La memoria que traspasa cuatro generaciones

Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de La Palma (ARMLP)

Los Llanos de Aridane —
20 de julio de 2026 16:11 h

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El pasado viernes, 17 de julio, el Espacio Cultural Real 21 de Los Llanos de Aridane acogió la presentación de 'Los dos entierros y pico de Paco', obra en la que Francisco Javier Rodríguez Magdalena recupera la memoria de su abuelo, Francisco Rodríguez Betancor, alcalde del municipio asesinado en 1936. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de La Palma estuvo representada por algunos de sus integrantes.. La presencia de la asociación quiso mantenerse en un segundo plano, acompañando a la familia y compartiendo un acto cuyo protagonismo correspondía por entero a Francisco Javier, a sus familiares y a la memoria de Paco Rodríguez Betancor.

Fue una presentación cercana, familiar e intensamente emotiva. Un encuentro en el que cada intervención fue añadiendo una mirada distinta a una historia que ha atravesado cuatro generaciones.

El moderador concedió la palabra al actual alcalde de Los Llanos de Aridane, Javier Llamas, quien realizó una emotiva intervención institucional, marcada por la cercanía y la comprensión hacia la familia. Desde su responsabilidad como primer edil, recordó y honró a quien había sido uno de sus antecesores en el cargo, Paco Rodríguez Betancor, asesinado mientras ejercía como alcalde del municipio. Sus palabras permitieron unir simbólicamente el Ayuntamiento actual con la memoria de aquel alcalde democrático al que la violencia arrebató la vida y el derecho a concluir el mandato que le habían confiado sus vecinos.

Francisco Pomares, editor de Ediciones Idea, señaló uno de los valores más apreciables del libro: no está escrito desde el rencor, sino desde la memoria y el amor. Desde el amor del autor a sus abuelos, a su padre y a una familia que tuvo que convivir durante décadas con una ausencia de la que apenas se podía hablar, representada en aquella silla que permanecía vacía.

Francisco Javier Rodríguez Magdalena explicó que había escrito el libro desde el corazón, desde sus recuerdos y desde la cultura adquirida a lo largo de su vida. Lo hizo con una capacidad de expresión tan notable como sencilla, sin artificios y sin buscar otra cosa que conservar y transmitir una historia familiar que no debía perderse.

Moisés, hijo del autor y bisnieto de Francisco Rodríguez Betancor, explicó cómo su padre le iba enviando desde el teléfono, los textos que escribía y publicaba en un sencillo blog de notas. Él se encargó de transcribirlos, ordenarlos y aportarles su mirada como historiador. De aquel trabajo compartido entre padre e hijo fue tomando forma un libro en el que se unen la memoria familiar, la experiencia vivida y la reconstrucción histórica.

Javier, también bisnieto de Paco y sobrino del autor, mostró el admirable dominio de la palabra que siempre lo acompaña. Su intervención honró el esfuerzo de quienes, dentro de la propia familia, habían conseguido reunir después de cuatro generaciones recuerdos, afectos, voces y silencios alrededor de una misma historia. Tuvo también palabras para su bisabuela, Consuelo Acosta, quien, tras la cruel desaparición y posterior asesinato de su esposo, quedó al frente del cuidado y la crianza de sus seis hijos, todavía pequeños.

Al recordarla, Javier quiso tener presentes a tantas mujeres que, tras perder a sus maridos, padres o hermanos, tuvieron que sacar adelante a sus familias entre el dolor, la pobreza y el miedo. Gracias a ellas la vida continuó y la memoria ha podido llegar hasta nosotros, aunque muchas sigan sin haber recibido el reconocimiento que merecen.

Otro de los momentos conmovedores llegó cuando el autor habló del miedo que acompañó durante toda su vida a los hijos de Paco. Un miedo que no desapareció ni con la llegada de la democracia y que continuaba presente cuando la familia decidió iniciar la búsqueda de sus restos.

El autor, su hermano y sus dos tíos, fueron sintiéndose progresivamente arrastrados por un impulso cada vez más difícil de contener. Durante los fines de semana subían una y otra vez por las laderas del pinar de Fuencaliente, buscando alguna señal que pudiera conducirlos hasta la fosa. Pasaron cerca de seis meses sin encontrar ningún indicio alentador. La desesperanza y el cansancio comenzaban a imponerse y estuvieron a punto de desistir. Fue entonces cuando, bajo aquella tierra removida tantas veces, apareció la primera rótula. Finalmente, lograron recuperar los restos de cinco personas represaliadas.

Una higuera parecía actuar como referencia, como una suerte de faro que señalaba el lugar. Durante mucho tiempo nadie sospechó que justo bajo su tronco y sus raíces se encontraban los cuerpos. En el acto quedó suspendida una pregunta que posiblemente nunca pueda responderse ciertamente: si el árbol ya crecía allí o si había sido plantado por los asesinos con la idea de ayudar a ocultar el crimen.

Una raíz había penetrado en el cráneo de Paco Rodríguez Betancor por el orificio de la bala que le causó la muerte y le salía por la mejilla. Al intentar retirarla cuidadosamente, comenzó a brotar la savia. Para la familia, aquellas gotas eran las lágrimas de su abuelo, contenidas durante casi sesenta años. Por la disposición de los restos, supieron que Paco había sido el último de los cinco en morir. Tuvo que presenciar, como sufrimiento añadido, las cuatro ejecuciones antes de adelantarse, consciente de que su destino sería el mismo.

También se hizo presente el temor con el que se desarrollaron aquellas excavaciones. Francisco Javier recordó que quienes buscaban miraban continuamente hacia atrás, preocupados por ser vistos, reconocidos o delatados, incluso cuando la democracia llevaba ya años de recorrido.

Entre los asistentes se encontraba Félix Andrés González , que prefirió no intervenir por la emoción y por entender que aquella noche pertenecía a Francisco Javier y a su familia. Mientras escuchaba, recordó una experiencia vivida en 1994. Aquel año había acudido al lugar de las excavaciones junto a su padre, Felipe Santiago González. Ambos esperaban encontrar alguna noticia sobre Félix Ferraz Vergara, tío de Felipe Santiago y tío abuelo de Félix Andrés, también asesinado y desaparecido. Conserva la imagen de aquellos familiares excavando con camisas de manga larga, vestidos con una sencillez digna y le pareció hasta como de alguna manera solemne para la ocasión. Conserva especialmente la imagen de unos hombres decididos, pero atentos a cualquier presencia, que miraban con frecuencia hacia atrás. El encuentro fue breve, cortés, de pocas palabras, las justas.

Después de escuchar en el acto cuánto miedo seguía pesando sobre aquellos hombres, comprendió que la llegada de dos desconocidos pudo ser recibida con cierta prevención. No por falta de hospitalidad, sino por el miedo que todavía pesaba sobre quienes buscaban a su padre, a su hermano o a su abuelo después de una pérdida tan trágica y dolorosa. Aquel recuerdo adquirió durante la presentación un significado nuevo para Felix.

La recuperación de la memoria democrática en Canarias nunca ha pertenecido a una sola asociación ni a un único colectivo. Ha sido, y continúa siendo, una tarea compartida por familias, investigadores, entidades ciudadanas, instituciones y personas que han trabajado desde lugares y sensibilidades diferentes.

En ese recorrido fueron fundamentales mujeres como Mercedes Pérez Schwartz, Aralda 'Lala' Rodríguez, Pino Sosa y Balbina Sosa, entre otras. Lala Rodríguez, que dedicó buena parte de su vida a buscar a su propio padre desaparecido, representa de manera especial la perseverancia de tantas mujeres y familias que se negaron a aceptar definitivamente el silencio.

La ARMHLP se reconoce como una parte más de ese movimiento plural. Su responsabilidad no consiste en ocupar el centro de cada historia, sino en acompañar cuando se le solicita, colaborar con otras iniciativas y apoyar los trabajos que desarrollan familias, asociaciones, investigadores y colectivos comprometidos con la verdad, la justicia, la reparación y la memoria democrática.

Posiblemente, durante los últimos años, la Asociación haya tenido una mayor presencia pública en algunas actuaciones, especialmente en la zona este de la isla. Pero esa visibilidad no convierte su trabajo en el único ni disminuye el valor de lo realizado desde otros lugares. El proyecto memorialista de La Palma necesita de todas las familias, entidades y personas que deseen participar, cada una desde su propia historia y con pleno respeto a sus tiempos.

Sabemos que el miedo ha contenido durante décadas la palabra de muchas familias. Ese miedo se merece ser escuchado, respetado y comprendido. Nadie debe sentirse obligado a hablar antes de estar preparado ni a integrarse en una determinada organización para contribuir a la recuperación de la memoria.

El acto del pasado viernes mostró que existen muchas maneras de hacerlo. Una de ellas es escribir un libro desde el corazón, como ha hecho Francisco Javier Rodríguez Magdalena. Otra es conservar los recuerdos familiares, investigar, acompañar una excavación, participar en un homenaje o apoyar el trabajo promovido por cualquier colectivo comprometido con esta causa. Esa memoria familiar tendrá también continuidad en Consuelo 1994, el documental que prepara Javier Rodríguez junto a Besay Viña y el equipo de T-REC, con el apoyo del Gobierno de Canarias. Su tráiler oficial permitió sacar del ámbito familiar una historia conservada durante décadas y apenas contada en voz baja, que seguirá desarrollándose a lo largo de este año hasta la finalización de la película, coincidiendo con el noventa aniversario del asesinato de Paco Rodríguez Betancor.

Los dos entierros y pico de Paco es, ante todo, el testimonio de una familia que consiguió atravesar el miedo, recuperar a su ser querido y transmitir su historia a las generaciones siguientes. También es un libro profundamente unido a Los Llanos de Aridane, porque Paco Rodríguez Betancor era su alcalde cuando fue detenido y asesinado.

La noche perteneció a Paco, a Francisco Javier y a toda su familia. Quienes tuvimos el privilegio de acompañarlos salimos del acto con la impresión de haber asistido a algo tan modesto como valioso: una familia poniendo palabras al silencio y devolviendo a quien fue su padre, su abuelo y su bisabuelo el lugar que nunca debió perder en la memoria de su municipio.