Ruta migratoria hacia Canarias

Ibrahima regresa a la playa de Lanzarote que le arrebató a su prima Nabintou: ''Aunque ella ya no me vea, yo no la olvido''

Natalia G. Vargas

Lanzarote —
20 de junio de 2026 05:31 h

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Nabintou Diaby (Costa de Marfil, 1980) intentó viajar a Canarias en dos ocasiones. La primera vez, el miedo la asaltó antes de subir a la patera. Allí dejó su bolso y su identificación, pero ella prefirió quedarse en tierra. Todas las personas que viajaban en esa barcaza llegaron a las islas con vida. Por el contrario, el viaje que ella emprendió poco después se saldó con una de las tragedias más duras que ha vivido el Archipiélago en los últimos años. Fue en la madrugada del 17 de junio de 2021, cuando los gritos de los náufragos alertaron al pueblo de Órzola (Lanzarote) de que una neumática había encallado en su rocosa costa. Sin dudarlo, los vecinos se lanzaron al agua a intentar salvar vidas. Esa misma noche aparecieron tres cuerpos. Entre ellos, el de Nabintou. 

Cuando ella murió, sus hijos tenían seis y ocho años. Cinco años después, su primo hermano Ibrahima Diaby ha vuelto a Órzola para honrar su memoria. Entre las casitas blancas de este pequeño pueblo pesquero y junto a las rocas que vieron morir a Nabintou, Ibrahima ha podido reencontrarse con algunos de los vecinos que se tiraron al agua a la luz de los móviles para rescatar a más de 40 náufragos. Lo ha hecho en el marco de las diferentes acciones que se están llevando a cabo en Canarias en el marco de ConmemorAcción 2026, para recordar a las víctimas de las fronteras “Cuando los abracé, sentí que estaba abrazando a Nabintou. Sus caras están grabadas en mi mente. Son personas que lo intentaron, y en las condiciones en las que se encontraban hicieron algo extraordinario”, sostiene. 

Ibrahima y Nabintou crecieron juntos en Bouaké, la segunda ciudad más poblada de Costa de Marfil. A él se le iluminan los ojos cuando la recuerda. “Era una persona gentil, generosa y destacaba por sus cualidades humanas”, cuenta. Nabintou también era la que se encargaba de que Ibrahima se sintiera en casa cuando volvía de Francia, donde estudiaba. “Ella se encargaba de dejar mi habitación bonita y de poner sábanas limpias en mi cama”, recuerda sonriendo. 

Las muertes en las fronteras ya habían atravesado a esta familia marfileña años atrás. El marido de Nabintou llegó a Europa en 2007 a través de la ruta del Mediterráneo y fue el único superviviente de su embarcación. Con él viajaban seis miembros más de la familia. Todos ellos murieron. El hermano pequeño de Ibrahima también desapareció en Libia, pero nunca han podido ver su cuerpo y, por tanto, tampoco han podido hacer el duelo. Para su religión, la identificación y el entierro del cuerpo es un requisito clave para poder empezar el duelo.

Viajar por amor 

De los cuatro cadáveres recuperados en la tragedia de Órzola, solo dos fueron identificados: el de Nabintou y el de un niño de ocho años, Namory Bamba. Ambos están enterrados en la zona musulmana del cementerio de Teguise. Pocos días después del naufragio, Ibrahima viajó a la isla para identificar el cuerpo de su prima gracias a la ayuda de la Red de solidaridad con las personas migrantes en Lanzarote. “Vine porque tenía la obligación moral de aclarar la duda de si era ella o no. Si no, su marido se habría vuelto loco”, subraya.

Nabintou, cuenta su primo, no tomó la ruta canaria por razones materiales, ya que regentaba un pequeño comercio de ropa de segunda mano. Lo hizo por amor. “Ella quería reencontrarse con su marido, que vive en Francia desde 2007”, explica. Cuando llegó a Marruecos para coger la patera, avisó a su marido. “Gracias a esa comunicación supimos el día que partió, pero no sabemos cuánto tiempo tardó en el mar, si fueron tres o cuatro días”, recuerda Ibrahima. 

El marido de Nabintou había pagado al passeur, el organizador del viaje, una parte del trayecto. Lo demás se lo pagaría cuando ella llegara a Europa. Cuando la zódiac encalló al norte de Lanzarote, el traficante avisó a la familia de la llegada de la patera. Sin embargo, omitió el fatal desenlace hasta tener la otra parte del dinero. Durante mucho tiempo, el marido de Nabintou se ha culpabilizado de su muerte. “Se iba a su casa llorando. Cargaba con la culpa porque ella viajó para reencontrarse con él”, explica Ibrahima.

Identificar el cuerpo en plena pandemia 

Ibrahima recuerda las dificultades que tuvo para poder identificar el cuerpo. A las trabas administrativas que sortean habitualmente las familias de las personas migrantes se sumaron las añadidas por la pandemia de coronavirus. La Red de apoyo a las personas migrantes de Lanzarote, a cuyo equipo Ibrahima no deja de dar las gracias a lo largo de toda la entrevista, le ayudó en los trámites con la Guardia Civil y con el Juzgado para realizarse las pruebas de ADN, y también se encargó de organizar el entierro cuando él tuvo que marcharse de la isla. 

El marfileño no puede evitar romperse cuando recuerda cómo tuvo que identificar a Nabintou. Lo hizo a través de una fotografía, porque las restricciones para frenar el coronavirus no permitían hacer la comprobación de manera presencial. “Creo que la foto que me enviaron fue poco después de encontrar su cuerpo, porque aún conservaba la sonrisa en su rostro”, comparte entre lágrimas. 

La Red acompañó a Nabintou en su entierro, y cuando Ibrahima recibió las fotografías de la despedida, cientos de personas en Costa de Marfil pudieron empezar a velar a la mujer y comenzar con el duelo. Este complejo proceso que puede prolongarse semanas o meses no solo genera en las familias un impacto emocional, sino también hace más difícil su día a día. Para la administración, “una persona desaparecida no es una persona muerta”, apunta Laetitia Marthe, de la Red de apoyo a migrantes de Lanzarote. 

“A nivel administrativo, eso significa que tú no puedes cobrar una pensión de viudedad. Si tienes un negocio con tu hermano, no lo puedes vender, no lo puedes trasladar, no puedes hacer nada hasta que transcurra un plazo que puede ser de cinco años o de diez”, ejemplifica. Ibrahima añade que en este viaje a Lanzarote intentará obtener un certificado de defunción de Nabintou, para que sus hijos, que ahora tienen 11 y 13 años, puedan justificar que su madre está muerta.

Ibrahima pide que las autoridades apoyen y acompañen a las familias en el proceso de identificación y reconocimiento de las víctimas de la ruta canaria. También pide que la política de visados sea menos dura, para que puedan crearse esas vías legales y seguras de las que todo el mundo habla pero que, hasta ahora, no han existido para ellos. 

Aunque hablar de la muerte de Nabintou le duele, el marfileño insiste en que hacerlo es su “deber”. Ha podido visitar la tumba de su prima y rezarle, y recordarle que aunque ella ya no lo vea, él no la olvida. En la costa que truncó su viaje, unos claveles flotan en el mar y evidencian que su familia la tendrá siempre presente, y que los vecinos de ese pueblito pesquero de casas blancas hicieron todo lo posible por rescatarla de una ruta mortal.