Turismofobia
Sentir fobia al turismo es la secuela más lógica y elemental que se padece tras sufrir las consecuencias del desarrollo invasivo y extractivo de la industria turística en el planeta y, más en concreto, en Canarias. La evidencia no deja duda alguna; el desarrollo de la industria turística daña de forma irreversible aquellos territorios donde se expande, genera pobreza y desigualdad en las sociedades donde se instala, arrasa con la cultura local y la identidad de los pueblos, contamina el medio ambiente, extermina la posibilidad de plantear una vida digna a los habitantes del lugar en donde se expande y pone en serias dificultades la existencia de un mundo habitable en términos temporales cada vez más cortos. Lo distópico sería no tener aversión al turismo.
Es incuestionable que el capitalismo, basado en un crecimiento ilimitado a costa del uso de los recursos de un planeta finito, es la causa y origen del exterminio de la vida tal y como la hemos conocido. Por tanto, sostener esta economía suicida, que ya está mostrando su capacidad mortal, es contribuir a empeorar los perversos efectos del sistema económico que impera. Mientras no enfrentemos el cambio del más por el mejor, mientras sigamos transformando a los ciudadanos en consumidores, mientras sigamos dejando la gestión de lo público en manos del mercado de la bolsa, mientras sigamos siendo vasallos de industrias como la turística y la de la construcción, seguiremos siendo incapaces de identificar que es el turismo el que vive de nosotros y de nuestra tierra.
Entiendo la dificultad de reconocer abiertamente un rechazo firme al turismo, no es fácil desaprender cuando se ha asimilado colectivamente que “vivimos del turismo”, y que si no fuera por el maná de las sandalias con calcetines volveríamos a pasar hambre y sed. Rechazar lo aprehendido culturalmente desde siempre supone un esfuerzo de madurez e independencia difícil de alcanzar y sostener cuando no se tienen las herramientas, los medios o la fortaleza necesaria para nadar contra corriente. Pero cuando es la vida la que se ve directa e irremediablemente dañada por la economía, empeñarse en mantener un sistema económico suicida no sólo es irracional sino antinatural, por lo que el bucle se convierte en patológico.
Espero que se entienda bien lo que estoy intentando expresar, sin ambages ni rodeos y siendo plenamente consciente del revolcón reaccionario que sin duda llegará: afirmo que estamos en una sociedad enferma cuando no se defiende de prácticas y actividades suicidas basadas en un crecimiento ilimitado, y entre ellas, destacan notablemente la actividad turística y la de la construcción. La economía entendida como desarrollo ilimitado es mortal por necesidad.
Nos distraen con los síntomas ante la falta de voluntad política de enfrentar la causa de la enfermedad. La culpa no es del clima por mucho que nos entretengan con las llamadas eufemísticamente “olas de calor”, la causa es nuestro modelo de vida capitalista y su efecto es el cambio climático. Y no es el clima el único efecto perjudicial de esta economía, es la contaminación del agua, el aire y la tierra, es la sexta extinción de las especies, es la crisis de las materias primas, es la crisis democrática y es la crisis humanitaria. Es lo que los expertos llaman “tormenta perfecta” y que, lejos de la opinión generalizada, es previsible y, por tanto, se puede prevenir.
Evidentemente la responsabilidad de mantener un sistema que nos lleva a una crisis civilizatoria no puede repartirse en términos equitativos entre la población, los partidos y los dirigentes económicos. Es cierto que la izquierda no avanza al ritmo que la urgencia requiere, pero es la política negacionista de los partidos de extrema derecha la gran mentira tóxica (PP, Vox y todos los que se apunten a brutos).
La desigualdad crece al mismo ritmo que la frustración alimenta el fascismo, las políticas de la derecha desarman la democracia a cambio de una caña en la Plaza Mayor, algo tan antiguo como el pan y el circo mientras Nerón quemaba Roma. La riqueza se acumula en manos de una escasa minoría que ordena y manda a las marionetas que se presentan a las elecciones. Trump niega el cambio climático, pero no ha hecho otra cosa que usar el poder de ser presidente de EE.UU. para acaparar recursos en sus manos, las de su familia y en las de sus correligionarios. Yo diría que no sólo conoce las consecuencias del capitalismo obsceno, sino que se prepara para escapar de los efectos mortales del sistema que alimenta.
En la escala local ocurre lo mismo, cobardes y traidores vestidos de grandes empresarios de la construcción y del turismo niegan a voz en grito el cambio climático, se resisten a dejar que la gallina de los huevos de oro muera en paz, pero bien que acaparan recursos para sobrevivir. Extraen recursos de las islas mientras se construyen sus cuarteles del norte, invierten su capital en otros lugares del planeta, ellos sí diversifican su economía, adquieren refugios climáticos donde pretenden garantizar su supervivencia... en fin, que para aprovecharse del capitalismo de amiguetes, los primeros, para huir de la isla cuando empiece la sed y el hambre, también los primeros.
¿Ves a los adalides del desarrollo en pleno brote psicótico cuando subimos del 95% de ocupación o superamos algún récord turístico? Es la histeria de los matarifes. Y luego se extrañan de que mostremos cierta aversión a la fiesta de la matanza.
Cuando la humanidad desborda los límites biofísicos del planeta, falta planeta. El genocidio palestino es tan caro en estos tiempos como lo fueron en su día las balas para los nazis. No había bala para tanto exterminio, así se inventaron las cámaras de gas, rebajas en la muerte masiva. Ahora todos alimentamos la IA con un entretenimiento que regala nuestros datos a la mayor arma de destrucción masiva creada hasta la fecha. Exterminio barato y masivo. Sobran humanos, faltan recursos. Planeta Palestina.
La política económica, social y territorial del Gobierno de Canarias no va a ser inocua ni puede quedar impune. Si distingues entre territorio y suelo no te costará relacionar la Dana de Valencia, los incendios de la península y las inundaciones de este invierno con la nueva ley que da carta de naturaleza al urbanismo del promotor. La línea de puntos dibuja un drama. Una auténtica catástrofe sí, pero previsible, y que se puede prevenir.
Practicar una actividad que no sólo es contraria al bienestar social sino tremendamente peligrosa para la humanidad hasta el punto de ser un factor determinante en la destrucción de la vida es poco inteligente. Y altamente beneficiosa para los sociópatas que pasean impunes por nuestras calles.
Dime ¿padeces turismofobia?