Cuando los fascistas no cuentan estrellas: el manual de involución de PP y Vox para el 29N
Hay libros que llegan como un tajo de luz en la oscuridad. Les fascistes n'ont jamais compté les étoiles —Los fascistas nunca contaron las estrellas—, de Yara El-Ghadban y Rodney Saint-Éloi, es uno de ellos. La tesis que lo atraviesa es de una radicalidad deslumbrante y desmonta el relato con el que Occidente se ha contado a sí mismo: “No hay que creer que Europa tuvo el monopolio del fascismo”. El fascismo europeo no inventó la supremacía, el campo de concentración, la clasificación racial ni la deshumanización del otro. Todo eso lo ensayó antes, a sangre y fuego, en Ultramar. Lo que vivimos hoy no es una repetición, sino la mutación de ese viejo monstruo colonial que regresa a las metrópolis.
Ese fascismo mutado ya no necesita marchar sobre Roma ni invadir Etiopía con bayonetas. Le basta con el cerramiento proteccionista, el algoritmo, la bota fronteriza y la conversión del barrio, del útero y de la escuela en trincheras de exclusión. No viste camisas negras de tejido barato; viste traje, gestiona fondos buitre y vomita bulos desde pantallas táctiles. Y ese es exactamente el manual que el Partido Popular y Vox pretenden aplicar en España a partir del 29N.
Las encuestas no dejan margen a la ambigüedad: la suma de PP y Vox arrojaría una mayoría absoluta holgada, con los populares disparados hasta los 137-148 escaños y la ultraderecha como socio indispensable para la investidura. No hablamos de un escenario hipotético. Hablamos de un programa de involución que ya se está ensayando allí donde gobiernan y que, si llegan a La Moncloa, se aplicará con la frialdad de un protocolo.
Tomemos la vivienda, hoy el campo de batalla central de la expropiación social. Su programa no es un plan de vivienda; es un mapa de saqueo. Donde gobiernan, ya han aprobado proposiciones no de ley para derogar la Ley de Vivienda de 2023, a la que acusan de “intervenir” el mercado y de “proteger al okupa”. Y allí donde pueden, impulsan la llamada “prioridad nacional” en el acceso a la vivienda protegida, un eufemismo para institucionalizar el racismo habitacional y decidir quién merece un techo en función del origen. La vivienda deja de ser un derecho para convertirse en un activo financiero de máxima rentabilidad. Y cuando la especulación necesita músculo, ahí está su brazo parapolicial: las empresas de “desokupa”, normalizadas, publicitadas y aplaudidas en medios de comunicación privados, reclutan paramilitares de inspiración neonazi y a exsoldados o expolicías para garantizar a golpes los intereses especuladores o de los fondos buitre. Es el viejo escuadrismo fascista: ayer el colono armaba milicias para blindar la plantación; hoy la plantación es un bloque de pisos gentrificado y el matón cobra por desalojar a una familia pobre a plena luz del día.
En educación y sanidad, la involución camina en paralelo: recentralización ideológica, demolición de lo público mediante conciertos y cheques segregadores, y persecución del docente que enseñe a pensar críticamente. Si el profesorado explica las raíces del colonialismo, se le criminaliza; si la juventud se organiza por el derecho a la vivienda, se envía a los cachorros del fascismo callejero a acosarla. En las acampadas por la vivienda ya se han producido agresiones físicas por comandos ultras. El patrón es siempre el mismo: el que disiente, es un objetivo.
En pensiones, el lenguaje es el de la tecnofinanza depredadora. Feijóo ha pronunciado la palabra “sacrificio” y su portavoz parlamentaria ha llegado a decir que el sistema público “va a petar”. Traducido sin eufemismos: desmantelar el sistema público, solidario e intergeneracional para entregarlo a la banca y a las aseguradoras mediante planes privados de capitalización individual. El complemento perfecto lo pone Vox, que anuncia la privatización de las pensiones, la derogación fulminante de las leyes de aborto y eutanasia. El cuerpo de las mujeres vuelve a ser un vientre al servicio de la demografía patriótica; el cuerpo del enfermo terminal, propiedad del Estado nacional católico. El fascismo del siglo XXI no necesita cartillas de trabajo esclavista; le basta con la precariedad absoluta, el terror a la enfermedad para no ser despedido y una vejez mercantilizada.
Y es aquí donde Canarias adquiere una dimensión trágica y central. Nuestro archipiélago ha sido convertido en una gran frontera militarizada, en el gendarme avanzado de la Europa fortaleza. La deriva de la derecha local es inequívoca: el PP de Canarias, en un ejercicio de sumisión ideológica, ha copiado a Vox y ha llevado al Parlamento una iniciativa para exigir el despliegue de las Fuerzas Armadas en nuestras costas para “controlar la inmigración”. Lo hace, además, con una desvergüenza insultante, mientras las llegadas por la ruta atlántica se han reducido, aunque continúa de forma lacerante cobrándose muertos, incluso menores. No buscan gestionar ninguna crisis humanitaria; buscan inyectar racismo institucional en vena y tratar a seres humanos desesperados y a su vez instrumentalizados sobre todo desde la satrapía de Marruecos como una fuerza invasora de ocupación.
Los resultados de esta militarización de la miseria ya los conocemos. Amnistía Internacional ha documentado torturas y tratos crueles de militares a migrantes en Ceuta: de 65 personas entrevistadas, 22 —un tercio— denunciaron torturas o vejaciones, y los audios revelan a efectivos jactándose de que pegar a los migrantes “sin guantes mola más”. ¿Qué diferencia estructural hay entre esa patrulla militar que caza de noche en la frontera y la escuadra neonazi de “desokupa” que desaloja a palos a una familia pobre de día? Ninguna. Forman parte del mismo continuum paramilitar y autoritario. Es el fascismo en estado puro: el que nunca contó estrellas porque solo sabe contar botas, porrazos, brutalidad policial, fusiles y alambradas de espino.
Para coronar la ofensiva, traen como tótem a Javier Milei. Sus visitas a España para arropar a la ultraderecha no son anécdotas folclóricas: son el manual de adoctrinamiento neofascista. El elogio de la motosierra social, la destrucción de lo público y el llamamiento a sacar al adversario político de izquierdas “a patadas”. Esa violencia verbal convertida en doctrina de Estado busca demoler cualquier pacto social de convivencia.
El-Ghadban y Saint-Éloi lo escribieron con precisión quirúrgica: los fascistas nunca contaron las estrellas porque jamás levantaron la mirada hacia la dignidad universal; su vista siempre ha estado fija hacia abajo, en el suelo que aspiran a expropiar y en el cuerpo que pretenden explotar o aniquilar. Hoy ese suelo es el alquiler abusivo de tu casa; esa expropiación es tu hipoteca impagable; y ese cuerpo es el de una mujer de desde los 16 años o el del joven africano hacinado en una nave industrial o en un acuertelamiento de Canarias.
El 29N no es una cita electoral rutinaria. Es una prueba histórica de supervivencia democrática. Si el bloque reaccionario suma el poder institucional, no traerá gestión ni estabilidad: traerá exactamente lo que el libro desmenuza, tiranía, depredación capitalista, tecnofinanza salvaje, militarización de la vida, misoginia, desaparición del Ministerio de Igualdad y una guerra abierta contra las clases populares y los vulnerables.
Frente a su barbarie colonial, misógina y militarista: organización, solidaridad internacionalista y combate democrático antifascista sin tregua.
Pararemos a este fascismo.