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Aclarando conceptos

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Cada cierto tiempo reaparece un viejo argumento que, aprovechando el desencanto ciudadano con la política, sostiene que una dictadura pudiera ser preferible a una democracia. Quienes defienden esta idea suelen hacerlo apoyándose en ejemplos de crecimiento económico, mayor rapidez en la toma de decisiones o una aparente estabilidad institucional. La comparación resulta tentadora cuando una democracia atraviesa momentos de polarización, corrupción o bloqueo político. Sin embargo, ese análisis suele omitir un elemento decisivo que no es otra cosa que la propia libertad.

La verdadera diferencia entre una democracia y una dictadura no reside únicamente en la forma de elegir a los gobernantes. La diferencia esencial es que, en una democracia, la ciudadanía conserva el derecho a discrepar, a criticar, a organizarse, a expresarse y, llegado el momento, a sustituir a quienes gobiernan. En una dictadura, esos derechos desaparecen o quedan sometidos a la voluntad del poder de forma que se convierte en un conjunto de súbditos.

La libertad no solo consiste en depositar una papeleta cada cuatro años. Significa poder leer cualquier periódico, crear una asociación, fundar un partido político, acudir a una manifestación, ejercer el periodismo sin miedo, investigar sin censura o denunciar la injusticia por peligro de acabar en la cárcel o, incluso, de perder la vida. Cuando estas libertades desaparecen, también desaparece la posibilidad de corregir los errores del poder. Un gobierno democrático puede equivocarse, incluso gravemente, pero la sociedad dispone de mecanismos para rectificar.

Precisamente por eso, las dictaduras suelen proyectar una imagen de eficacia que muchas veces resulta engañosa. Cuando no existe prensa libre, las cifras pueden manipularse. Cuando la oposición está prohibida, nadie denuncia los errores. Cuando el miedo sustituye al debate, el silencio puede confundirse con consenso. En definitiva, la ausencia de protestas no significa satisfacción. Significa temor.

Nada de lo anterior significa que las democracias sean perfectas. Están expuestas a la corrupción, al populismo, a la polarización o a la ineficiencia administrativa. Sin embargo, poseen la capacidad de reformarse desde dentro. En una dictadura, por el contrario, la crítica suele considerarse una amenaza porque el poder no se corrige, se protege.

La cuestión, por tanto, no consiste en decidir qué sistema promete resolver los problemas con mayor rapidez. La verdadera pregunta es quién controla a quien ejerce el poder. Si el poder carece de límites, la libertad acaba desapareciendo. Y cuando desaparece la libertad, también desaparecen la igualdad ante la ley, la seguridad jurídica y la posibilidad de construir un proyecto de vida sin depender de la voluntad de un dirigente asumiendo que la democracia exige paciencia, diálogo y una ciudadanía comprometida. Puede resultar lenta e incluso frustrante. Pero precisamente porque reconoce que ningún ser humano es infalible, distribuye el poder, acepta la crítica y permite la alternancia.

Al final, la libertad no es un privilegio sino el requisito para preservar los demás derechos. Sin ella, cualquier prosperidad depende de la benevolencia del gobernante mientras que, con ella, la ciudadanía conserva la capacidad de decidir su propio futuro. Por ello, ningún sistema que niegue al individuo el derecho a pensar, hablar y decidir por sí mismo puede considerarse superior a otro que, pese a todas sus limitaciones, reconoce que la libertad constituye el primer derecho sobre el que descansan todos los demás.