El fraude del “orden internacional basado en reglas”
David Sketchley
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Esta semana me atreví a dar el paso, casi a los 40 años, de ir por primera vez al psicólogo. No voy a entrar en detalles al respecto de qué me llevó allí, simplemente diré que todo transcurría con normalidad hasta que, me dio por reflexionar que encima de todo lo que me pasaba se había muerto “el puto Robe”. Y justo en ese momento, y no cuando hilvanaba mis movidas, es cuando la voz se me quebró.
Me contuve para no arrancar a llorar y mi psicólogo, que escuchaba atentamente, se permitió intervenir para revelarme que no era el único que reaccionaba así a lo de Robe. Me explicó que por lo que sea, esta persona, ha sido importantísima para muchísima gente y que ni de lejos era el primero que se desmoronaba como reflejo de su fallecimiento (detonante de otras cosas, claro).
Ingenuo de mí, nunca pensé que pudiera llegar a adentrarme en un proceso parecido al de un duelo a causa de la muerte de un cantante, de un poeta o de una figura pública a la que no conocía personalmente, como si aún fuese un quinceañero con el lóbulo frontal en proceso de construcción. Es más, llorar por Robe me resulta ridículo, pero es ponerme a pensar en que ya no está por ahí, escribiendo canciones o haciendo de las suyas en Plasencia o en el País Vasco y es como abrir una caja de Pandora que da rienda suelta al desconsuelo y al llanto.
David Sketchley
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