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Cuando a la Ciudad Patrimonio la llamábamos, simplemente, nuestro barrio

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Todo lugar tiene su historia. Cada historia, un narrador. En La Laguna, desde que el centro fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1999, la voz de vecinos y vecinas se ha ido dejando de escuchar, no obstante, en el relato de esa ciudad que un día fue un hogar. Poco a poco, otros intereses y motivaciones fueron prescribiendo el porvenir de un entorno que entendían con mucho potencial, hasta ahora. El futuro ya es hoy. Y, hoy, hablar de La Laguna se ha convertido en mantener una conversación sobre el pasado.

Desde las instituciones, hacia afuera del municipio y del archipiélago, se sigue narrando la crónica de la que fue la primera capital de Tenerife, amurallada por montañas, y cuyo plano urbanístico sirvió de modelo para construir las primeras ciudades en la América de Colón. Pero, hacia adentro, esa creciente promoción turística fue introduciendo, también en el imaginario de la gente local, nuevas palabras, nuevas prácticas y hasta nuevos comportamientos que contribuyeron a modificar el núcleo urbano. 

Antes, para referirnos a lo que hoy se repite constantemente como Casco Histórico -en anuncios, en carteles por la autopista y hasta en las conversaciones por la calle-, en mi casa de San Honorato solamente lo llamábamos “subir la subidita”. Aun admirando la importancia histórica del lugar donde vivíamos, hacíamos justo eso: vivirlo. Y, como todo canario de barrio, nos inventábamos palabras y expresiones redundantes. Así, desde Las Mercedes, “Casco Histórico” era “bajar pabajo” y, desde La Verdellada, “subir parriba”.

La Subidita es esa parte en pendiente de la calle Nuñez de la Peña, antes de llegar a la Herradores. Allí mi madre iba, de joven, a comprar el pescado; luego, conmigo de la mano, a mirarse algo de ropa; años después, a por fruta y, más tarde, juntos, a desayunar en la cafetería Santamarta unas tostadas con café y un zumo de naranja por menos de 4 euros cada uno. Lo que antes era una calle en la que estar, ahora es un tramo de paso. 

Eso que había más allá de la Subidita se sentía barrio: una extensión más de tu casa por la que caminabas también en cholas. De adolescente, mi mejor fin de semana podía empezar con un barraquito en la terraza de cualquier bar de la Concepción -donde siempre tenías mesa-, antes de un paseo tranquilo hasta el Adelantado, “la plaza de abajo”. Y ya de vuelta a casa, otra plaza, la de San Honorato. Donde el Colectivo La Estación proyectaba sus Barriometrajes a modo cine de verano, donde los alumnos de Lázaro jugaban al voley con sus postes de hierro y neumático, donde Airam, Yamil, Omar, Fanny, Adriana, Zuri, mi hermana y yo, de niños, inventábamos cualquier momento. Entre mis favoritos, recorrer en bici las carreteras del barrio creyéndome que conducía una moto. No había peligro; apenas transitaban coches. Todavía San Honorato no se había consolidado en lo que es hoy: el párking de La Laguna.

La gentrificación iba ocurriendo a medida que, como yo, tantos laguneros y laguneras seguíamos viviendo la calle como un hogar del que, gradualmente, nos han ido expulsando. No solo “gente de fuera”, sino también “gente de dentro”. Gentrificar no depende de un origen, sino, más bien, de una clase social. Y de estos procesos también han participado y se han beneficiado canarios y canarias con apellidos, alcaldías y concejalías. 

En los años anteriores a la pandemia, la idea de la ciudad como centro de ocio insular ya se había afianzado. Los fines de semana eran ríos de personas de cualquier parte de la isla, atraídos por una actividad comercial feroz y la mayor oferta de locales de restauración en Canarias. Con ello, una revalorización que fue produciendo el encarecimiento de la vida y la expulsión de unos vecinos por otros, de rentas más altas. Pero llegó 2020 y a la gentrificación se le sumó un proceso de turistificación de espacios comunes nunca visto. El resultado es que, entre ambas fases, pre y post-covid, en los últimos diez años, solo el precio del alquiler ha subido un 120%. Si en 2016 la media de un piso de 60 m2 era de 330 euros, hoy, lo más habitual es encontrarlo, de temporada, por 1.000. Así, entre franquicias, tiendas de souvenirs y cierres de comercio local, es como han ido matando al barrio, en favor único de la Ciudad Patrimonio.

La investigadora Elena Pérez González recuerda que La Laguna no tuvo hasta 2021 un órgano de asesoramiento que sirviera como “cauce de participación de vecinos y vecinas implicadas en la conservación del patrimonio cultural”. Se tardaron 22 años para materializar esta petición de la UNESCO que, remitiéndonos a los hechos, sigue sin responder a las demandas vecinales. La ciudad ya no se cuenta con nuestras voces, porque nuestras voces ya no las cuentan. Pero seguimos teniendo mucho que decir. 

“La situación es insostenible en todos los aspectos”; “poco queda ya del lugar que era”; “la ciudad está perdiendo su identidad y se está convirtiendo en una gran urbe del montón”; “ya lo normal es pasear e ir cruzándote a cada rato grupos enormes de turistas”; “no se puede vivir”; “se la han cargado como pueblo”; “la mentalidad continental no cabe en las islas”; “yo salgo poco porque me pongo de mal humor”; “es como una crónica de una muerte anunciada para todos los negocios”; “empecé a escribir y me cansé”. Solo son algunos de tantos mensajes que recibo en mi perfil de redes sociales casi a diario.

Hablamos del ahora añorando lo que ya queda lejano. Lo único que nos han dejado es la nostalgia de la ciudad que un día fue. No obstante, es en estas conversaciones donde también nos estamos encontrando. Recuperando La Laguna a cada palabra. Nuestros representantes políticos, aquellos que han gobernando las islas durante 30 años, lo saben. Así, no es baladí que en los últimos meses hayan sumado, al debate, sus monólogos. 

En sus comunicados también hablan de La Laguna como una realidad pretérita y, desde ahí, nacen sus propuestas. Como individualizar un problema estructural -la caída de ventas del comercio local- culpabilizando a los vecinos que no llegamos a fin de mes, vaciar el potencial de la política eludiendo la responsabilidad que conservan en ayuntamientos, cabildos y gobiernos, o celebrar como éxito meros parches de contención. La ciudad la han cimentado desde una mirada anclada en el pasado, desde donde la siguen erigiendo. Por eso, ninguna solución llega a tiempo. Y, de tiempos, el suyo, ya quedó tarde.

Porque todo lugar tiene su historia. Cada historia, un final. Y a pesar del desarraigo y de la falta de un hogar, los vecinos seguimos construyendo otra La Laguna posible con más vocablos inventados. Para que la fosa donde cavan la Ciudad Patrimonio no sea la tumba de nuestra ciudad. Para que de cada grieta del Casco Histórico salgan pafuera, de nuevo, todos nuestros barrios.