¿Para qué podrían servir las universidades públicas (y su publicidad)?
Tengo un amigo que, cuando va a un restaurante, nunca pide las sugerencias del día ni los “fuera de carta”. Tiene la teoría de que como no ves el precio, el camarero intenta venderte lo que es mejor para el restaurante (los platos más caros, o los que necesitan sacar antes de que caduquen) y no lo que es mejor para el cliente. Quizá por ser su amigo, cuando me ha tocado ir a “vender” alguno de los títulos de la universidad pública en que trabajo siempre he empezado diciendo que, precisamente porque trabajo en una universidad pública, no vengo a venderte nada, no lo necesito. Les pido a las personas asistentes que me cuenten cuáles son sus sueños, sus objetivos vitales, y si creo que alguno de los títulos les puede ayudar a conseguirlos, se los recomiendo. Pero mi sueldo no depende de que mucha gente “compre” mi título.
En estos tiempos en que los jóvenes están decidiendo qué estudiar nuestras marquesinas, guaguas, periódicos y otros múltiples soportes publicitarios se llenan de anuncios que podrían resumirse en una línea: “Compra mi título y podrás tener la vida de tus sueños”. Lo que muchas instituciones de educación superior venden a los jóvenes es la ilusión de que su vida futura será como en el presente les gustaría que fuere. Ahora bien, ¿no puede haber aquí un conflicto de intereses? Cuando voy al médico quiero que se me recomiende el fármaco o tratamiento que mejor me vaya, no aquél por el que cobra comisión quien me lo está recomendando. Por eso estoy convencido de que la publicidad (y la función) de las universidades públicas debería ser distinta a la de las privadas. No sé por qué las universidades públicas han aceptado jugar el partido en cancha contraria. Si el debate se plantea en términos de cercanía a las demandas “reales” de las empresas no sé si tiene mucho sentido. Si vas a estudiar ADE, quien te dará clase de “Organización de empresas” en una universidad pública será en más casos un académico con un amplio conocimiento de las investigaciones acerca de la organización de empresas que no un empresario de mucho éxito organizando empresas, y esto será aún más probable que pase en una universidad pública, cuyo profesorado ha de tener un currículum investigador potente, que en una universidad privada. Ahora bien, como la mayoría de universidades privadas son empresas tienen el incentivo de venderte sus productos (grados, másteres), independientemente de que eso sea lo que necesitas o no. Y sólo digo que existe el incentivo para que se comporten así, no que efectivamente lo hagan.
Al igual que la mayoría de sanitarios, trabajadores sociales, de la justicia o de la educación, yo soy un empleado público. A mí no me pagan para “vender” nada, sino para ofrecer a la ciudadanía lo que mejor satisfaga sus necesidades. Y algo que podemos hacer desde lo público es explicar que hay algunos sueños que, como no son más que sueños, quizá no vale la pena hipotecarse por ellos. Como soy sociólogo y tiendo a pensar en términos de estratificación social, diría que la promesa que la publicidad de la educación superior, pública y privada, hace en la actualidad podría resumirse en una contradicción lógica: decirle a la mayoría que puede convertirse en parte de la élite (creo que no hay que tener un título en Sociología para entender que, por definición, la mayoría no puede convertirse en la élite social). Y este proceso que lleva a muchas personas a perseguir sus sueños se acaba explotando como una oportunidad de negocio por algunas instituciones.
Los estudios en la materia sugieren desde hace mucho que si hace un par de generaciones la educación superior era un ascensor social que permitía a los hijos de las clases desfavorecidas acceder a posiciones sociales de preminencia en la actualidad se trata de un ascensor que con frecuencia se atasca y/o no funciona. Las funciones sociales de la universidad han sido tradicionalmente tres: la formación profesional de carácter avanzado, la investigación y creación de cultura y la aportación al desarrollo de sus sociedades. En los últimos tiempos el debate se ha centrado en la primera, lo que parece favorecer a las universidades privadas. Creo que ya va siendo hora de hablar de las otras dos. Investigar acerca de hasta qué punto la universidad es un ascensor social o no, y transferir ese conocimiento a la sociedad son tareas en las que diría que la universidad pública tiene una considerable ventaja. En una sociedad de consumo buena parte de la publicidad mainstream transmite la idea de que todas las necesidades humanas pueden satisfacerse consumiendo los productos adecuados. Pero no creo que sea esa la función que debería tener la publicidad ni la universidad pública. Creo que no hace falta ser un perro flauta para entender que es necesario cambiar cómo en los últimos años los seres humanos hemos organizado la vida social y económica en este planeta, porque nos lo estamos cargando. Entender que las soluciones que hasta ahora hemos dado a nuestros problemas son contingentes, y que podrían ser otras, es otra forma de decir “desarrollar la capacidad crítica”. Y, aunque no pretendo la exclusividad, creo que las universidades públicas son un excelente ámbito en el que desarrollar esta capacidad. Cosa que será imprescindible hacer si queremos que la vida humana en este planeta siga teniendo futuro.