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El espejismo del atajo

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En breve comienza a rodar 2026 mientras vivimos en una época obsesionada con la velocidad. Todo debe ser inmediato, eficiente y optimizado. El éxito rápido se celebra, el esfuerzo prolongado se desprecia y la paciencia se confunde con pasividad. En este contexto, el atajo se presenta como una virtud: llegar antes, gastar menos, esforzarse lo justo. Sin embargo, la experiencia demuestra una verdad incómoda: el camino corto casi siempre termina siendo el más largo porque el atajo suele nacer de una buena intención mal entendida. No se trata de pereza, sino de pragmatismo mal aplicado. Queremos resolver un problema sin atravesar su complejidad, obtener un resultado sin asumir el proceso que lo sustenta. El problema es que muchos aprendizajes, relaciones y estructuras no admiten simplificación sin coste. Cuando se ignoran etapas, estas no desaparecen; simplemente se posponen. Y cuando regresan, lo hacen con intereses. 

En el ámbito profesional, los ejemplos abundan. Proyectos lanzados sin una planificación sólida o decisiones estratégicas tomadas sin análisis suficiente. A corto plazo, el resultado parece exitoso: se avanza rápido, se muestran resultados, se gana ventaja. Pero con el tiempo emergen los errores de base. En lo personal ocurre algo similar. Evitar conversaciones difíciles, esquivar responsabilidades, buscar soluciones rápidas a problemas estructurales suele generar una falsa sensación de alivio. No enfrentar lo incómodo hoy implica convivir con un problema mayor mañana. El tiempo ganado se transforma en tiempo perdido. Incluso a nivel social y político, los atajos tienen consecuencias profundas. Las soluciones simplistas a problemas complejos, los discursos que prometen resultados inmediatos sin explicar los sacrificios necesarios, suelen acabar en frustración colectiva. Reformar sin consenso, invertir sin evaluación, legislar sin perspectiva de largo plazo puede dar rédito inmediato, pero erosiona la confianza y la sostenibilidad del sistema.

El camino largo, por el contrario, no es necesariamente lento; es complejo y completo porque implica comprender, preparar, equivocarse y corregir. Exige más esfuerzo inicial, más disciplina y, sobre todo, una visión que vaya más allá del beneficio inmediato. No es un camino cómodo, pero sí coherente. Y esa coherencia es la que, con el tiempo, ahorra pasos, errores y desgaste. Elegir el camino largo no es una renuncia a la eficiencia, sino una apuesta por la solidez. Es entender que hay procesos que no se pueden acelerar sin romperlos, y que llegar antes no siempre significa llegar mejor. Paradójicamente, quienes asumen el recorrido completo suelen avanzar más lejos y con menos lastre.

Temas como la vivienda, el desempleo, los salarios, la pobreza u otros de similares características no se solucionan con ideas felices. Hay que recelar de la solución de un problema extremadamente complejo con simples ideas felices, porque al final, el verdadero atajo no consiste en saltarse etapas, sino en hacer bien las cosas desde el principio. Todo lo demás es solo una ilusión de rapidez que, tarde o temprano, nos obliga a volver atrás. Si ese es el camino que se decide seguir, feliz año. Si no, mucha suerte, porque será necesaria.