Ingenuos
Me asombra la ingenuidad que manifiestan muchos políticos y ciudadanos. Muestran una confianza bobalicona en la existencia de una especie de justicia universal, un canon imperturbable que, con el paso del tiempo, pone a cada uno en su lugar.
Ahora se felicitan porque el TJUE ha santificado la controvertida ley de amnistía a los protagonistas del “procés” a la que se opusieron, una tras otra, todas las capas del funcionariado, especialmente la judicial, y “la gente de bien” de este santo país.
Pero para juzgar las bondades de un proceso hay que fijarse en su producto final: los resultados. El movimiento judicial que se inició tras la fugaz declaración de independencia de Puigdemont no solo perseguía restablecer los cauces de una riada política y social que se habría desbordado, presa de sentimientos separatistas, mediante el escarmiento de sus promotores, sino, de paso, y dado que el partido político encargado, el PP, no daba la talla (¿la dará alguna vez?), hacer una oposición real e incontrovertible al gobierno social-comunista liderado por Pedro Sánchez.
Y a fe que lo han conseguido.
Por lo pronto, este gobierno ha sido incapaz de aprobar unos presupuestos en toda la legislatura. Si el Supremo no se hubiera inmiscuido, la ley de amnistía habría seguido su curso normal, los políticos catalanes habrían sido amnistiados y las leyes pactadas se habrían aprobado con normalidad, incluidas las de presupuesto.
Y no seamos ingenuos. La parte del sistema judicial convertida en auténtica oposición política no es precisamente ignorante. Sus componentes saben que la interpretación y el uso que han hecho y hacen de las leyes no pueden pasar el filtro de la más mínima ortodoxia. Antes o “después” —y aquí está el quiz de la cuestión— sus actuaciones serán declaradas nulas. Pero para entonces ya habrán cumplido su objetivo de eliminar la amenaza socialista y en la Moncloa estarán quienes nunca deberían haberse ido.
Marchena y su equipo del alto tribunal no ignoran que su interpretación sui generis de la ley de amnistía o la estrambótica sentencia de condena al que fuera fiscal general del Estado serán rechazadas por el Constitucional, pero, en mi opinión, controlan los tiempos a la perfección. Sus acciones quedarán diluidas en el marasmo de la historia y nadie se acordará de su ignominia. Pero ellos, con la indiscutible ayuda de otros sectores —prensa, cuerpos policiales, alto funcionariado, …— y la inestimable ayuda de una parte del propio Partido Socialista, habrán obstaculizado el normal funcionamiento del gobierno de coalición y, lo que es más importante, la posibilidad de su continuidad, algo nada descartable si se tienen en cuenta otros factores, como la buena marcha de la economía.
Hay que reconocerles la maestría en el cálculo y el desempeño de su estrategia. A ver si “la gente de bien” de este país se da cuenta de que el verdadero jefe de la oposición no es el inane Núñez Feijóo, sino el ínclito Manuel Marchena y sus huestes judiciales.
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