Rubén Pérez Díaz: “Se va a necesitar mucha ciberjusticia para perseguir a la ciberdelincuencia”

Rubén Pérez ha debutado en el mundo de la narración con “El Alogoritmo” , que se plantea para el lector como un desafío sobre el mundo hiperconectado en el que poco a poco nos vamos introduciendo. Si usted quiere leer una novela de ciencia-ficción que le evada de la realidad, compre “El Algoritmo”, pero debemos advertirle de que no le va a dejar indiferente, que le hará cuestionarse comportamientos.

En la conversación con Rubén Pérez surgen de inmediato preguntas sobre el futuro que nos espera. El autor de “El Algoritmo” no se deja nada en sus respuestas. La conversación acaba con la duda de si debo tirar el teléfono móvil en el primer contenedor que me encuentre. Lo irónico del asunto es que en el fondo sabes que no lo harás.

Publicado por Amazón, se puede adquirir en formatos kindle y tapa blanda. Igualmente se puede adquirir en las librerías Lemus y Agapea.

La ciencia-ficción pasado el tiempo va teniendo poco de ficción. ¿Siente temor a que vayamos a un mundo como el que usted describe en “El Algoritmo”?

“No tanto temor, pero si me da un poco de vértigo saber que nos estamos adentrando a pasos agigantados en nueva era para el ser humano, en la que la inteligencia artificial tendrá muchísima relevancia en nuestra vida laboral y personal. Una inteligencia artificial que además ha sido construida indirectamente y en gran medida por todos nosotros, pues ha sido y está siendo ‘entrenada’ por los datos de movimiento, sentimientos, intereses, de salud, finanzas, recuerdos, etc. que le hemos ido regalando durante tantos años a empresas tecnológicas como Facebook, Google, Amazon, Tinder o Uber. Lo único que he pretendido con mi novela es alertar a los lectores de hacia dónde podría llevarnos esta fiebre del Big Data, en la que los datos son y serán el alimento de los algoritmos que tomarán el control sobre muchas de nuestras decisiones en nuestro día a día, decisiones que serán tomadas por máquinas porque han sido entrenadas para ello mediante modelos matemáticos cuyo objetivo es reducir el riesgo al mínimo. Y sin riesgo ya sabe...no hay aventura”.

En el mundo de hoy en día parece imposible vivir sin estar conectado, pero eso deja un rastro que nos delata. ¿Dónde está la frontera entre lo público y lo privado? 

“Un abogado o un juez respondería, con la ley en la mano, que esa frontera está delimitada en un estado de derecho mediante la ley de protección de datos, el derecho a la intimidad, el derecho a la imagen, etc. Aun así, la justicia está siendo desafiada con tecnologías de inteligencia artificial tan vanguardistas y cambiantes que deberá recurrir a la propia inteligencia artificial para discernir, por ejemplo, si un video de una persona suplantada digitalmente difamando a otra en redes sociales es verdadero o falso. Los bulos, por ejemplo, son cada vez más sofisticados pues usan la imagen y la voz de alguien a quien se la han expropiado digitalmente para hacer un uso indebido de ellas. De esta manera, se crearán algoritmos que sirvan para descifrar algoritmos usados para delinquir. Se va a necesitar mucha ciberjusticia para perseguir a la ciberdelincuencia”.

¿Es imposible poner fronteras?

“La frontera estará en saber distinguir lo real de lo artificial y para ello habrá que diseñar un estado de derecho reglado mediante leyes que se redacten con líneas de código más que mediante líneas de texto. En el escenario geopolítico actual, en el que el dato es oro, China ha podido construir los modelos de inteligencia artificial más avanzados a cambio de privar a los ciudadanos de su intimidad, EEUU aspira a llegar a ese nivel y Europa, en cambio, está optando por priorizar la protección del derecho a la privacidad de sus ciudadanos a cambio --como reclaman muchas tecnológicas europeas-- de quedarnos rezagados en la carrera de la inteligencia artificial. El equilibrio entre evolución y privacidad es complicado”.

¿Es todo esto una nueva forma de alienación?

“Podría llegar a serlo. A la hora de componer mi novela el editor nuevo de Word me avisaba, en tiempo casi real, si lo que escribía estaba siendo políticamente correcto o si estaría hiriendo la sensibilidad de ciertas comunidades. De hecho, en una frase me refería a los estadounidenses como americanos y el algoritmo del Word me advirtió que los americanos de otros países se podrían ofender. Esta tecnología de análisis de sentimiento entrenada por humanos mediante miles y miles de textos, usada también por las redes sociales para detectar comentarios nocivos, es un ejemplo de cómo se podría llegar a coartar la libertad de expresión si fuera usada de forma masiva como ocurre en China o inducirte a expresarte de otra manera. Si los humanos se van a mover en entornos cada vez más digitales es prudente mencionar que el entorno puede ser controlable a base de clic. Las empresas tecnológicas tienen tanto poder basado en el dato que son ellas las que están definiendo los límites de la libertad digital, aún a pesar de que esos límites puedan estar sesgados por prejuicios de quienes desarrollan dichas tecnologías”. 

¿Realmente podemos acabar con un chip en la cabeza?

“Ya tenemos un chip en nuestras manos y no tiene pinta, observando el comportamiento de las generaciones venideras, que estemos dispuestos a que nos lo quiten. El móvil es el ‘tatuaje’ digital de los jóvenes. Que el chip pase de la mano a la cabeza será cuestión del valor que oferte la tecnológica de turno o de que las democracias, agotadas de perseguir las sombras de la ciberdelicuencia internacional, acaben por cerrar fronteras digitales entorno a sus ciudadanos para protegerlos, vendiéndoles la idea de que la única forma factible de moverse de igual forma entre el territorio digital y el terrenal sea mediante un único identificador que sirva de puente entre ambos mundos. Los nacionalismos digitales están al acecho y de diversas formas, como el caso de la residencia digital de Estonia o el proyecto de GaiaX de la UE. La realidad es que diseñar y poner en marcha la identidad digital está siendo un reto enorme para los países. En el caso del Reino Unido se está elaborando un borrador muy interesante en el que destripan la identidad de una persona en muchos atributos (huella táctil, firma, cuenta bancaria, nif, fotos, etc.) custodiados y validados por instituciones, empresas y ciudadanos con los que poder demostrar mediante combinaciones puntuables la certeza de que tú eres tú cuando realizas alguna compra o venta o la realizan en nombre tuyo”.

Desde hace un tiempo asistimos a una guerra entre profesionales por el control de la información: periodistas, community managers, expertos en marketing y programadores informáticos. ¿Quién va a ganar?

“La información son datos y como tales, todos parece que están subrogados a la cultura actual del Big Data para sobrevivir al mercado. Si a todos los miden con métricas de conversión de clientes quiere decir que todos persiguen los mismos objetivos. Como los canales de distribución de la información son los mismos para unos que para otros, la guerra se ha centrado en cómo acaparar la atención del usuario, da igual al precio que sea. Y creo que no debería ser así porque hay un lugar para todo. Está en las manos de los periodistas saber abstraerse de la industria de la atención que nos rodea y buscar temas complejos que afecten a la sociedad, destriparlos, analizarlos y presentarlos de forma entendible para crear conciencia de lo qué sucede y porqué sucede. Hoy, más que nunca, debemos apremiar a los profesionales que saben indagar, cuestionar y analizar los asuntos más complejos de nuestra sociedad”.

¿Las nuevas tecnologías acabarán con la palabra escrita?

“Elon Musk podría responder a esta pregunta pues está experimentando con la comunicación no verbal entre el cerebro real y el digital. Lo que sí creo es que el lenguaje escrito relacionado con procesos tenderá a codificarse para que sea entendido por las máquinas. En Nueva Zelanda ya existe un proyecto denominado ”Law as code“, mediante el cual están explorando la posibilidad de que las normativas no sean redactadas sino codificadas. De esta manera, por ejemplo, un software de diseño de arquitectura se podría conectar con la base de datos urbanística del Ayuntamiento de La Laguna para delimitar automáticamente el campo de actuación de un arquitecto que quiera proyectar una vivienda en el municipio”. 

¿Las máquinas podrán sustituir al hombre en lo que a escritura se refiere?

 “Las máquinas ya escriben noticias de forma automática y son capaces de hacer resúmenes de libros enteros. El arte también está en manos de los algoritmos. La red neuronal DALL E (https://www.openai.com/), por ejemplo, permite crear imágenes desde un texto. Es decir, le dices a la máquina que quieres un sofá con forma de aguacate y la máquina te lo pinta. Si las máquinas acabaran por sustituirnos laboralmente, lo único que deseo es que nos proporcionen un retiro feliz”.