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El engaño de ‘Therese’: mitos y realidades del clima de Canarias tras el paso de una borrasca histórica

El propietario de un negocio situado en la Plaza del Charco del municipio tinerfeño del Puerto De la Cruz muestra los efectos de la lluvia en su local, donde anoche el agua llegó a estancarse e inundó toda la zona. EFE/Alberto Valdés

Toni Ferrera

26 de marzo de 2026 22:24 h

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La borrasca ‘Therese’ ha descargado acumulados de 474 milímetros de agua en Puntagorda (La Palma), 277 mm en La Frontera (El Hierro) o 260 mm en San Mateo (Gran Canaria). En algunos de esos puntos es tanta lluvia como si se multiplicara por diez la media mensual de marzo, según datos del Gobierno de Canarias, lo que evidencia la magnitud de un episodio de precipitaciones cortas e intensas que la Agencia Estatal de Meteorología ha calificado de “histórico” por su persistencia.

El consejero de Transición Ecológica y Energía del Ejecutivo regional, Mariano Zapata, del PP, ha dicho en un comunicado que eventos como este demuestran “la creciente intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos y la necesidad de contar con herramientas de seguimiento y análisis cada vez más precisas”. Pero personas expertas consultadas por este periódico matizan que, aunque a nivel global el cambio climático sí está incrementando la frecuencia de las lluvias torrenciales, en las Islas no está nada claro.

Desde 1950 hasta 2020 hubo 88 episodios en Canarias con precipitaciones que dejaron 200 litros por metro cuadrado o más en al menos un día, según un estudio reciente. En cada una de esas décadas las Islas registraron normalmente entre 13 y 15 eventos por el estilo. Las únicas excepciones fueron los años 60, cuando apenas hubo ocho. Y entre 2010 y 2020, con solo cinco.

Uno de los autores de esa investigación, el geógrafo físico Pablo Máyer, de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), sostiene que antaño había una red de pluviómetros mucho mayor que ahora se ha abandonado por falta de mantenimiento y que eso ha generado cierta ceguera estadística. Pero que con lo que hay, “no se ve una clara tendencia” al alza de la lluvia torrencial en las Islas ni de “todo lo contrario”.

Lo de estos días con el temporal ‘Therese’ le recuerda a Máyer lo ocurrido en enero de 1979, cuando veníamos de una época de sequías “muy severas” (igual que ahora) y una borrasca se ancló en Canarias descargando grandes cantidades de agua durante varios días. Artículos de la Aemet hablan de ese periodo como “el legendario enero de 1979” en las Islas.

“Es normal que, en el Archipiélago, por su tipo de clima, tengamos esa alternancia entre episodios de sequía y lluvias torrenciales. Van de la mano”, resume el investigador. Otra cosa es analizar qué porcentaje de “culpa” ha tenido la crisis climática en lo que ha sucedido estos días mediante estudios de atribución.

Tanto él como Abel López, también geográfico físico, pero este último de la Universidad de La Laguna (ULL), recuerdan que nuestra atmósfera está “más energética y desequilibrada”. Pasamos largos periodos sin precipitaciones “porque los patrones atmosféricos bloquean la llegada de borrascas y, cuando ese bloqueo se rompe, lo hace de forma abrupta, liberando mucha lluvia en poco tiempo”, razona López.

Sobre esto mismo advirtió el año pasado la Organización Meteorológica Mundial (OMM) en un informe en el que dijo que el ciclo del agua (su paso en el planeta por los estados sólido, líquido y gaseoso) se está “volviendo cada vez más irregular y extremo”. Y para entender esto es importante comprender cómo el calentamiento global “intensifica” ese ciclo.

Judith Carrillo, física de la ULL, detalla que por cada grado de temperatura que aumenta en la atmósfera, esta puede contener un 7% más de vapor de agua. Eso hace que se deseque más el suelo, es decir, que haya más evapotranspiración, y que las lluvias sean más copiosas cuando se producen. Pero para que la humedad se traduzca en precipitación no depende solo del contenido de vapor de agua, sino también de los “núcleos de condensación” y la altura en la que se empiezan a formar las nubes.

Grandes charcos y rocas dificultan el tránsito de vehículos en el municipio tinerfeño del Puerto De la Cruz
Vecinos tuvieron que ser desalojados de sus viviendas en la localidad costera de El Pris, en el municipio tinerfeño de Tacoronte, tras las fuertes lluvias registradas la pasada noche por el paso de la borrasca Therese por Tenerife

Canarias se encuentra en la “rama descendente de la célula de Hadley”, precisa Carrillo, un mecanismo de circulación atmosférica que hace que el aire cargado de humedad que asciende en el ecuador descienda en la franja exacta donde se encuentran las Islas o el desierto del Sáhara.

Ese movimiento de aire descendente es lo que en física de la atmósfera se conoce como subsidencia. En la práctica, funciona como un gigantesco tapón invisible que impide que el aire ascienda. Y si el aire no asciende, “no se forman tormentas ni hay convección”. Y abundan entonces la aridez y la sequía.

Las proyecciones del Grupo de Observación de la Tierra y la Atmósfera (GOTA) de la ULL, en el que se encuentra Carrillo, prevén que el Archipiélago acumule menos lluvias y menos precipitaciones torrenciales en el futuro. La media anual en la Comunidad Autónoma entre 1995 y 2004 fue de 256 milímetros de agua anuales. Si nos adentramos en el escenario más pesimista del cambio climático, ese valor se reduciría hasta los 214 mm a finales de siglo.

Los expertos advierten que sigue habiendo cierta incertidumbre sobre cómo evolucionarán las lluvias por la crisis climática. Pero todo apunta a que en Canarias habrá menos de cualquier manera. El informe CLIVAR del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico señala incluso que los días con precipitaciones “intensas” (de más de 20 mm) se reducirán en más de un 60% en muchas zonas de la región. Abel López, de la ULL, ahonda en esa línea. Aunque con precaución.

“En su momento, algunas estaciones sí apuntaban a una ligera tendencia de la torrencialidad [de las lluvias], pero en los últimos años esa tendencia se ha perdido. A nivel global, sí lo sabemos con más garantías”, resume el geógrafo.

Operarios realizan tareas de limpieza en la zona de Taganana, en Tenerife, donde debido a las lluvias se han producido numerosos desprendimientos de rocas y tierra que han afectado a varios puntos de la vía, los mas importantes a la altura de la playa del Roque

El gran aviso del Ministerio, por su parte, tiene que ver con la aparición de tormentas tropicales en verano, como Hermine, registrada en septiembre de 2022, que “invitan a pensar en una tropicalización de las lluvias en la región”. Dichos episodios “cada vez más frecuentes” pero todavía “aislados”, pueden “jugar un papel muy importante en un eventual cambio en la distribución de las precipitaciones”. Sin embargo, el documento subraya que existen registros históricos que dan cuenta de la ocurrencia de fenómenos similares en la zona (en 1724 y 1842, por ejemplo) y descarta atribuirlos “al menos directa y completamente” al cambio climático. “Cuestión distinta” es que el calentamiento global favorezca sus probabilidades de aparición, subraya.

El agravamiento de las sequías sí que parece incuestionable. Las estimaciones de GOTA muestran que el índice de la aridez, que si es superior a 1 indica que el área es bastante húmeda, pero si es inferior señala todo lo contrario, fue de 0,25 de media en Canarias entre 1980 y 2009. En caso de que las emisiones de gases de efecto invernadero no cesen, ese valor sería de 0,13 entre 2070 y 2100. Para más inri, un suelo árido no es buen aliado contra las lluvias. Casi que de cualquier tipo.

“Tras meses secos, los suelos pierden capacidad de infiltración ya que se compactan o se sellan. Eso hace que el agua no penetre, sino que escurra rápidamente. Lluvias que en otras condiciones serían asumibles pueden generar escorrentías intensas, avenidas y daños. Además, a esto se le suma que tenemos un gran porcentaje de suelo sellado en nuestros espacios urbanos, lo que da lugar a que sea aún más complejo”, explica López.

La ordenación del territorio tampoco ayuda. Pablo Máyer, de la ULPGC, denuncia que “todavía seguimos intentando construir en los barrancos” y que afrontamos borrascas como ‘Therese’ con un modelo de ocupación “de los años 60 o 70” en el cual “si un barranco se canaliza, [se hace] con unas dimensiones que ya no se usan y que se ha visto que no funcionan bien, porque muchas veces se pensaba que el agua que circulaba por los cauces era limpia, no con arrastre ni basura”.

López remacha afirmando que “necesitamos infraestructuras adaptativas”. Sistemas de almacenamiento y reutilización del agua para afrontar la sequía, es decir, presas, balsas y recarga de acuíferos. Y también equipamientos de drenaje y laminación de avenidas como barrancos acondicionados, zonas de inundación controlada o drenaje urbano sostenible para enfrentar mejor las lluvias intensas.

“Y, sobre todo, planificación territorial. Tenemos que entender que no podemos ocupar zonas inundables.Esta sigue siendo la medida más eficaz”, concluye el experto.

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