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Hooliganismo ideológico

Celia Martín

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Algo que siempre me ha sorprendido es la sólida repugnancia que parecemos tener los españoles al cambio. Pero no a cualquiera, sino al cambio de opinión. El "pasarse al otro bando" está muy mal visto, en muchas ocasiones genera un odio totalmente innecesario y llega incluso a valerle a la persona en cuestión palabras tan insultantes como "falso" o, buscando un adjetivo más sucio, "chaquetero". El porqué de esta actitud es aún un misterio. Me aventuro a pensar que este purismo nace de una corriente tradicionalista y rancia que sigue enquistada en nuestro país y que no se va ni con aguarrás. Cuando pensamos algo, lo pensamos fervientemente y hasta el final. No hay posibilidad de metamorfosis. 

Se abre un debate verdaderamente interesante sobre qué posición tomar ante una situación que altera y cuestiona nuestro ideario. La pregunta que abre la conversación gira en torno a la consecuencia real del propio proceso de cambio de opinión: ¿significa evolucionar o traicionar el pensamiento? Por un lado, los más seculares defienden el papel de la tradición e intuición, desconfiando de aquellos que modifican su juicio a menudo y sin razón aparente. Indiscutible es que, alguien que defiende fervientemente una idea para repudiarla a la mañana siguiente, hace que el escéptico que todos llevamos dentro salga a pasear. Esta mudanza tan fugaz hace que sospechemos, que presagiemos, que rechacemos. Alguien así parece no tener la cabeza en su sitio, ni unos valores asentados. Esto ha llegado hasta tal punto que en la actualidad (aunque me huelo que esto lleva ocurriendo mucho tiempo) asistimos a una romantización de la cabezonería. Ahora la inflexibilidad ideológica - en cualquier ámbito - es asociada a un sentimiento de confianza severa y principios rectos. 

Desde el otro lado, los firmes defensores del cambio de opinión abanderan una auténtica competencia crítica y valentía para repensar las cuestiones que parecían más firmes en su ideario. Cambiar y progresar se encuentran en la naturaleza del ser humano. Así, aseguran que no tragan todo aquello que se les pone en el plato, ni siquiera lo que lleva toda la vida en el menú. Cuestionan, reflexionan y debaten constantemente sobre los pilares de su pensamiento. De hecho, no tienen problema en derribarlos y construir unos nuevos si los antiguos dejan de hacerles gracia. Sin embargo, aquellos que se enmarcan en esta ideología de cambio (que, paradójicamente, también constituye una postura en sí misma y que, siguiendo su propio consejo, habrían de repensar y cuestionar) no han surgido hace poco. De hecho, podemos trazar un primer atisbo en la figura del filósofo griego Heráclito, que ya desde la antigüedad clásica, afirmaba que "nada permanece excepto el cambio". 

23 de noviembre de 2020

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