La vela de Pedro
En el final de Ana Karenina una vela se apaga para dar término a la colosal novela. Antes de arrojar a Ana a las vías del tren, Tolstoi utiliza la metáfora de la vela, un clarooscuro, que marca como se apaga la vida de Ana al ritmo de la vela.
Esto rima con Pedro Sánchez que acaso se apaga, pero del que muchos dirán: “Ahora te va a votar tu puta madre… y yo.” Lo que sigue es poca cosa porque es tan solo mi visión de la faena de Pedro Sánchez. Y quiero presentar mi modesto criterio enfocado hacia cuatro capas.
Política territorial y relación con los indepes. Hizo bueno lo dicho por William Blake: “El buen poeta está de parte del diablo”. Los indultos y la amnistía que seguro escondían las llaves de la Moncloa fueron como el bálsamo cervantino. Por un tiempo los irredentos indepes nos han dejado vivir tranquilos porque han convivido, entre ellos, cómodos. Ya sabemos que el problema catalán no tiene cura, solo temporadas apacibles sin molestias y se ha conseguido una de ellas.
Veamos el modelo institucional y la separación de poderes. Es difícil ignorar el juego de algunos jueces, alguno de ellos con sede en el Supremo. Lo de su mujer y su hermano es impresentable, y el daño a la justicia está hecho. Insoportable, aunque solo sea por lo que hace reír a Esperanza Aguirre, Ana Botella y tutti quanti. Esta época, con el asunto del fiscal general como episodio principal ha sido el affaire Dreyfus español. Y ya nada será igual en asuntos de la justicia. El comportamiento de Sánchez es el retroceso de la culata cuando vemos a esa gente haciendo barbaridades. Hizo bien en no callarse porque una cosa es la sacrosanta separación de poderes y otra aceptar sin rechistar las barrabasadas de Peinado. Pero hubiese sido mejor responder desde la pulcritud y no haber colocado a su ministra de justicia de fiscal general.
La política económica. España crece por la buena inmigración y la coyuntura energética. Es un incremento que no está acompañado por la productividad, pero España crece y por ello sus cuentas públicas no empeoran. Aumentar los derechos laborales ha funcionado. Por eficiencia y por justicia. Gobernar sin presupuestos es otra falta de pulcritud. O acaso una línea roja.
La cuarta capa y la parte más oscura es el uso y disfrute que hizo de su partido que lo deja en modo de juguete roto. Muerte clínica. Nuestros políticos se suceden a sí mismos de forma tan obscena que es como la música de los cuarenta principales sin cambiar nunca ni los títulos ni el lugar. En Canarias nada ofrecen ni tienen nada que ofrecer. Ha convertido al PSOE en un grupo de mercenarios unidos por la soldada y del tamaño de la conga de Jaruco. Pedro Sánchez acepta que su partido, el principal en España, se llene de gente que conociendo que los mejores están fuera no los invitan a cenar como D. Giovanni al Comendador, aunque vengan con las peores intenciones. Esta imagen en la que se ha convertido el Partido Socialista no es peor que la realidad de los otros partidos. Pero eso no consuela. El PSOE es “el partido”. Bueno, lo era. Ahora se reproducen sus dirigentes contando siempre el mismo cuento. Igual que en los demás partidos.
Juan Rulfo escribió dos novelas y entró en el Olimpo. Si le preguntaban por qué no escribió más, contestaba que se le había muerto el tío Celerino que era el que le contaba los cuentos. Nuestros políticos, siempre los mismos, tienen el suficiente talento para echarlo todo a perder. Siempre tengo presente la Metroguagua, esa heterotopía en clave de broma que opera fuera de la realidad y de sus reglas. Pero que entre todos soportamos.
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