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Violencia e inseguridad

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Todavía estamos sorprendidos por la desaparición, en el barrio de Guanarteme, del matrimonio formado por Antonio Quesada y Ana María Artiles. ¿Qué ha sucedido? Existen cientos de conjeturas ninguna positiva, por cierto. Hemos tenido en estos últimos años unos cuantos secuestros y misteriosas desapariciones, sin resultado alguno. O sea, que cada vez nos sentimos más inseguros.

Puede que la crisis, el desempleo, el abuso del alcohol, o de las drogas, o las consecuencias de vivir en hogares desestructurados. violentos, inaguantables, estén originando una mutación en parte de nuestra sociedad que conducen a crímenes y acciones execrables.

Puede que el dejar que se vayan al limbos esos valores universales que hablan de ética, de moral, de sacrificio, del derecho al trabajo y a una vida digna, de la justicia, de crecer en familias modélicas, de que quienes nos dirigen deben tener un sentido de responsabilidad y de servicio, hayan contaminado las mentes de muchos de los que nos rodean, que andan desorientados, que no saben pensar por si mismos, que son manipulables, que no son capaces de afrontar con valentía y dignidad sus escollos que se presentan en su camino. ¿Podemos quedarnos impasibles ante esta situación?

La semilla que se está sembrando en cientos de niños y de jóvenes no es buena. No puede, por tanto, dar excelentes frutos. Algo está fallando en nuestra sociedad, aparte de los principios morales que, como un valor añadido, deben poseer quienes ostentan el mando y el poder.¿Es siempre así?

La evidencia de los pelotazos, de las mentiras, de los fraudes, del todo vale, del amiguismo descarado, traen se ve reflejada después en una sociedad descreída, desmemoriada, y, a veces, cómplice de quienes hablan de que "hay crisis", pero que a ellos no les afecta, sino a otros, especialmente a los más débiles (económicamente hablando) del tejido social.

Ahora surgen grupos urbanos, especialmente jóvenes, que actúan como Atilas, atacando sin ton ni son a pacíficos ciudadanos, a otros congéneres coetáneos que disfrutan de un día de playa, a vendedores ambulantes que intentan ganarse la vida en un país que en sus sueños africanos, asiáticos, o americanos pensaban que era un paraíso, una tierra de promisión. Frustrados de centros de menores amenazan la tranquilidad de nuestros ciudadanos. Algo está fallando también en esos lugares. Tal vez no los tratan como a seres humanos que necesitan el apoyo y la ayuda de esa sociedad y esas administraciones que tienen la obligación de acogerles como es debido. Tal vez no se utilicen los métodos adecuados, ni el personal necesario para formar a niños, a jóvenes, a personas con problemas de inadaptación, de falta de afectividad, de orientación y de estímulos.

Podría tener una justificación quienes roban para poder comer, porque no cobran subsidios de paro; ni perciben ninguna ayuda para mantener a su familia. Pero no esos que lo hacen para cubrir sus vicios y malos hábitos. Los que delinquen organizadamente, como un oficio más, para obtener un beneficio. Los que penetran en los hogares y roban a probos ciudadanos; los que arrasan fincas particulares, se llevan el producto del trabajo de agricultores o ganaderos. Y me asombra que los que han elaborado una reforma laboral, adecuadísima para que los empresarios actúen a su antojo, dejando indefensa a la clase trabajadora, se propongan ahora ofrecer como una especie de amnistía a los miles de sinvergüenzas y antipatriotas de dedican a cometer delitos fiscales, a promover la economía sumergida y a enviar sus ingresos a paraísos fiscales. Sin olvidar a los que también tienen la especialidad de blanquear dinero, producto de actos delictivos, que también viven entre nosotros.

José M. Balbuena Castellano

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