Franco no merece un pedestal
Hay monumentos que cuentan una historia y hay monumentos que todavía parecen empeñados en contarla desde el lado de los vencedores. En Santa Cruz de Tenerife tenemos uno. Es grande y visible. Forma parte del paisaje de la ciudad desde hace décadas y tiene un nombre que nadie debería olvidar: Francisco Franco.
El alcalde de la ciudad, José Manuel Bermúdez, ha decidido llevar al Estado a los tribunales para intentar impedir que el monumento sea retirado.
Ya no hablamos solamente de una escultura. Hablamos de qué quiere decir una ciudad cuando decide qué merece permanecer en su espacio público y, sobre todo, de a quién decide escuchar.
El Estado ordenó su retirada. El Gobierno de Canarias concluyó el procedimiento para declararlo Bien de Interés Cultural y no lo declaró. El Consejo de Patrimonio Cultural de Canarias, máximo órgano consultivo en esta materia, había rechazado previamente esa protección por dieciséis votos frente a ninguno, con una abstención.
Pero el Ayuntamiento insiste, ahora vamos a los tribunales.
Yo tengo una pregunta muy sencilla: ¿de verdad merece tanto esfuerzo conservar un monumento dedicado a Franco?
No pregunto si la escultura está bien hecha o si Juan de Ávalos sabía trabajar el material. Tampoco quiero saber si la pieza tiene valor artístico.
Pregunto qué representa, porque una escultura no existe solamente por el material del que está hecha, también existe por aquello que recuerda y, esta escultura está vinculada a un régimen dictatorial que gobernó España durante décadas después de una guerra provocada por un golpe militar contra la República.
Eso también forma parte de nuestra historia y, quizá, convendría recordarlo cuando hablamos de patrimonio, porque resulta extraño que para algunas personas la memoria empiece en la piedra y termine antes de llegar a las víctimas.
En Canarias también hubo víctimas. También hubo persecución. También hubo familias rotas. También hubo personas asesinadas, desaparecidas, encarceladas y represaliadas.
El propio Gobierno de Canarias mantiene un mapa de fosas y un buscador de personas desaparecidas durante la Guerra Civil y el franquismo.
No son solo cifras. Son nombres. Son vidas.
Y hay un dolor que quizá resulte difícil de explicar a quien nunca lo ha vivido: perder a alguien y no poder despedirse.
No saber dónde está. No poder llevarle una flor. No poder decirle adiós.
No poder explicar a los hijos y a los nietos dónde descansan sus restos.
Hay dolores que no desaparecen porque hayan pasado ochenta años. Todo lo contrario, siguen de generación en generación, permaneciendo en la memoria de las familias.
Por eso me cuesta entender que una administración pública pueda emplear recursos, informes, procedimientos y ahora incluso abogados para intentar conservar en la vía pública un monumento vinculado al dictador que encabezó aquel régimen.
Y quiero ser cuidadoso con algo. No estoy diciendo que quien protege la conservación del monumento esté defendiendo una dictadura. No sería justo ni serio.
El alcalde ha defendido que existen posibles valores artísticos y ha planteado vías de protección patrimonial para evitar su retirada. Esa es su posición. Tiene derecho a defenderla. Pero quienes pensamos lo contrario también tenemos derecho a decirlo claramente. Una democracia no debería necesitar un pedestal para recordar una dictadura.
Porque retirar un monumento no significa borrar la historia, a veces significa precisamente lo contrario. Significa dejar de homenajearla.
Podemos conservar documentos, fotografías, explicar en un museo quién encargó la obra, cuándo se levantó y qué pretendía representar. Podemos enseñar a nuestros hijos lo que ocurrió. Lo que no necesitamos es mantener en un espacio público un símbolo que muchas familias pueden vivir como una herida.
Una cosa es conservar la memoria y otra muy distinta es conservar la exaltación. Y aquí conviene mirar más allá de nuestras fronteras.
Alemania convirtió la memoria del nazismo en una política de educación, documentación y responsabilidad histórica, con una legislación especialmente restrictiva respecto a la propaganda nazi.
Italia sigue teniendo debates sobre la permanencia de símbolos y lugares vinculados al fascismo.
Y Rusia demuestra precisamente que la relación con el pasado dictatorial puede ser mucho más compleja: allí conviven la memoria histórica, la reivindicación de la victoria soviética y una importante presencia pública de símbolos de la etapa soviética.
Por eso no necesitamos copiar a nadie. España tiene que decidir qué hace con su propia historia. Y nuestra historia nos obliga a mirar también a quienes perdieron, porque esta discusión no va solamente de patrimonio. Va de memoria, de respeto, de víctimas.
Y quizá ahí esté la pregunta que deberíamos hacerle al alcalde. Señor Bermúdez: ¿qué cree que siente una familia que todavía busca a su abuelo cuando ve que una institución pública dedica esfuerzos a conservar un monumento relacionado con quien encabezó aquella dictadura?
¿Qué siente una hija que nunca pudo despedirse de su padre?
¿Qué siente un nieto que sigue buscando una fosa?
¿Qué les estamos diciendo?
¿Que la escultura merece más protección que su memoria?
Yo creo que no, porque una escultura no siente, ni sufre, ni tiene hijos ni nietos. No tiene recuerdos y no necesita que nadie la defienda.
Las personas sí y, quizá por eso, deberíamos invertir el esfuerzo.
Menos energía en salvar una piedra. Más energía en encontrar a quienes siguen desaparecidos. Menos recursos en buscarle un encaje patrimonial a un símbolo franquista. Más recursos para que las familias puedan recuperar los restos de los suyos.
Menos preocupación por el pedestal. Más preocupación por las personas.
Porque el verdadero patrimonio de una ciudad no son solamente sus edificios, sus esculturas o sus plazas. También son las historias de quienes la construyeron. Incluso las de quienes fueron silenciados. Incluso las de quienes fueron asesinados. Incluso las de quienes murieron sin que sus familias pudieran despedirse.
Y mientras escribo estas líneas, RTVE acaba de estrenarnLorca, las horas perdidas, un documental que vuelve, noventa años después, sobre las últimas horas de Federico García Lorca, su asesinato y las incógnitas que todavía rodean sus restos.
Noventa años después seguimos preguntándonos dónde termina una vida y dónde empieza una ausencia.
Quizá ese documental sirva para recordar algo muy sencillo: detrás de cada desaparecido hubo una persona y detrás de cada persona hubo una familia.
No son cifras. No son bandos. No son argumentos para una tertulia.
Son seres humanos.
Por eso no quiero que este artículo termine hablando de Franco.
Quiero que termine hablando de quienes no pudieron despedirse, porque Franco murió hace cincuenta y un años, pero todavía hay familias que siguen buscando.
Y mientras algunas instituciones siguen discutiendo cuánto valor artístico tiene una escultura, hay personas que llevan décadas intentando encontrar dónde está enterrado su padre, su abuelo, su hermano.
A lo mejor el problema no es que Santa Cruz tenga un monumento demasiado grande. A lo mejor el problema es que todavía le estamos dando demasiada importancia.
La historia no necesita que Franco siga sobre un pedestal. Necesita que las víctimas dejen de estar debajo de la tierra y del olvido.
Y quizá, señor Bermúdez, esa debería ser la batalla que mereciera todos nuestros recursos.
No salvar un monumento. Salvar la memoria.
Porque una democracia no se mide por cuánto conserva de una dictadura.
Se mide por cuánto respeta a quienes la dictadura hizo desaparecer.