Después de 1,5 millones de dinero público, el mirador de Humboldt sigue sumido en el abandono
En un mismo y legendario enclave de La Orotava, al Norte de Tenerife, se ubica uno de los miradores más famosos, polémicos y del que más se ha escrito de Canarias. En la ladera de la Cuesta de la Villa (la de Tamaide), justo debajo de la mítica cueva del guanche Bencomo, un botánico alemán (prusiano entonces) dejó sellado su nombre para siempre, aunque el famoso “descubrimiento” de Alexander von Humboldt del Jardín de las Hespérides que le pareció el Valle con el Teide al fondo en 1799 se produjo más arriba.
Desde hace casi veinte años, este rinconcito muy querido por los orotavenses, creado como mirador a mediados del siglo XX, situado precisamente encima de la victoria ecologista que sigue representando el paraje protegido y agrícola de El Rincón, muestra un estado impropio de semejante historia, tras una polémica reforma de 1,5 millones de hace ya dos decenios (hoy sería mucho más cara) y con un estado de semiabandono y desidia que dice muy poco de las administraciones públicas que impulsaron el cambio.
Antes, este mirador presentaba una placa en una gran piedra con las célebres palabras que Humboldt dedicó al Valle orotavense al extasiarse (la leyenda dice que se arrodilló) con su postal, su vegetación y sus contrastes, al asegurar que nunca antes había visto, “en parte alguna, una imagen tan armónica, tan diversa, tan atrayente por la distribución de verdes y masas rocosas”. El mirador estaba abierto a la carretera general anexa, contaba con muchos árboles y plantas que daban sombra y cierto aire bucólico, bancos para disfrutar del rato y las vistas y, pese a que no siempre estaba en un estado ideal (de hecho, se escribió bastante sobre su abandono), destilaba una atmósfera de autenticidad que perdió por completo con las obras. El fuerte o búnker que se construyó resultó más que criticado desde el principio y sigue chirriando a muchos vecinos o visitantes, pero siempre se justificó por seguridad, para minimizar el ruido de los vehículos y porque en las nuevas instalaciones iban a habilitarse unos negocios (restaurante, tienda…) que compensarían el cambio, luego pretendidamente reconvertido en centro de interpretación científico e histórico que, por supuesto, sigue esperando. Casi pura ensoñación, vaya.
En realidad, por tanto, jamás lo ha hecho, nunca se ha dado esa compensación totalmente. Al revés. El mirador está abierto, es visitado por esporádicos turistas (a veces en grupos grandes que llegan en guaguas) o por residentes y, sí, muestra la aún espléndida (pese a tanto, más que excesivo hormigón) estampa del Valle, bien con un majestuoso sol y con el Teide, la cordillera y el Atlántico impactantes, o con la más habitual y deprimente panza de burro. Pero del restaurante (que sí lo hubo unos años, pero fracasó y cerró) o del centro de interpretación posterior, nada de nada.
Sí, hay paneles por fuera de los habitáculos de la planta del mirador que explican la figura de Humboldt, lo que dijo y sus viajes a América y medio mundo entre el siglo XVIII y XIX, aparte de la importancia histórica del lugar por la presencia de la cueva de Bencomo. Asimismo, y a diferencia de su estado previo a la más que discutible reforma, sobresale una espectacular escultura del naturalista sentado en el muro que propicia las mejores vistas, junto a algunos de sus instrumentos, aparejos y obras (como Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente o Cosmos). Pero poco más.
La carísima planta baja no sólo permanece inaccesible por el cierre de sus puertas de hierro en las bajadas de ambos lados, sino que sus dependencias, como las de la plataforma superior, se hallan tapiadas con planchas de madera pintadas de negro, en algunos casos caídas o deterioradas y con más de un grafiti desde hace años en las cercanías.
Preguntado por si hay alguna intención de retomar el proyecto del centro de interpretación o el restaurante, el gobierno municipal orotavense (Coalición Canaria) indicó a Canarias Ahora que no a escala local, si bien sí lo contempla el Gobierno regional. No obstante, y tras plantearle lo mismo al área de Patrimonio del Ejecutivo autónomo, no ha habido respuesta desde el pasado lunes. Mientras, el mirador de Humboldt sigue acumulando días, semanas, meses y años en un estado indecente respecto a lo que tanto se anunció a bombo y platillo en su momento, impropio de la figura que le da nombre e indigno tras gastarse 1,5 millones de euros de todos los contribuyentes y cambiarse el lugar mediante un búnker más que contestado.
Una triste transformación que surge por el bicentenario de la visita
Aunque el mirador necesitaba mejoras y, sobre todo, más atención y cariño antes de 1999, por el bicentenario del paso por Tenerife de Humboldt se entendió que convenía más una reconstrucción y una explotación turística digna de las asiduas visitas que recibía. Esa reforma, denominada “integral”, se desarrolló de 1999 a 2005 y la ejecutó el Cabildo de Tenerife con esos 1,5 millones de euros de entonces. Si bien buena parte de las obras concluyeron en ese 2005, la apertura se retrasó hasta 2010 y, por el camino, el sitio ya sufrió vandalismo, defectos estructurales y de construcción; pero, sobre todo, hondas críticas por dar la espalda a la carretera con una pared (se supone que para rebajar el ruido de los vehículos, aunque resulta más que cuestionable su resultado). También creó controversia su reconversión en búnker de discutible estética y formas, que la planta baja acabase como restaurante y la ausencia total de verde en un lugar que homenajea a un naturalista que, haciendo escala en Tenerife para subir al Teide en su expedición científica hacia América junto a Aimé Bonpland, se extasió con el Valle orotavense y su riqueza vegetal. Un viaje clave para asentar su teoría sobre los pisos de vegetación, determinante luego en botánica, geología y geografía.
En diciembre de 2010 se inaugura como punto turístico revalorizado y un restaurante y tienda de recuerdos como atractivos añadidos, pero esta etapa supuestamente de esplendor apenas dura cuatro años. Y de esplendor más bien poco, pues en ese 2010 el Ayuntamiento villero renegoció el contrato con la empresa Teidesoft (especializada en informática, pero muy poco en turismo y restauración, pese a asumir el mirador desde 2006) y se fijó una duración de 30 años, con cinco de carencia, y una cuota mensual de 1.500 euros por la cafetería, el restaurante, la tienda y la terraza. Un dinero a abonar desde 2015, pero que nunca se pagó, con lo que el consistorio jamás vio ninguna compensación económica.
Los problemas en la gestión de la empresa derivaron también en un pleito laboral judicializado y la justicia acabó decretando el cierre obligado del negocio en julio de 2014. Desde entonces, la desidia ha sido la tónica, pese a los anuncios de habilitación de un centro de interpretación que incluyera también la anexa cueva de Bencomo y de un nuevo proceso para un concurso público.
Lejos queda aquel rincón bucólico y verde con vistas a un Valle que impresionó a uno de los naturalistas más relevantes de la historia, ahora homenajeado con una bella escultura que, eso sí, echa de menos los árboles cercanos. Un botánico que difícilmente quedaría tan impactado por las vistas actuales, quizás con la excepción del Teide, la cordillera, el siempre marcador Atlántico y los dos millones de metros cuadrados agrícolas protegidos de El Rincón gracias a la lucha de unos románticos (de la coordinadora y otros) muy criticados e incomprendidos por muchos, pero posiblemente los más dignos herederos de un prusiano que dio nombre a uno de los miradores canarios de los que más se ha escrito… Y lo que queda, por lo que parece.