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Déjame corromperte un poquito

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Vino empalagado de sí mismo, árbitro de la elegancia y presidente confiado de la próxima legislatura. Desde el primer momento decidí callarme, postrarme ante su arrolladora arrogancia. Me concedió tres oportunidades: a) que le apoyara en un Gobierno en minoría, y conmigo fuera; b) que aceptase ser su vicepresidente y con varias carteras para los míos; y c) que nombráramos a un grupo de independientes… En todos los casos, claro, hablaba de un Ejecutivo encabezado por su augusta persona. Parecía uno de esos políticos que convierten todo lo que dicen en ventaja para sí, pero sólo lo parecía: a mil leguas se le notaba inexperto. Su porte altanero disfrazaba una inseguridad rugiente. Su manera de hablarme, como si yo fuese un ser menor, mostraba un desconocimiento profundo del terreno que pisaba. En fin, para qué cansarte, el calendario político que se nos viene encima sin pedir permiso nos trajo a este archivista tan cerca cerquita del éxito, o sea, de la mayoría absoluta, que será para mí, en el nombre de todos, un placer enviarle a la desesperada Oposición en la que habitan los que creen haber nacido con derecho de pernada. Le hice un favor. Sólo le dije: tal vez tengas una ocasión si le pides perdón a Tenerife por lo de Las Teresitas. Noté una sonrisita torciéndose en su boca querubín. Pero, hombre, cómo me reclamas eso, si sabes perfectamente que una cosa es la independencia judicial y otra las acciones de los políticos… Yo también sonreí. ¿Has leído el maravilloso Ferdydurke de Gombrowicz, la gran novela polaca del siglo pasado? Matamos al inconsolable joven corrompiéndole con la madurez y yo, en ese instante, jugaba el papel de un perverso Mefistófeles que le ofrece al joven Fausto hacerse viejo. Lo probé: impulsa nuestro Estatuto, mira hacia otro lado, permítenos airear un precioso discurso victimista. Y pide perdón. Defórmate, contorsiona la honradez intelectual que pregonas, aprende que en Canarias para alcanzar el poder hay que ensuciarse, que no se puede trabajar por la patria con esa melena de Tarzán. Y no puedes ir de blue jeans ni de heredero de la utopía. Sin decírselo se lo dije: déjame salvarte de tu lenguaje impotente y de tus ideas adolescentes; serás un cobarde ideológico si no niegas lo que piensas; aquello que te libera es lo que te ata a la tierra y al desierto. Déjame corromperte un tantito y serás una virgen a medias. Bien. No está mal para ser la primera vez. Piensa en mi oferta, le dije; esta puerta no es, como la bíblica, estrecha. Seguro que no me entendió, abstraído como está en su gloria y en su limpieza divina. Pero disfruté. Fue como si lo maldijera. O entras por el aro o serás sombra en el platónico panteón de los Políticos Canarios de Futuro Indiscutible. Verás: pienso en Juan Carlos Alemán. Cuánta razón tiene. ¿De qué vale ganar por 26 si luego no gobiernas? ¿No hubiese sido mejor perder con 20 y ser mi compañero de cama?... ¡El infeliz abandonado en un asilo de idiotas reclamaba para sí los derechos que las matemáticas no le otorgan! Así son las cosas: con cualquiera de los dos, con Alemán o con Saavedra, habríamos pactado si nos hubieran garantizado sofocar la inseguridad reinante, atenuar la violencia, retirar los chanchullos judiciales de los escenarios políticos, enviar, si se ponían pesados, a un “floreal” a la cárcel pero salvaguardar lealmente todo lo demás. Ah, ya, es que estamos locos. Es que enfrentarse a Madrid es un acto de locura. Es que se nos va a caer el pelo, habrá pleitismo hormonal como nunca, y Sansón acabará por derribar las columnas de los filisteos. ¿Tenía verdaderamente elección? ¿Debía darle la espada afilada a quien pretende gobernar con la furia del integrismo de los santos, aprovecharse de su privilegiada posición para fundar sus propias reglas y con ellas fustigarnos hasta hacernos desaparecer? ¿Iba a ser yo quien le implantase las manos al ratero, el hacha al asesino, el aparato genital al violador de nuestras mujeres? Hoy por hoy no está maduro. Fausto no vende su alma. Es lo que yo me digo: después de la primera muerte, las que siguen son fáciles… Si lo que busca es un asalto no se lo pondré fácil. No, señor. Si usted quiere quitarme mi impunidad venga a buscarme, encuéntreme, dispáreme entre ceja y ceja, y asegúrese de que estoy bien muerto. En caso contrario, igual el que las pasa putísimas es el niño edulcorado, nuestro juez en La Tierra, puñalito de Torquemada. Lamento, José Carlos, que te lo hayas perdido. Su prepotencia, tal como me avisaste, rebasó los límites de la reflexión. Para niño soberbio, insoportable y, sin embargo, entregadísimo a las exquisiteces del reparto, nos basta con Soria.

Francisco J. Chavanel

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