Un perro, con complejo de concejal de fiestas por su predisposición a ellas, recibe a este redactor cuando se baja de su vehículo y pone un pie en una calle que, rodeada de belleza, indica por sus adoquines que no suele ser transitada. El mismo can, mediante gestos bastante resolutivos, parece indicar con la cabeza que lo que el visitante anda buscando está cuesta abajo, junto a la iglesia del siglo XIX: la vida de un pueblo paradójico. Paradójico porque Murtas, situado en la alpujarra granadina, muy cerca de la provincia de Almería, tiene un censo que desafía a los legisladores. Tres de cada cuatro votantes ni han nacido ni viven siquiera en España, pero se sienten murteños.
En plena polémica por la nacionalización de miles de personas mediante la denominada Ley de Nietos, por la que el Tribunal Supremo ha decidido paralizar el derecho a voto de cara al próximo 29N de muchos nacionalizados que se habían acogido a esta norma, Murtas permite entender parte del fenómeno. En esta localidad granadina hay censados con derecho a voto 332 vecinos, mientras que otros 1067 electores no han paseado nunca o casi nunca por sus calles. Una estadística que se explica, en gran medida, porque de Murtas emigraron miles de lugareños en las primeras décadas del siglo pasado buscando vidas mejores en países como Argentina o Brasil.
Y aquel éxodo tiene su eco hoy en día. En los recovecos sin gente, pero con historia, que decoran la imagen de un pueblo que parece detenido en el tiempo porque, como dicen los que en él habitan, “se está muriendo poco a poco”. Tan detenido en el tiempo y solitario está que hasta el perro concejal suma ya 20 años y nadie ha ido a recordarle que ha superado ya la lógica longevidad de un animal de sus características. Como no lo sabe, camina feliz, con paso firme y sin vacilar de cuesta en cuesta.
Quien sí sabe que Murtas vivió mejores tiempos y que, aunque el censo diga otra cosa, el futuro no brilla para personas como Cristina, quien hace de guía a elDiario.es Andalucía para tratar de desentrañar el misterio de por qué tres de cada cuatro murteños casi no podrían situar el pueblo en un mapa. Cristina trabaja como animadora sociocultural en un municipio en el que esa tarea es tan paradójica como su registro civil. Su contrato, financiado a través de un plan de empleo, termina el 13 de noviembre. Le gustaría continuar, pero no sabe si será posible. “Me gustaría quedarme, pero si no tengo contrato, me voy a otro lado a trabajar”, explica.
Mientras tanto, intenta que Murtas se conozca fuera de sus calles. También ejerce de guía a través de TikTok, donde publica vídeos de los rincones del municipio. Para hacerlo, se da paseos que pueden durar horas, muestra prácticamente todo lo que encuentra y después resume esas caminatas en vídeos breves. Es una forma de acercar el pueblo a quienes nunca han estado allí, aunque por ahora no haya conseguido atraer a demasiados turistas.
La pantalla, sin embargo, no resuelve el problema de llegar hasta Murtas. Las carreteras de la Alpujarra, estrechas, escarpadas y llenas de curvas, complican las comunicaciones. Lanjarón y Órgiva, dos municipios de la misma comarca, quedan a más de una hora en coche. La distancia no se mide únicamente en kilómetros: también en el tiempo que cuesta llegar a otros pueblos, hacer determinadas compras o acudir a servicios que no existen en el propio. Para comprar algo más que lo básico, muchos vecinos tienen que desplazarse. María José, secretaria del Ayuntamiento, explica que en ocasiones les resulta más práctico ir a Adra o a El Ejido, en Almería, que a otros municipios granadinos. Murtas, que llegó a tener casi 4.000 habitantes a mediados del siglo pasado y que vive de la agricultura y la ganadería, se encuentra en uno de los extremos de la provincia, cerca del límite con Almería, y esa ubicación condiciona la vida cotidiana.
La dificultad de acceso tampoco impide que lleguen nuevos habitantes. En los últimos años, se han instalado jubilados extranjeros, especialmente procedentes de países del centro de Europa. Su presencia introduce una pequeña variación en la historia de un municipio acostumbrado a perder población. Pero no basta con que alguien elija Murtas para pasar allí su jubilación: el reto sigue siendo ofrecer condiciones para que también puedan quedarse quienes necesitan trabajar.
Un pueblo lleno de recuerdos
Si Cristina representa la incertidumbre del futuro, Inma es una de las personas que mantienen abierta la puerta al pasado. Gestiona el registro civil y atiende el único bar que queda en el pueblo. Dos trabajos que, en un municipio como este, terminan conectándose de maneras inesperadas. Al registro llegan solicitudes de personas que viven en Argentina y Brasil y quieren reconstruir la historia de sus familias. Buscan partidas y documentos de sus padres, abuelos o bisabuelos, aquellos que salieron de Murtas cuando la emigración se convirtió en una vía para buscar una vida mejor al otro lado del Atlántico.
La tarea no siempre resulta sencilla. Los libros antiguos no tienen todos índices que faciliten la búsqueda, por lo que a veces hay que revisar las páginas una a una. Inma ha elaborado índices para algunos de esos volúmenes y ayuda a quienes intentan recomponer su árbol genealógico a partir de los documentos que conserva el municipio. Entre quienes llegan también hay personas que quieren llevarse un recuerdo material del lugar de sus antepasados. Inma cuenta que hace poco recibió la visita de tres mujeres mayores de 60 años que compraron pequeños recuerdos del pueblo, como imanes, abanicos y pulseras.
Para ellas, Murtas no es necesariamente el lugar en el que han vivido, sino el origen de una historia familiar que ha sobrevivido a la distancia. Sus antepasados se marcharon, sus descendientes crecieron lejos y, décadas después, algunas de esas familias vuelven para conocer el escenario del que partieron los suyos. La paradoja es que el municipio conserva una relación administrativa y sentimental con miles de personas que no residen en él, mientras quienes sí viven allí se enfrentan a las consecuencias cotidianas de la pérdida de población. En el registro civil, la emigración sigue presente. En las calles, en cambio, se percibe lo que ha desaparecido.
“Aquí lo que no hay es gente”
Amalia tiene 92 años y Jacinto, 94. Son dos de los vecinos más longevos de Murtas. Están sentados al fresco, apoyados en una pared junto al albergue, acompañados por otros dos vecinos. No hace falta llevarles estadísticas para hablar de la transformación del municipio. Basta con preguntarles qué había antes. “Antes había mucho y ahora hay menos”, resume uno de ellos. Amalia recuerda las tiendas, los comercios de ropa y los bares que daban vida a las calles. Había cuatro o cinco bares, frente al único que queda hoy. También había niños, escuelas y más gente paseando por el pueblo.
“Tiendas, muchas tiendas”, recuerda Amalia. La enumeración de lo que había antes contrasta con la tranquilidad de la mañana que comparten los cuatro vecinos. No necesitan detenerse en cifras para explicar el cambio: la ausencia de gente se ha convertido en parte del paisaje. Jacinto recuerda que comenzó a trabajar en el campo cuando era muy pequeño, primero como pastor y después en otras labores agrícolas. Su historia pertenece a una generación para la que la vida rural significaba trabajar desde la infancia, en un entorno donde el campo organizaba buena parte de la actividad diaria.
La memoria de los mayores coincide con la de María José, que lleva alrededor de dos décadas trabajando en el ayuntamiento. Cuando llegó, Murtas todavía conservaba servicios que han ido desapareciendo. El domingo era día de mercado y de actividad comercial, hasta el punto de que las oficinas municipales abrían ese día. La pandemia acabó también con aquella rutina. El municipio tenía oficina bancaria y cuartel de la Guardia Civil. Ahora, donde antes había atención presencial, queda un cajero automático. La desaparición de estos servicios no solo obliga a desplazarse para resolver gestiones: también reduce el tránsito de personas y la actividad que sostenía la vida cotidiana.
La pérdida de comercios tiene una consecuencia aún más tangible. Murtas llegó a tener dos panaderías; hoy no queda ninguna. El pan llega en una furgoneta que pasa los martes, jueves y sábados. Lo que antes se resolvía caminando unas calles depende ahora de que un vehículo llegue desde fuera en días determinados. María José lo resume al recordar la evolución del negocio: “La gente no quiere invertir”. El Ayuntamiento ha intentado facilitar que se mantengan algunas actividades económicas. Llegó a ofrecer un albergue por menos de cien euros al mes para intentar que alguien pusiera en marcha un negocio, pero no encontró a nadie dispuesto a hacerse cargo.
Algo parecido ocurrió con cuatro apartamentos turísticos situados en la parte alta del pueblo, con vistas a la Alpujarra. Ante la falta de personas interesadas en gestionarlos, el consistorio ha optado por utilizarlos para alojar a maestros que llegan a trabajar al municipio. La situación revela una de las dificultades menos visibles de la despoblación: no basta con que haya locales, edificios o posibilidades de negocio. También hacen falta personas dispuestas a asumir el trabajo y el riesgo de mantenerlos abiertos en un lugar con poca demanda. La falta de actividad genera menos oportunidades, y la escasez de oportunidades dificulta que llegue o se quede población.
Los límites de un ayuntamiento pequeño
Desde el consistorio intentan aprovechar los recursos disponibles. María José reconoce que el margen de actuación es reducido. “No podemos hacer mucho más”, explica al referirse a las posibilidades de un municipio que depende en buena medida de las subvenciones para poner en marcha proyectos. Los planes de empleo permiten incorporar a jóvenes como Cristina, pero los contratos tienen una duración determinada y no garantizan continuidad. El Ayuntamiento también intenta aprovechar el patrimonio cultural y natural para atraer visitantes. Murtas cuenta con una tradición trovera que ha motivado su declaración como pueblo trovero, además de un museo dedicado a esta manifestación cultural.
A ello se suman los antiguos lavaderos, los senderos y las vistas desde el Cerrajón, uno de los puntos elevados de la Alpujarra, desde donde, en los días despejados, puede divisarse incluso África. El municipio mantiene asimismo servicios gratuitos de podología, fisioterapia y yoga para sus habitantes, una iniciativa que, según María José, lleva tres años en marcha. Son medidas que ayudan a sostener la vida diaria, especialmente para quienes tienen más dificultades para desplazarse.
Pero el turismo se enfrenta al mismo obstáculo que el resto de las actividades: llegar hasta allí no siempre resulta fácil. María José recuerda que algunos visitantes han seguido las indicaciones del GPS y han terminado en calles estrechas sin salida. En alguna ocasión, los vecinos han tenido que ayudarlos a sacar el coche. Las calles son parte del atractivo de Murtas, pero también pueden convertirse en una dificultad para quienes llegan por primera vez. La afluencia aumenta durante las fiestas, especialmente en la celebración de la Santa Cruz, cuando regresan familiares y personas vinculadas al municipio. También vuelven quienes aprovechan sus vacaciones para participar en la recogida de la almendra. Hay vecinos que viven fuera, pero reservan unos días para ayudar a sus madres o familiares en el campo.
Son regresos que no equivalen a recuperar población estable, aunque mantienen vivo un vínculo. La emigración no ha borrado el pueblo de la memoria de quienes se marcharon. Al contrario: para algunas familias, Murtas continúa siendo el lugar al que volver en determinadas fechas, aunque la residencia habitual esté a cientos o miles de kilómetros. Ese vínculo es también el que ayuda a entender que tantas personas sigan formando parte del censo electoral desde el extranjero. La cifra, por sí sola, no permite conocer la relación que cada una mantiene con el municipio, pero sí da cuenta de la dimensión de una historia migratoria que continúa proyectándose sobre el presente.
Enseñar el pueblo para quedarse en él
Cristina intenta que Murtas sea conocido por quienes todavía no lo han visitado. Recorre sus calles, muestra sus paisajes y los convierte en vídeos que circulan por una plataforma utilizada por millones de personas. Es una manera de proyectar hacia fuera un municipio al que las carreteras mantienen apartado de buena parte de los desplazamientos cotidianos. Su trabajo de animación sociocultural persigue algo más cercano: organizar actividades y mantener espacios de encuentro para quienes sí viven allí. Pero su contrato termina en noviembre y no tiene garantizado que pueda continuar. La joven que enseña Murtas al mundo se enfrenta a la posibilidad de tener que marcharse para encontrar empleo en otro lugar.
La contradicción explica buena parte del problema. El pueblo necesita atraer visitantes, recuperar servicios y ofrecer oportunidades a quienes quieran vivir en él. Sin embargo, la promoción turística no sustituye a un puesto de trabajo estable, del mismo modo que disponer de un edificio no garantiza que alguien vaya a abrir allí un negocio. Mientras tanto, el perro que recibe a los visitantes continúa recorriendo las calles empedradas. Con sus veinte años, camina de cuesta en cuesta con la tranquilidad de quien conoce cada rincón y no necesita consultar ningún mapa. A su alrededor, las fachadas y los callejones conservan la belleza de un pueblo que parece detenido en el tiempo, aunque sus habitantes sepan que lo que está en juego no es conservarlo inmóvil, sino conseguir que siga teniendo vida.
En Murtas hay quienes vuelven para buscar sus raíces, quienes regresan para recoger almendras, quienes llegan desde otros países para jubilarse y quienes intentan que el pueblo se conozca a través de una pantalla. Pero también hay una joven que espera saber si podrá seguir trabajando allí, una furgoneta que sustituye a las panaderías desaparecidas y un ayuntamiento que busca subvenciones para mantener servicios. La pregunta ya no es por qué tantos murteños viven fuera de España. La historia de la emigración ofrece parte de la respuesta. La cuestión es qué tendría que cambiar para que quienes hoy viven allí no se vean obligados a marcharse, y para que quienes conservan un vínculo con Murtas puedan regresar no solo durante las fiestas, sino también para construir allí su futuro.
0