TOMA DE TIERRA
La policía de Marlaska es la cal, y el discurso de Sánchez, la arena
TOMA DE TIERRA
Si nos llegan a decir a quienes pertenecemos a la generación que vivió varias crisis económicas y un 15M y que luchó contra reformas educativas como la Wert que la actuación policial más salvaje contra los españoles la veríamos con la policía del Gobierno más progresista de la historia, no lo hubiéramos creído. Se nos hubiera quedado la misma cara que a los estudiantes de la Universidad Complutense, golpeados este miércoles por la fuerza coercitiva del Estado por el delito de solidarizarse con los profesores en huelga por una mejor educación pública para todos, también para los hijos de los agentes y los hijos de los ministros que estudien en España, en la pública.
Esto sucedió cuando aún teníamos en la retina las imágenes de Maricarmen, sacada en en camilla de su casa, directa al hospital, del que no salió tras ser desahuciada en todos los sentidos en que el Estado puede desahuciar a una persona. Teníamos también la imagen de las cargas contra migrantes en Ceuta o la de la profesora estampada contra el suelo por un antidisturbios sin ninguna justificación objetiva hasta la fecha porque, por suerte, quedó grabado.
Ahora que los adultos estamos teniendo mucho cuidado en no contribuir al ruido por lo mucho que nos jugamos, es importante saber qué modelo de Estado queremos y cómo podemos sacudirnos una herencia franquista tan fuerte que impregna la judicatura, el periodismo, las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y la propia cultura política en todos los sentidos.
La policía de Grande-Marlaska sería fuertemente criticada si su ministro del Interior fuera de derechas y todas estas imágenes descritas se corresponderían con regímenes dictatoriales que algunos tienen muy presentes aún en la memoria y otros en sus miedos futuros. Hacer cumplir la ley no debe ser violencia arbitraria a criterio de los agentes, y la justicia debe investigar, por salud democrática, todos los excesos que se produzcan tras cualquier carga policial. Los agentes deben responder por el uso de la violencia, se considere o no proporcionado, aceptando el eufemismo de esa expresión.
Echo mucho de menos una imagen que nunca he visto: la de una policía que vea llegar a los manifestantes por las causas públicas y, en lugar de oponer resistencia rabiosa, se dé la vuelta y marche junto a la gente, porque ellos son gente también. Echo de menos la vocación de servicio público de la plataforma estatal de Bomberos contra los desahucios o la del jefe de la Policía Local de Ingenio, en Gran Canaria, que, aunque no responda directamente ante Interior, madrugó el día previsto para el desahucio de Moisés y sus seis niños para ser el que diera la noticia a activistas, prensa y comitiva judicial de que aquel desalojo se aplazaba.
La concepción actual del poder y los mercados dejan poco margen de maniobra a lo que está dispuesto a disputar el PSOE, pero no son necesarias ni la crueldad ni el cinismo. Ni tener un poli malo y otro bueno para contentar a los dos lobos que España tiene dentro de sí..
Todo esto es una apuesta clara de modelo: desvincular de cualquier imagen de futuro el rastro que haya de un sistema político heredado de 1978 o contentar a personas que insultarían a este Gobierno si se terciara.