La Palma quiere convertir la luz de las estrellas en futuro

José F. Arozena

Santa Cruz de La Palma —
13 de septiembre de 2026 15:47 h (Hora canaria)

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En La Palma, mirar al cielo nunca ha sido una forma de escapar de la realidad. El cielo es paisaje, ciencia y también economía. En torno a los telescopios del Roque de los Muchachos trabajan astrónomos, ingenieros, informáticos, técnicos de mantenimiento y empresas que fabrican piezas que no se encuentran en cualquier ferretería. En La Palma Quantum Interferometer (Interferómetro cuántico de La Palma), conocido como LPQI, quiere dar un paso más: conectar varios de esos telescopios para que observen como una sola red y lograr una precisión hoy fuera del alcance de cualquier instalación óptica individual.

El proyecto tiene algo de paradoja. Para estudiar regiones diminutas alrededor de estrellas o agujeros negros necesita una isla entera. También requiere laboratorios, fibra óptica, electrónica ultrarrápida, financiación y profesionales capaces de convertir una idea científica en una máquina que funcione de madrugada, con frío y sin aceptar excusas.

Paco Prada, investigador del Instituto de Astrofísica de Andalucía, perteneciente al CSIC, y vinculado al Instituto de Astrofísica de Canarias, es el investigador principal y el gran impulsor del LPQI. Durante el encuentro celebrado del 8 al 10 de septiembre en IACTEC, en La Laguna, defendió una idea sencilla de explicar y bastante difícil de ejecutar: aprovechar instalaciones que ya existen en el Roque de los Muchachos y enseñarles a mirar juntas.

Una red en lugar de un telescopio nuevo

La primera fase, el LPQI Pathfinder, conectará el Telescopio Óptico Nórdico (NOT por sus siglas en inglés) y el Telescopio Nazionale Galileo (TNG), separados por unos 550 metros. Más adelante podrían incorporarse el Gran Telescopio Canarias, el William Herschel y el Isaac Newton, hasta formar una red con distancias de 1,55 kilómetros. No se trata de pegar cinco fotografías. Cada telescopio detectará la llegada de fotones, las partículas elementales de la luz, y los ordenadores compararán las pequeñas coincidencias entre unas señales y otras.

Una comparación doméstica ayuda. Si varias personas escuchan el mismo concierto desde distintos puntos de una plaza y luego sincronizan sus grabaciones con enorme exactitud, pueden reconstruir detalles que una sola no percibió. El LPQI hará algo parecido con la luz, aunque su plaza sea una montaña y su metrónomo deba medir fracciones diminutas de segundo. El objetivo es alcanzar una resolución aproximada de 50 microsegundos de arco, hasta mil veces superior a la del Hubble o el James Webb para determinados estudios.

Esa capacidad permitiría medir estrellas que ahora vemos como simples puntos, estudiar supernovas y observar las regiones cercanas a objetos compactos. La palabra cuántico puede imponer respeto, pero aquí describe una tarea concreta: detectar fotones individuales, registrar cuándo llegan y comparar cantidades enormes de datos. El universo envía la señal. Después empieza la ingeniería.

La ciencia que se queda en la isla

Ahí está la parte del proyecto que más interesa a La Palma. El LPQI no se plantea como una instalación que aterriza, observa y se marcha. Su apuesta es crear capacidad estable en la isla. Ya cuenta con una sede en el puerto de Tazacorte, con oficina y laboratorio, para acercar el desarrollo tecnológico al territorio y no limitar toda la actividad a las cumbres. La intención es formar profesionales, atraer empresas y conseguir que una parte mayor de los componentes, programas y servicios se diseñe o se gestione desde Canarias.

El ejemplo más claro es el desarrollo en España de un sensor SPAD, un microchip capaz de detectar fotones uno a uno con gran precisión temporal. La inversión prevista asciende a 14,5 millones de euros, con participación del CDTI y fondos europeos, supervisión científica del Instituto de Astrofísica de Andalucía y validación en el Gran Telescopio Canarias. El sensor servirá al LPQI, pero la tecnología también puede encontrar aplicaciones en medicina, comunicaciones cuánticas o navegación espacial. Una pieza creada para estudiar estrellas podría terminar resolviendo problemas mucho más cerca del suelo.

Eso es transferencia tecnológica sin necesidad de adornarla demasiado. Un reto científico obliga a desarrollar detectores, programas y sistemas ópticos. Las empresas aprenden a fabricarlos y ese conocimiento queda disponible para otros sectores. La ciencia no funciona como una máquina de café. Pero, cuando se construye un ecosistema alrededor de ella, el efecto dura más que una obra y genera empleos difíciles de deslocalizar.

Un congreso con más preguntas que diapositivas

El workshop de La Laguna quiso juntar las piezas que suelen reunirse por separado. Hubo científicos e ingenieros, pero también empresas, organismos de financiación y personal técnico de las administraciones. Valentín Martínez Pillet, director del IAC, Javier Franco Hormiga, director de la Agencia Canaria de Investigación, Innovación y Sociedad de la Información, y Héctor Izquierdo, comisionado para la Reconstrucción de La Palma, participaron en la apertura.

La mesa redonda moderada por José Fernández puso en la misma conversación ciencia, financiación y territorio. Allí se habló de telescopios, pero también de contratación, formación, empresas locales y retorno económico. Es una combinación poco habitual y muy necesaria. Un descubrimiento puede comenzar con una buena pregunta, pero para sostener un gran instrumento hacen falta presupuestos, plazos, talleres y personas que sepan arreglar lo que deja de funcionar.

Las sesiones técnicas mostraron avances en cámaras, electrónica, sincronización y programas capaces de coordinar telescopios diferentes. Adriano Ghedina aportó la experiencia del TNG y Jacob Clasen la del NOT. Guillermo González de Rivera abordó el desarrollo electrónico y el Real Instituto y Observatorio de la Armada, la medida precisa del tiempo. El reto se resume bien: lograr que instalaciones distintas compartan la misma observación y el mismo reloj.

Una economía que también mira arriba

Durante el encuentro se manejó la estimación de que la actividad científica y astrofísica representa alrededor del 4 % del producto interior bruto de La Palma. La aspiración es acercarse al 10 % durante los próximos años con proyectos como el LPQI, el Telescopio Solar Europeo y el futuro observatorio de rayos gamma CTAO. Son previsiones que dependerán de la financiación, los calendarios y la capacidad de convertir las inversiones en tejido productivo local. No basta con que el telescopio esté en la isla si casi todo se compra, se diseña y se decide fuera.

Por eso el verdadero examen no será solo científico. Habrá que medir cuántos jóvenes pueden formarse y trabajar sin abandonar La Palma, cuántas empresas canarias acceden a contratos tecnológicos y cuánto conocimiento permanece cuando termina cada fase. La posible llegada del TMT (Telescopio de Treinta Metros) sería un impulso adicional, pero la estrategia no puede depender de una única decisión internacional. El LPQI ofrece un camino propio porque aprovecha telescopios ya instalados y construye cooperación alrededor de ellos.

El LPQI quiere abrir una nueva ventana al universo. La expresión es habitual en astronomía, pero en este caso la ventana tiene dos direcciones. Hacia fuera permitirá observar detalles que hoy permanecen escondidos en puntos de luz. Hacia dentro puede ayudar a una isla golpeada por el volcán a diversificar su economía con investigación, tecnología y empleo cualificado. El cielo seguirá estando lejos. Sus efectos, si la apuesta se cumple, podrán notarse bastante más cerca.