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Se alquila un país a trocitos: Yibuti como expresión de la nueva geopolítica africana

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'Se alquila país a trocitos' podría parecer un eslogan publicitario, pero es una manera bastante gráfica de aproximarse y entender lo que sucede en Yibuti. En este pequeño Estado del este de África, con una superficie equivalente a la Comunidad de Madrid, conviven a pocos kilómetros de distancia las bases militares de Estados Unidos, China, Francia, Italia y Japón. Potencias rivales, con intereses estratégicos diferentes y en algunos casos enfrentados, comparten una estrecha franja de territorio frente a una de las rutas marítimas más importantes del planeta. 

Yibuti no dispone de grandes yacimientos de petróleo ni recursos minerales. Su principal riqueza es otra: el lugar que ocupa en el mapa. Situado frente al estrecho de Bab el-Mandeb, la Puerta de las Lágrimas, se encuentra junto al cuello de botella por el que transita cerca del 15% del comercio marítimo mundial, el 22% de los contenedores globales y los cables submarinos que sostienen buena parte del tráfico de Internet entre Asia y Europa. 

Durante mucho tiempo hemos explicado la presencia de las grandes potencias en África desde una perspectiva casi exclusivamente externa: ¿Qué busca China? ¿Qué pretende Rusia? ¿Cuáles son los intereses de Estados Unidos o cómo intenta posicionarse Europa? Y esa mirada sigue siendo necesaria, pero resulta insuficiente. Hay que mirar también desde el otro lado. ¿Qué hacen los propios Estados africanos ante esa competencia creciente? 

Yibuti ofrece una respuesta especialmente interesante. Ha aprendido a convertir una aparente fragilidad en una fortaleza bajo el viejo principio de no poner todos los huevos en la misma cesta: ofrece espacio a Estados Unidos y también a China; mantiene la histórica presencia francesa y, al mismo tiempo, acoge a Italia y a Japón. Ahora, además, trabaja en un acuerdo con Arabia Saudí para desarrollar una gran zona logística en su puerto, convirtiendo a la monarquía del Golfo en un aliado logístico y económico.  

La geografía es la misma de siempre. Lo que ha cambiado es la forma de utilizarla. Con este escenario, y todo este selecto club de amigos pagando el alquiler por una parte de su territorio... ¿alguien cree que el presidente y gobierno de Yibuti estarán demasiado preocupados por algún posible golpe de Estado o por algún actor externo que pretenda derribarles? Alquilando un país a trozos han convertido sus riesgos en su principal fortaleza, en su garantía de continuidad, estabilidad y, ojalá (aunque esto está por ver) progreso y desarrollo. 

Porque es precisamente ahí donde reside una de las claves de la nueva geopolítica africana. La multiplicación de actores internacionales ofrece a los países africanos la posibilidad de diversificar sus socios y rentabilizar de manera más pragmática sus propias fortalezas. 

Por eso, Yibuti es mucho más que una curiosidad geopolítica o el “hotel militar” más codiciado del planeta. Es una metáfora de un cambio profundo en el continente y, especialmente, en el Cuerno de África: una región en la que la competencia entre potencias externas convive con una capacidad creciente de los Estados locales para jugar de acuerdo con sus propios intereses. 

Y esta transformación obliga también a cambiar nuestra mirada. Los países del Cuerno no son únicamente el tablero sobre el que otros juegan. Son también jugadores activos que intentan obtener de cada socio aquello que mejor responde a sus necesidades y explotar las ventajas que les ofrecen su territorio, sus puertos, sus recursos o su posición geográfica.  

Les cuento la metáfora de Yibuti porque esta semana hemos tenido el honor de acoger en la sede de Casa África, en Las Palmas de Gran Canaria, la presentación nacional del Cuaderno de Estrategia 237 del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), elaborado en colaboración con el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN) y titulado “El Cuerno de África, el nuevo centro del mundo africano”. 

Fue, sin duda, un evento interesantísimo. Durante la apertura del acto, el director del IEEE, general de brigada Víctor Bados, recordó una máxima del exministro Josep Piqué que ayuda a comprender esta realidad: “La geografía siempre está y la historia siempre vuelve”.  

El general Bados subrayó que España posee una “cuádruple alma” geopolítica (europea, mediterránea, atlántica y africana) y que nuestro país debe aproximarse al continente vecino no desde la frialdad mercantilista de los intereses puntuales, sino desde la conciencia de nuestros vínculos geográficos, históricos y familiares compartidos. 

En esa misma dirección, el informe del IEEE nos invita a desterrar definitivamente los clichés que durante décadas han reducido al Cuerno de África a una tierra de hambrunas, piratería y estados fallidos. Estamos ante el cruce de caminos donde convergen África, Oriente Medio y Asia; un espacio donde lo que ocurre en sus orillas repercute inmediatamente en el precio de la gasolina, en las cadenas de suministro y en la seguridad de los ciudadanos europeos, algo de lo que les hablé hace unas semanas al contarles que la geopolítica del mundo pasa ahora por los estrechos de Ormuz, Bab el-Mandeb y Gibraltar. 

En el acto, Blanca Palacián de Inza, analista del IEEE y coordinadora de la obra junto a Xavier Aldekoa, explicó cómo el Cuerno de África se ha transformado en el gran “laboratorio de un orden multipolar y postoccidental”. En esta región, las viejas ideologías de la Guerra Fría y los bloques cerrados han desaparecido. Los Estados locales, como les decía al principio, subastan parcelas de su geografía y soberanía para garantizar su propia supervivencia. 

En este mercado transaccional, las reglas del juego han cambiado por completo: “Se busca a China para el hormigón y la infraestructura; a Rusia y Turquía para el suministro de armas y seguridad; y a las monarquías del Golfo para el alivio financiero de sus petrodólares, la gestión portuaria y la producción agrícola”, nos contaba Palacián. Entre tanto, los actores tradicionales occidentales-Estados Unidos y la Unión Europea- han quedado desplazados hacia un papel secundario de soporte asistencial, ayuda humanitaria y financiación burocrática. 

Fue muy interesante también cómo los ponentes nos explicaron el rol y las ambiciones de Etiopía en la región. Desde la independencia de Eritrea en 1993, Etiopía vive con una limitación geográfica que condiciona buena parte de su estrategia: es la nación sin litoral más poblada del mundo y depende de Yibuti para canalizar la inmensa mayoría de su comercio exterior. 

Para el Gobierno etíope, que preside Abiy Ahmed, recuperar un acceso estable al mar se ha convertido en una cuestión existencial, que explica tanto el controvertido acercamiento a Somalilandia y el puerto de Berbera como el renovado interés por el puerto de Assab, en Eritrea. Como explicaron los expertos, esta búsqueda de agua salada se cruza además con otra dimensión esencial del poder etíope, el control del agua dulce, de las aguas del Nilo Azul a través de la Gran Presa del Renacimiento. 

En el caso de Etiopía, por tanto, mar y agua se han convertido en dos piezas de una misma estrategia de poder, capaz de alterar equilibrios y alianzas entre Somalia, Eritrea, Egipto y el conjunto del mar Rojo. Y todo ello sucede mientras Etiopía vuelve a enfrentarse a una grave crisis interna (casi al borde de una guerra civil) con distintos grupos armados enfrentados al Gobierno de Abiy Ahmed y el riesgo de que el conflicto vuelva a desbordar sus fronteras. 

Por todas estas cuestiones, las conclusiones de nuestra jornada fueron que no podemos permitirnos el lujo de contemplar el Cuerno de África como un territorio distante. La estabilidad del Canal de Suez, la seguridad de las rutas energéticas y el equilibrio de las dinámicas migratorias están entrelazados con el futuro de España y de la Unión Europea. 

Por ello, cobra un significado especial la voluntad de reforzar la alianza institucional que nos expresó en sus palabras de clausura, el director del CESEDEN, teniente general Miguel Ballenilla. Dado que España es una nación bicontinental, el teniente general definió el papel de Casa África, institución de diplomacia pública, como “la posición avanzada del CESEDEN en el continente africano”, el espacio ideal desde el que profundizar en el análisis riguroso de lo que ocurre en África. Porque solo desde el conocimiento, el respeto mutuo y la cooperación entre iguales podremos afrontar los desafíos geopolíticos de nuestro tiempo.