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Promocionar, no erradicar

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Como hemos comentado en artículos anteriores, el habla informal del pueblo y el habla formal de las clases medias, antes que incompatibles, son complementarias. Lo que se hace con la una no puede hacerse con la otra. Y, como esto es así, lo lógico es que tanto el pueblo llano como la burguesía respeten escrupulosamente la forma de expresarse del otro, y hasta aprendan de ella, para enriquecer su propia competencia idiomática. El hablante popular acrecienta su caudal idiomático cuando se hace con el modo de hablar formal de las clases medias, que le proporciona habilidades que no tiene su habla informal. Por eso es tan importante el sistema educativo, que es donde se aprende el artificio de la lengua escrita; no la hablada, que, como es natural, se adquiere de forma espontánea en casa o en la calle. El burgués acrecienta el suyo cuando se hace con las palabras de las clases populares, que le proporcionan habilidades expresivas de que carece su habla formal. Es lo que pone de manifiesto el hecho de que de vez en cuando emplee alguna que otra expresión popular, aunque sea para burlarse de sus usuarios genuinos. Todos podemos y debemos mejorar el dominio de la lengua, que sólo se encuentra completa en la totalidad de su diversidad geográfica, social, estilística e histórica.

Por todo ello, si, cuando se dice que el pueblo canario más llano carece de cultura y de capacidad para pensar por cuenta propia, lo que quiere decirse es que dicho pueblo desconoce la cultura burguesa y es incapaz de pensar por cuenta propia, es verdad que el pueblo canario llano carece de cultura y de capacidad para pensar propia. Pero, si lo que quiere decirse con esta afirmación es que el pueblo canario más humilde es por naturaleza inculto y que carece de capacidad para pensar por sí mismo, entonces la afirmación es falsa, porque el campesino, el pescador, el artesano, etc., canarios (y lo mismo puede decirse de los campesinos, los pescadores, los artesanos, etcétera, del resto del mundo), por tener una determinada forma de expresarse, son poseedores de una cultura más o menos compleja y capaces de generar pensamientos propios, siguiendo la lógica o la filosofía que esa forma de expresión implica; es decir, su propia lógica o filosofía, aquella que conviene a sus intereses de clase. El pueblo llano ha pensado profundamente en las cuestiones que le atañen de cerca, razona acerca de ellas y, aunque sus conclusiones generalmente difieran de las de la burguesía, no por ello son menos coherentes que las de esta.

Por tanto, el habla canaria no convierte a sus hablantes en personas incultas, sino todo lo contrario: los convierte en personas cultas, porque los dota del conocimiento necesario para pensar de una determinada manera y desenvolverse en su medio natural; de una tradición cultural propia, que suelen manejar con una seguridad pasmosa. Por eso, no le faltaba razón al Mairena de Machado cuando afirmaba que ni siquiera los saberes universitarios, tan soberbios y desdeñosos ellos con todo lo que proceda del mundo no académico, pueden competir con los saberes populares verdaderos. Y, si se observa la realidad circundante con atención, se comprueba cuán atinado andaba nuestro socrático personaje de ficción. De ahí que afirmara don Miguel de Unamuno, en la misma línea que Machado, con ese estilo paradójico que lo caracteriza, que no era la universidad la que debía enseñar a hablar al pueblo, sino el pueblo el que debía enseñar a hablar a la universidad.

Según lo dicho, tan culto es el español popular de Canarias como el llamado “español culto” o “español estándar”, del que también participa la sociedad canaria letrada. Sólo es inculta la gente que no conoce bien su cultura, sea popular o burguesa. Por eso, personas incultas las hay en todas las clases sociales, en las clases populares, en las clases medias y en las clases altas; y no sé si más en estas que en aquellas. Porque, como todo el mundo sabe, en las clases medias no está sólo el llamado “hombre culto”, el verdaderamente “dotado de calidades que provienen de su cultura burguesa”, sino que tenemos también muchos individuos incultos, desconocedores incluso de la cultura de su clase. ¿Habrá persona más ignorante que ese burgués bronco siempre encorbatado que se pasa la vida hablando de billetes y dando estacazos al que no piensa como él? Ese burgués frívolo e intransigente es incluso más ignaro que los ignaros de las clases populares. Los desheredados de la fortuna hasta en la ignorancia suelen ser humildes.

Y, si de moral se trata, no es fácil determinar quiénes de “los que viven por sus manos” y “los ricos”, como dice el poeta, la tienen más menguada. Porque, mientras que muchos de “los ricos” suelen vivir exprimiendo a los demás, incluso al Estado, con sinecuras y mamandurrias, “los que viven por sus manos” se procuran el sustento por sí mismos, en lucha denodada con el azaroso medio en que Dios ha tenido a bien o a mal colocarlos. Siempre me impresionó el semblante impertérrito con que, antes de romper el alba, casi desnudos, se echaban a la caprichosa mar, en frágiles cáscaras de nueces, los pescadores de mi tierra, para intentar arrancar a ese titán de fuerza cósmica, temible hasta cuando está en calma, algún “bicho” o “bicharraco” con que alimentar a la familia. Unas veces se apañaba algo; otras, nada. Ni siquiera así se descomponían estos hombres de sangre de sal y alma misteriosa, como las profundidades de la mar, pues, como dicen ellos mismos con resignación cristiana, “Marineros somos y en la mar andamos”. En la mar, de aguas movedizas, no en la tierra firme, donde andar es muy fácil. La pobreza y la desgracia son como la vejez, que sólo la resignación las hacen llevaderas. “Los que viven por sus manos” se mantienen de lo que logran birlar a duras penas a la naturaleza; muchos de “los ricos” viven de lo que logran birlar a los demás. De eso depende la ética de cada cual. “Raspad el barniz al hombre culto -escribió Unamuno en su etapa de exacerbación socialista-, quitadle del cuerpo desde la levita hasta la fina almilla de hilo crudo del alma, desde las haches ortográficas antes los preceptos pomposos de la moral convencional, y os encontraréis con el salvaje al desnudo, con el bárbaro que sólo respira los instintos más brutales de la primitiva y desenfrenada lucha por la vida”.

Es evidente, por tanto, que el habla de los campesinos y los pescadores canarios, como la de los campesinos y los pescadores del resto del mundo, no son degeneraciones de nada, sino formas particulares de organizar la experiencia, significarla y relacionarse con el medio, como, por otra parte, han sostenido siempre los antropólogos y etnólogos de la modernidad, como Sir James George Frazer, Bronislaw Malinowski, Claude Lévi-Strauss y Marvin Harris, por citar sólo los más afamados de ellos.

Y, como se trata de formas de organizar y significar la experiencia, su represión o exterminio, como ha propugnado siempre la política lingüística oficial de los Estados, en nombre de una mal entendida unidad de la nación, constituye una verdadera inmoralidad. “La función de la Dialectología debe ser detectar errores para erradicarlos”, decía un, con razón afamado, catedrático de Lengua española. Pero no es reprimir y eliminar las hablas populares lo que hay que hacer, sino protegerlas y promocionarlas. Toda palabra, por muy humilde que sea, tiene derecho a la vida. A los pueblos no se les pueden quitar sus palabras, porque, si a los pueblos se les quitan sus palabras, ocurren dos cosas muy graves.

Lo primero que ocurre es que se les desarraiga de su tradición y quedan como barcos a la deriva en el maremágnum de la historia. Es lo que ha sucedido con la gente de muchos pueblos tradicionales de Canarias y de otras partes del mundo, que de la noche a la mañana se han visto convertidos en adefesios para turistas; y con muchas familias campesinas instalada en los suburbios o polígonos de las grandes ciudades, obligadas todas a romper violentamente con sus tradiciones lingüísticas y culturales más ancestrales. Una de las consecuencias no menor de esta ruptura brusca con la tradición ha sido que, ante la falta de expectativas labores, culturas y sociales, parte de sus jóvenes, es decir, de su futuro, haya terminado cayendo en el siniestro mundo de las drogas y la delincuencia.

Y, en segundo lugar, si se destruyen las palabras del pueblo, se destruye la experiencia y el conocimiento de siglos e incluso milenios que esas palabras llevan archivadas en su memoria, una experiencia y un conocimiento que forman parte del patrimonio cultural y lingüístico de la especie humana, porque, incluso lo grande, tiene origen humilde. Por eso son las palabras del pueblo el sustrato de la civilización, en muchos casos, testigos o huellas de cosas y hazañas desaparecidas para siempre. No se olvide que las palabras, aparentemente tan débiles, porque su parte más manifiesta es un soplo, son más resistentes al paso del tiempo que las cosas, los hombres y las instituciones. “Las cosas se van; quedan las palabras, sus almas. Y revolotean en torno de nuestro espíritu, ánimas en pena, buscando cosas, cuerpos en que volver a encarnar”, nos dice poéticamente don Miguel de Unamuno. De las grandes excavaciones que practicaban en la tierra los primeros hispanocanarios para recoger agua de lluvia sólo conservamos ya, confinada en las páginas de los diccionarios de canarismos, de los cementerios de las palabras canarias, la vieja voz mareta, que había llegado desde la remota Francia para designarlas desde principios del siglo XV. 

En sí mismas y por sí mismas, las palabras populares no constituyen ningún atentado contra la unidad del idioma, como se ha solido creer tradicionalmente. Lo que constituye un verdadero atentado contra la unidad del idioma es lo contrario: impedir el reconocimiento y desarrollo de estas palabras y condenarlas al ostracismo en los reducidos ámbitos de uso en que nacieron. Sólo permitiendo su circulación, dándolas a conocer fuera de sus fronteras, para que se conviertan en patrimonio de todos, dejarán de ser las palabras populares un peligro para la unidad de la lengua. En efecto, encerrar los dialectos en sí mismos, impidiendo la comunicación con los demás dialectos hermanos, podrían convertirlos en, como dice Bello, “una multitud de dialectos irregulares, licenciosos, bárbaros; embriones de idiomas futuros, que durante una larga elaboración reproducirían en América lo que fue Europa en el tenebroso período de la corrupción del latín. Chile, Perú, Buenos Aires, Méjico, hablarían cada uno su lengua, o, por mejor decir, varias lenguas, como sucede en España, Italia y Francia, donde dominan ciertos idiomas provinciales, pero viven a su lado otros varios, oponiendo estorbo a la difusión de las luces, a la ejecución de las leyes, a la administración del Estado, a la unidad nacional”.

Esto que afirma Bello es la pura verdad. Y, para evitarlo, los dialectos de una lengua tienen que convivir para interinfluirse, porque una unidad sana del idioma sólo puede conseguirse con la lucha civil entre sus dialectos, intentando cada uno de ellos seducir a los demás con sus propias creaciones; no mediante imposiciones o represiones académicas, institucionales o políticas de una sola norma. La unidad de la lengua sólo es posible compartiendo la evolución, sí; pero la evolución sólo será aceptada si todos los hablantes se sienten con derecho a participar activamente en su desarrollo.