Tres niños. Tres fotos. Tres vergüenzas
He visto las imágenes. Me las han vuelto a poner delante de los ojos una y otra vez y no he podido dejar de mirarlas. Ha sido inútil. Uno mira y ve. Es lo que tienen las fotos: uno las cuelga de la pared o las pincha en un corcho o las coloca en un álbum y allí permanecen y no mueren nunca. Lo sé. Tengo fotos, muchas fotos, y las miro y sé que no es el valor de la foto ni del marco ni del cuadro ni de dónde esté instalada lo que le da validez; que el valor está en la mirada de ese bebé en brazos que te besa, en la mirada de ese otro niño que escribe en un dibujo que la mujer de su vida eres tú. Fotos de familia y de amigos a las que damos importancia. Y, a veces, en tu memoria aparecen otras fotos que se quedaron en ella fijas para siempre. En la mía hay tres. La de ese niño de Gaza muriendo de hambre y de sed; ese niño herido por el odio de un dictador lleno de rabia y de ignorancia que alardea de su crueldad y de su idea de venganza; ese niño con los ojos fuera de las órbitas, la cabeza grande y el cuerpo ya casi inexistente debajo de los huesos afilados que le marcan el esqueleto y que me persigue desde hace días y sigue ahí acompañada de otras imágenes que me vuelven una y otra vez y me hacen despertar con frecuencia del sueño de la noche o de la vida cotidiana y me golpean cuando más tranquila me creo.
Otra es la de ese niño derrumbado en un camino y el buitre sobre él esperando su muerte para devorarlo, o aquella otra del cuerpo sin vida de un bebé náufrago de una patera, desalojado por el mar en la misma orilla donde la espuma comienza el retroceso y donde había una cámara que estaba allí para denunciarlo, para hacernos recobrar el dolor y el odio hacia la insensatez humana. Tres niños, tres fotos y muchas, millones de personas, recordando esas escenas sin poder apartarlas de su cabeza; fotos que yo expondría en las escuelas delante de niños con edades parecidas, cuerpos iguales en edad y estatura. Y una asignatura obligatoria: ver hacia dónde nos dirigimos cuando la sinrazón y el odio te hacen actuar de esa manera.
Y, ya por último, haría que los niños estudiaran la huida de Egipto de los judíos y el follón que montó Moisés para que pudieran escapar; las cruces que pusieron en Roma en las casas de los cristianos para saber dónde se escondían, sacarlos a la fuerza y conducirlos al circo para que todos vieran y aplaudieran cómo se los comían los leones; o cómo eran las siglas que mandó Hitler colocar, puerta por puerta, en las casas de los que denominaba “enemigos” de Alemania y cómo hizo para eliminarlos de la faz de la tierra. Y, para acabar de descorazonarlos, explicarles lo peligroso que es colocar los símbolos donde no se debe, utilizarlos mal o no recordar lo que ese símbolo sirvió un día para destrozar la vida de millones de personas.
Pienso que sería útil enseñarles todo eso, aunque ya sé lo que me espera al salir del aula: me pondrían de patitas en la calle. Pero me arriesgaré, porque creo que es más importante educar que hacerles tragar historias sin razonarles lo que fueron y por qué lo fueron; enseñarles que las mentiras se cuelan por las rendijas de la mente como pequeñas cucarachas que acaban invadiéndolo todo. Y ya se sabe lo de las cucarachas: no mueren nunca y ni una bomba atómica puede con ellas; sobreviven a cualquier desinfectante. Y por desgracia estamos rodeadas de ellas. Suben por las alcantarillas y los sumideros, entran en la cocina, se meten dentro de la panera o se dedican a pasear por la casa como si fuera suya y van dejando su mierda por todos los rincones. Basta con encender la televisión para verlas tan ufanas vagando por muelles y contenedores explicándonos cómo hacer para quitarnos de encima a miles de adolescentes, incluso niños, y devolverlos a ninguna parte; cómo cargarnos al primer homosexual que encontremos en la calle dándole previamente una paliza acompañada de aullidos para recordarle que es un enfermo lleno de confusiones mentales, o, sencillamente, cómo borrar tanta foto que denuncia y enseña lo que somos y cómo podemos llegar a comportarnos llegado el caso. Es decir, como animales depredadores.
Me imagino que borrarnos la memoria es muy difícil, que hay leyes que procuran que eso no suceda y que aún quedan personas llamadas humanas que no comulgan con ruedas de molino le pese a quien le pese; que tienen ojos en la cara y conservan las imágenes bien clavadas en su memoria incluidas esas tres.
Elsa López
19 de agosto de 2026