La manera de ganar
Ya han pasado algunos días desde que somos campeones del mundo y todavía me sorprende escribirlo. Campeones del mundo. Lo he dicho en voz alta varias veces, a solas, a ver si de tanto repetirlo me lo creía. Ganar. Hasta la palabra me suena rara: en este país aprendimos a pronunciarla bajito, no fuera a oírnos la mala suerte.
Y, sin embargo, lo importante no es que hayamos ganado. Es cómo.
De eso quería escribir. No del resultado, que se lo saben de memoria hasta las piedras, sino de la manera. Del modo en que ganan estos chicos, que no se parece a ninguno de los que yo conocía. Y del hombre que los dirige, que en esto tiene mucho que ver.
En el minuto 119, los míos, mis hijos, me agarraron del brazo. No dijeron nada.
Messi había levantado la cabeza en la banda derecha y en aquel segundo volvieron todos los fantasmas que ellos no conocen: esa costumbre nuestra de presentir la desgracia un minuto antes de que ocurra. El centro entró en el área. Cubarsí, diecinueve años, lo mandó a córner sin despeinarse, como quien retira un plato de la mesa.
Los míos me soltaron el brazo.
Yo tardé bastante más en volver.
Cuarenta días antes yo no le había dado la razón a Luis de la Fuente. España tiene cuarenta y nueve millones de seleccionadores y yo, aquel día, era uno más: discutí una lista, un once y un cambio con la autoridad moral de quien no ha entrenado en su vida ni al equipo del patio del colegio. Unos días después se la di. El domingo se la di del todo, y sin que me doliera, que es lo raro.
Perdóname, Luis. Prometo no volver a hacerlo.
Los dos sabemos que miento.
De la Fuente es un tipo tranquilo. Habla bajo y no necesita levantar la voz para que se le note el carácter, que lo tiene y mucho. Toma decisiones difíciles y las sostiene aunque medio país esté convencido de que se equivoca. Y luego resulta que no. Y encima no te lo restriega, que es una forma de elegancia bastante poco española y, desde el domingo, completamente española.
He pensado mucho en él estos días. En que un equipo termina pareciéndose a quien lo dirige. Estos chicos ganan como él gana: sin ruido, fiándose de lo trabajado, sin humillar a nadie y sin pedir perdón por hacerlo bien. La manera de ganar del entrenador se les ha metido en las piernas.
Porque yo aprendí a desconfiar. Crecí, en los ochenta y los noventa, viendo a la selección salir a los Mundiales pidiendo perdón por adelantado, con el complejo puesto como una camiseta interior que no te quitabas ni en agosto: a ver si no hacemos el ridículo, a ver si pasamos de cuartos, a ver si al menos competimos.
Y cuando llegaba la derrota, el consuelo: nos han robado.
Perder así tiene una comodidad enorme, porque si te roban no hace falta que mejores. Es la coartada perfecta. Uno se va a la cama ofendido, que duele menos que irse a la cama siendo peor.
Durante el Mundial le preguntaron a uno de estos chicos si de verdad se veían capaces de ganarlo. Contestó:
—¿Y por qué no?
A mí, que vengo de donde vengo, me pareció una temeridad. Ahora empiezo a pensar que era, simplemente, fe. Otra cosa que yo había desaprendido.
Ciento seis minutos
Vi la final en casa, con el Atlántico entero de por medio, mientras a nueve mil kilómetros el MetLife se llenaba de gente y de banderas. Empezó con luz y terminó de noche cerrada. La pasé de pie casi entera. Mi familia ya ni pregunta: aparta los muebles y me deja sitio.
En julio, con las ventanas abiertas, aquí uno no ve el partido: lo oye. Sabes lo que ha ocurrido por el grito del vecino antes de que la imagen llegue a tu televisor. Es un sistema de alerta temprana bastante fiable y malísimo para el corazón. El domingo, la isla entera funcionó como una sola grada mal sincronizada.
Pasaron ciento seis minutos hasta que ocurrió.
Ciento seis.
España había rematado unas veinte veces a puerta y Argentina ninguna, y aun así allí no entraba nada, y lo que había entrado lo habían anulado, porque Emiliano Martínez estuvo inexpugnable e insoportable hasta que dejó de ser lo primero. Rodri sostenía el partido desde el centro con esa cara de contable que le sale cuando la cosa se pone fea. Acabaron eligiéndolo mejor jugador del torneo, que es la manera elegante de reconocer que el hombre más importante del campo juega en el lugar donde casi nadie mira.
Dani Olmo insistía. Lamine Yamal volvía a intentarlo. Porro seguía recorriendo la banda como si todavía le quedaran piernas, que no le quedaban. Y en casa ya nadie hablaba.
Entonces llegó el gol.
No fue la genialidad solitaria de nadie, y quizá por eso se parece tanto a la España que me gusta.
Yamal vio un hueco donde yo solo veía piernas y no quiso rematar: la dejó corta. Porro cruzó el balón al otro lado del área después de llevar cien minutos subiendo y bajando esa banda. Nico llegó antes que el portero y tampoco quiso terminar la jugada: la bajó de cabeza. Y Ferran Torres, el discutido, el que este país llevaba meses debatiendo en todas las barras de bar de aquí a Fuerteventura, hizo lo más difícil y lo más sencillo: fiarse del trabajo de los otros y pegarle de primeras.
Sin pensarlo, porque si lo piensa no entra.
Minuto ciento seis.
Ninguno de los cuatro habría podido marcar aquel gol solo. Los cuatro juntos lo hicieron inevitable. Así es como ganaron: no marcó el mejor, marcó el último de una cadena en la que cada uno se había fiado del anterior y confíaba en el siguiente.
De lo que hice yo se acuerdan mejor en casa que yo mismo. Sé que grité. Sé que se me fue la voz en el grito y que al día siguiente hablaba como una puerta vieja. Y sé que los míos se rieron de mí un segundo antes de abrazarme, que es exactamente el orden correcto.
Nadie miró al árbitro
Hay un detalle de aquella noche que me ha dado más vueltas en la cabeza que el propio gol.
A España le anularon dos tantos en la final. Uno en el tiempo reglamentario y otro en el minuto 113, cuando Ferran ya lo estaba celebrando. Dos goles anulados en una final del mundo. En el país donde yo me crie, eso habría dado para tres semanas de tertulia, dos conspiraciones y un agravio histórico con derecho a monumento.
Y no pasó nada.
Ni brazos en alto, ni corrillo alrededor del colegiado, ni caras de mártir. Sacaron y siguieron jugando, como si aquello también formara parte del oficio.
Fue entonces cuando lo entendí. No es que estos chicos sean mejores que nosotros. Es que aprendieron otra manera de estar. No juegan contra el árbitro, ni contra la historia, ni contra todos los fantasmas que yo tenía sentados en el sofá.
Juegan contra el rival.
Que resulta ser, ahora que lo pienso, lo que había que hacer desde el principio.
Y ganan por ahí. No por tener más suerte ni menos enemigos, sino por gastar toda la energía en lo único que depende de ellos: el balón, el compañero, el minuto siguiente.
Cuando terminó el partido, los jugadores españoles hicieron pasillo a los subcampeones y los aplaudieron mientras recogían sus medallas. Ganar bien es también eso, lo que no aparece en ningún marcador: cómo tratas al que acaba de perder.
Al otro lado se eligió otra manera de estar en aquel escenario. No la voy a contar con detalle. Lo dejo ahí. Este artículo va de una sola cosa, y esa cosa es la manera.
Lo que no entienden los míos
Después, ya de madrugada, intenté explicarles a los míos por qué había sufrido de aquel modo. Les hablé de los cuartos de final, de las derrotas que convertíamos en agravios, de la costumbre de mirar al árbitro antes que a nosotros mismos, de aquella España que salía a competir pidiendo perdón.
Me escucharon con esa paciencia que se reserva a los padres cuando cuentan cosas de un país que ya no existe del todo.
Y entonces caí en la cuenta de que la mejor noticia de la noche no era que España hubiera ganado un Mundial.
Era que ellos no entendían por qué a mí me había parecido tan improbable.
En aquel campo había chicos de diecinueve, de veintitrés, de veinticinco años. Habían llegado desde lugares distintos, con acentos distintos, familias distintas y maneras distintas de entender el mundo. Algunos se arrodillaron sobre el césped para dar las gracias y después hablaron de su fe sin bajar la voz, con la naturalidad de quien nunca ha pensado que eso pudiera ser un problema. Otros no hicieron nada de aquello, y a nadie le pareció extraña ninguna de las dos cosas.
A ninguno le pidieron que dejara de ser quien era para jugar con los demás.
Solo que corriera por el de al lado. Que aceptara el golpe sin instalarse en la queja. Que confiara en que otro terminaría la jugada. Y que, cuando llegara el momento, no tuviera miedo.
Ahí estaba, ahora que lo veo escrito, casi todo lo que quiero de un país: equipo, trabajo, alegría y fe. Correr por el de al lado. Fiarse del de al lado. Celebrarlo con el de al lado. Y creer, contra todo pronóstico, que se puede.
A fuerza de oír todos los días que aquí no sabemos estar juntos, uno termina confundiendo el ruido con el país. Yo llevaba tiempo confundiéndolos.
El domingo, durante ciento veinte minutos, vi otra cosa: gente distinta por dentro, segura sin ser arrogante, competitiva sin vivir del agravio, capaz de fiarse del talento ajeno y de ganar sin necesidad de que nadie perdiera la dignidad.
Ganar así, resulta, no era una temeridad. Era, todo el tiempo, una manera.
No es una definición. Es apenas el país que quiero. La que me alegra, la que deseo, aquella en la que me gusta vivir y criar a los míos. Y ni siquiera sé si dura más que un verano.
Pero aquella noche, con las ventanas abiertas, los míos todavía agarrados a mi brazo y la isla entera gritando a destiempo, esa España estuvo jugando.
Y ganó.