, estamos ante un mundo donde lo femenino nos es ajeno y lo masculino está transformado: el héroe está afeminado, erotizado. Exclama Romeo: «Oh, mi dulce Julieta, me ha afeminado tu belleza». Se trata de uno de los excesos dramáticos de este inolvidable autor inglés: existe una amada insustancial, esencialmente hermosa, y existe un estereotipo de hombres que hablan con una languidez afeminoide. Julieta es un objeto poético que se nos escapa, es una verdad teatral. El primer encuentro entre Romeo y Julieta tiene la forma de soneto. No cabe duda de que, en Shakespeare, la pasión inicial es la pasión del Arte, no del sexo.