Canarias Ahora Opinión y blogs

Sobre este blog

Mitos canarios de falsas lecturas

2 de noviembre de 2026 12:26 h (Hora canaria)

0

La lengua escrita convierte a los hablantes en comunicadores más o menos especializados y con mayor o menor responsabilidad social; en especialistas en una técnica que hay que aprender artificialmente, porque de un mero truco para hacer más grande la palabra en el tiempo y el espacio se trata. Por eso, al contrario que la lengua hablada, que, por ser natural, primaria o espontánea, se aprende en casa o en la calle, la lengua escrita se aprende en la escuela. De una parte, convierte la escritura al hablante en trazador de signos gráficos más o menos misteriosos, en perito de la letra y de la composición material de textos, simples o complejos, con inventio, dispositivo y elocutio, como quería la vieja Retórica. Y de otra, convierte la escritura al oyente en lector, recogedor visual o intérprete de la letra trazada por otro o por él mismo, que debe conocer de la mejor manera posible para poder interpretarla en su recto sentido. Y, como todo arte u oficio, ambas especialidades (la de trazador de letras y la de lector de ellas) pueden ejercerse de forma más o menos profesional o eficiente. 

La del que escribe puede ejercerse de dos maneras radicalmente distintas: de forma altamente especializada o atildada, con mejor o peor caligrafía (antes la caligrafía era un arte, como la misma palabra indica) y textos reales (históricos) o de fantasía (literarios) de más o menos calado, que es lo que hicieron Homero, Tucídides, Horacio, César, Dante, Cervantes, Shakespeare Dostoievski o Rulfo, por poner unos cuantos ejemplos de los más eminentes; o de forma más o menos chapucera o deficiente, que es lo que hacen aquellos que carecen de pericia para escribir una línea a derechas, incapaces de escribir textos con sentido claro y hasta plagados de faltas de ortografía, que, en el mejor de los casos, sólo sirven como documentos para descubrir la pronunciación de etapas pasadas del idioma. Bien sabido es que no hay cosa mala que no tenga algo bueno. 

También la especialidad del que recoge e interpreta lo escrito puede ejercerse de dos formas distintas: de forma altamente cualificada, que es lo que hacen los lectores especialistas de una época o un período histórico determinado, como historiadores, críticos literarios o paleógrafos, expertos no sólo en la lectura de los textos de que se trata, sino también en su tradición lectora; o de forma precaria, como hace el lector ingenuo o ignaro, más o menos desconocedor de la historia de la escritura y de la tradición interpretativa de los textos. De “analfabetismo funcional” ha llegado a hablar la UNESCO en estos casos. Se trata, efectivamente, de personas altamente peligrosas para la cultura de todos, porque pueden llegar a tergiversar el sentido de los documentos históricos y de los monumentos literarios objeto de su atención, que son los que han creado y criado a los pueblos que los atesoran, e imponer lecturas más o menos descabelladas o erróneas, que tergiversan el genuino sentido de la tradición. 

Es lo que ha pasado en Canarias con el apellido Boutier, los topónimos Arrecife y Los Llanos (este último recogido por Elizabeth Murray a su manera bajo la forma Lojonos en su Tenerife y sus seis satélites) y los nombres comunes esquén y zamarro, por ejemplo, convertidos por lectores no muy atildados en Bontier, Acatife, Los Hornos (con h aspirada, según interpretan los autores de la deturpación), efequén y tamarco. En efecto, el apellido de Pierre Boutier, uno de los capellanes del viejo conquistador normando Jean de Béthencourt, se leyó durante mucho tiempo como Bontier en los textos canarios (así aparece en las ediciones de Le Canarien y en las obras de los historiadores insulares, incluido Viera, hasta bien avanzado el siglo XX), hasta que el erudito austriaco D. J. Wölfel advirtió, en el artículo “La falsificación del ‘Canarien’”, que se trataba de una lectura equivocada del apellido francés Boutier, con la u original convertida en n. El topónimo Arrecife, nombre de lo que el citado Le Canarien llama “gran aldea” del Lanzarote prehispánico, se leyó como Acatife hasta que el mismo Wölfel descubrió, en su Monumenta linguae canariae, que se trataba de una lectura equivocada del nombre de origen árabe Arrecife (hoy denominación de la capital de la isla conejera), con la r del original convertida en c, la e de la segunda sílaba en a y la c en t. El topónimo Lojonos (Los Llanos) de la citada Isabel Murray ha sido leído como Los Hornos por determinados traductores y estudiosos de la obra de esta viajera inglesa, hasta que el profesor José Juan Batista Rodríguez de la Universidad de La Laguna advirtió en su excelente “Aportaciones extranjeras al estudio del español de Canarias” que se trataba de una mala lectura del nombre español Los Llanos, con la palatal inglesa j (representante de la ll española) convertida en jota. El nombre común majorero esquén, designativo de casa de oración o adoratorio (y también de mero corral de piedra), se ha leído como efequén hasta que el profesor Juan Álvarez Delgado señaló en sus “Notas sobre el español de Canarias” que se trataba de una lectura equivocada del guanchismo esquén (variante lesque, con aglutinación del artículo determinado, por fonética sintáctica), tan frecuente en la toponimia tradicional de Fuerteventura, con la s larga del texto original (la Historia de la conquista de las siete islas de Canaria, de Abreu Galindo) convertida en f, que es piedra en la que tropiezan con frecuencia las personas que desconocen la historia de la ortografía de nuestra lengua. Según se dice, incluso ilustres profesores de literatura española han llegado a leer el verso “El aire se serena” (con la s larga de la ortografía gótica) de la “Oda a Salinas”, de fray Luis de León, como “El aire fe ferena”. Y el nombre común zamarro, designativo del vestido de pieles de los antiguos habitantes de las Islas Canarias, se ha leído tradicionalmente y se sigue leyendo en la actualidad como tamarco, aunque el profesor Hernández Cabrera de la Universidad de La Laguna ha llamado la atención sobre la posibilidad de que se trate de una falsa lectura del nombre común español zamarro, con la z convertida en t y la segunda r de la rr en c. 

Las consecuencias de estos errores de lectura de los especialistas suelen ser fatales para la cultura verdadera, por cuanto, una vez que las mismas se convierten en tradición o en mitos, cuesta mucho erradicarlas de la conciencia colectiva. En Canarias, sabemos hace mucho tiempo ya que, en efecto, Acatife, efequén, tamarco y Los Hornos son falsas lecturas de Arrecife, esquén, zamarro y Los Llanos, pero hay gente que sigue hablando de Acatife (de Asociación cultural Acatife, Festival Acatife, Inmobiliaria Acatife…, se habla en Lanzarote), efequén (de efequenes como adoratorios específicos de la población preeuropea de Fuerteventura se habla en el discurso de los prehistoriadores de Canarias), tamarco y Los Hornos como si no se hubiera descubierto la superchería. 

Y hasta seguimos sacando conclusiones de ellas, como cuando se postula que la ausencia de /s/ implosiva en el supuesto Los Hornos de Murray es prueba de la existencia de aspiración en el español de Canarias del siglo XIX. Sólo de la falsa lectura Bontier nos hemos librado los isleños con el paso de los años, tal vez porque se trata de un antropónimo sin gran valor simbólico. Todo ello pone claramente de manifiesto el importante papel que juega la fantasía en la cultura de los pueblos. Como es de sobra sabido hace bastante tiempo, de falsas interpretaciones del nombre latino legio ‘legión’ (de Legio VI Victrix, concretamente) y del gentilicio bereber Canarii surgieron los leones del escudo de la provincia de León y los canes del escudo de las Islas Canarias (hoy eliminados de él, con buen tino), aunque, al parecer, ni el nombre de León haya tenido nunca nada que ver con los leones ni el de Canarias con los perros.