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La vivienda en el realismo mágico

17 de enero de 2026 11:56 h

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Hubo un tiempo en que a la esquizofrenia se la combatía induciendo un coma insulínico y poniendo al paciente en el límite bajo y mortal de su azúcar en sangre. Susto o muerte. La crisis de la vivienda que existe en Europa, pero con más virulencia en España, obedece a demasiados vectores, tantos que hace ingobernable la situación. El fracaso lleva tiempo presente en el debate. Nuestros gestores compiten para ver quién fracasa más. El problema se hace insuperable desde la mirada de la ortodoxia y la consideración del asunto como un problema del cotidiano portafolio sectorial y social. Hemos de salirnos del plato. Dinamitar el status quo. Pero fue Pascal quien hace varios siglos anunció que todas las desgracias provienen al ser humano por no poder estarse quietos en una habitación. Y eso es lo que hacen los agentes públicos y privados, no hacer lo necesario y estarse inmóviles para que no les ocurra desgracias haciendo que el público desarrolle el talento del sufrimiento.

Se me ocurre que una forma de afrontar tan complejo asunto: induciendo un boom. Salir del cuadro habitual de reproducción simple. Un boom es una fase del ciclo económico que aparece a veces en un contexto de auge y es cierto que suele acabar en recesión. No es esto. Inducirlo sería manejar las condiciones objetivas para que explote un proceso autosostenido según el cual la iniciativa privada y la pública conspiran de forma extraordinaria en la misma dirección. En una forma sorprendente por inhabitual. Los primeros sorprendidos deben ser los que activen el boom.

Actualmente el sector privado sabe que el sector público no puede con este déficit y el sector público se atrinchera en su desconfianza porque piensa que esto no se resuelve por agentes que solo buscan su beneficio. La vivienda es un derecho y la propiedad privada otro. Por eso hay 200.000 viviendas vacías en Canarias y un déficit de 50.000. Es obvio que el mercado no ajusta esta variable que es el número de viviendas que necesitamos. Hemos de cambiar las cosas con osadía y determinación y así, después de lanzar la flecha del boom, conviviremos con un mercado que lo regula todo. Todo menos al mismo mercado.

El futuro es esperanza presente. Algunos responsables públicos se pueden cargar un violín con solo afinarlo y tienen talento para echarlo todo a perder en esta sociedad del cansancio. Por eso imagino inducir un boom donde se cambien ciertas normas del pliego de condiciones. No es burbuja especulativa y no hay tiempo lineal de auge y caída; es un tiempo nuevo y sólo me atrevo a formular condiciones necesarias que acaso no sean suficientes.

En ese nuevo mercado las transmisiones de viviendas construidas o gestionadas e incorporadas con este programa no serán libres porque la vivienda es un activo singular y reformulado.

El suelo no puede ser ni un factor limitativo ni parte del negocio. Se hace necesario reformar el régimen urbanístico del suelo. Un poco de imaginación al poder. Los sumos pontífices del urbanismo, a la excedencia.

Esa vivienda nueva debe ser un valor refugio. Refugio, pero no especulativo. Reforma de la naturaleza jurídica de la vivienda. El objetivo es que los esfuerzos financieros para construir viviendas no contengan riesgos inasumibles. 

La burocracia debe estar lejos de todo esto porque lo hace imposible y crea desconfianza. Reforma de los procedimientos. Creación de un tejido económico privado que se ocupe de la gestión administrativa del proceso. Desde el otorgamiento de la licencia hasta el fin de la obra.

Una política fiscal que acompañe al boom. Permanente ventaja comparativa. En ningún otro sector se pagarían menos impuestos que en vender y en comprar la vivienda habitual.

La alternativa cero también es pasar por el trago del gobierno anterior, el del Pacto de las Flores, que demandó viviendas vacías para su incorporación al parque público de viviendas y recibió la respuesta de ochenta y cinco titulares de viviendas desvencijadas. Tutto nel mondo é burla. Esa es la moraleja de la ópera maestra de Verdi, Falstaff, y del programa de viviendas del Pacto de las Flores, todo en el mundo es broma. Pues casi todo, esto no, porque la vivienda es cosa seria porque marca a fuego a unas generaciones e incluso la calidad de la democracia.

En una novela se pueden verter muchas ficciones que hacen del asunto una gran verdad. Que bueno sería asumir que esta enfermedad no tiene cura con la medicina tradicional sino con peritos de la medicina alternativa. El boom es una suerte de coma insulínico.

Una vieja polémica. ¿Puede la ficción tomar partido y contar hechos verídicos reinterpretándolos como convenga? La respuesta simple -o mejor dicho simplista- es que sí. La literatura, sin ir más lejos, no ha hecho otra cosa a lo largo de su dilatada y por otro lado espléndida vida. Es realismo mágico. Solo hemos de sacudirnos la sensación de irrealidad.