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La última ocurrencia de Donald Trump

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Si la oferta hecha por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, esta semana, consistente en abonar cinco mil dólares a quienes votaban al Partido Republicano en la próxima convocatoria electoral, para conservar sus mayorías en el Congreso, si eso se consuma o cristaliza, procede concluir una frase simple: Democracia, apaga y vámonos.

Vaya concepto de la democracia que tiene el señor presidente. Cierto que para él todo se compra y todo se vende; pero hombre, no, el sistema está concebido de otra manera y orientado a otras finalidades. Ya Sir Winston Churchill lo señalaba: “La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás”.

Ese ser excéntrico y que calificaríamos de cantinflesco si no fuera porque el gran cómico mejicano Mario Moreno es un personaje muy serio que fue un ejemplo de crítica social para el mundo de habla hispana, se permite mofarse de cuantos han abrazado la causa democrática en el pasado, en el presente y en el futuro. Es decir, que se pasa por el forro de sus caprichos los principios elementales por los que muchísimas personas en todo el mundo han dado sus vidas.

Y diciendo eso, cree que puede manejar a los ciudadanos como marionetas (Ya lo hace, pero bueno, él alegará que está legitimado por las urnas y quienes le ríen las gracias para no comprometerse seguirán cultivando una indolencia mayúscula merecedora de reprobación).

Les ahorramos todas las explicaciones sobre cómo funcionaría ese método del abono a los votantes y cómo comprobar la voluntad de éstos -si es que allí, en USA, el voto sigue siendo secreto- para hacer efectivo el montante de los cinco mil; pero si a otros gobernantes les da por plagiar la idea o se inventan un sucedáneo, se acabó lo que se daba. Sabemos que más de uno argumentará que, en otras latitudes, puede que no muy lejanas, no se ofrece dinero sino, a cambio, otras dádivas u opciones que compensarían (¿compensarían? el valor de un voto cuyo precio, así, quedaría establecido en la cuantía del oferente. Pero eso es indigno y quiebra cualquier ética elemental.

¿Se imaginan a los candidatos, a los partidos y a las coaliciones recaudando para pagar a los (mis) votantes? ¿Se imaginan las colas de acreedores? ¿Eso no es monetizar sin límite y desnaturalizar el proceso? Si ahora, en cualquier lado, se han alcanzado altos niveles de incredulidad y las opciones poco o nada democráticas -esas a las que los derechos sociales y el Estado del bienestar les suena a música terraplanista- viven fases de auge y entusiasmo, con campañas en las que el ‘leit moltiv’ sea pagar por votar, estaríamos ante algo cada vez más palpable: el nuevo desorden mundial.

Confiesen, por lo menos los creyentes, que esto se hunde.

Y no le rían las gracias al gringo.