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El alcalde de Zaragoza dedica una calle al fundador del Opus Dei

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Por una u otra razón, todos los partidos protestaron por la decisión del alcalde, incluso los socialistas que amenazaron, con poco disimulo, con no repetir a Belloch en la candidatura a la alcaldía. Hasta hoy, dedicar esa vía a Escrivá era un empeño personal del alcalde. Argumentó que "a un señor no se le pone una calle por consenso, sino por méritos, y la verdad es que los tiene: ser santo". Ya sabemos el rigor científico con el que se otorga esa consideración en la Iglesia católica, pero a Belloch le basta. Y no es extraño: en las primeras primarias del PSOE llevó al candidato Josep Borrell a rezar ante la Virgen del Pilar porque es una costumbre que él mismo practica.

Miembros del PSOE, del CHA y de IU han recordado la vinculación con el franquismo de Escrivá de Balaguer. Carmen Solano, ex parlamentaria de UCD, va más allá. Tras arremangarse para recoger firmas en contra de la denominación casa por casa, argumenta: "General Sueiro fue un cooperador del franquismo, es mucho más grave la obra de Escrivá: fundó una secta". Solano se lamenta de que el consistorio haya decidido otorgar una calle a Adolfo Suárez en un barrio del extrarradio: la Venta del Olivar.

Hoy Belloch arría velas. Estaría dispuesto a llevar a San José María al Portillo, otra zona noble del corazón de Zaragoza. El Santo no se queda sin calle.

Nunca supimos en Aragón de la ascendencia turolense de Belloch - fuertemente vinculado al País Vasco-, hasta que su declive político -fue Ministro de Justicia, dimitido por la fuga de Roldán- le llevó a buscar un acomodo en la tierra que le vio nacer, primero como senador y luego como candidato a la alcaldía de Zaragoza, cargo que finalmente lograría. Su hito más importante: la Expo del Agua -proyecto al que se sumó-, desarrollada en 2008 con resultados que no respondieron a las expectativas creadas.

Zaragoza tuvo una aceptable presencia en el contexto nacional cuando la vertebración autonómica nos hizo saber a todos los españoles que existían otras tierras además de Madrid y Barcelona. Ahora suena por la Expo, por la polémica decisión de dedicar una calle al fundador del Opus Dei, o por suprimir -en un gesto caciquil- la publicidad institucional a Heraldo de Aragón -el periódico decano- debido a su política informativa contraria a sus intereses. Argumentando como razón la manoseada crisis, testigos atestiguan que el propio alcalde dio la orden por su descontento con la información del Heraldo.

Como Don Guido, aquel personaje de Antonio Machado "de mozo gran jaranero, muy galán y algo torero, de viejo gran rezador", algunas personas no saben envejecer, manteniendo sus ideales, si alguna vez los tuvieron. El poder, con sus bambalinas de flashes y rendevús distorsiona la realidad. Mala mezcla que empobrece, una vez más, la política y, con ella, la democracia.

* Periodista, escritora y articulista de elplural.com

Rosa María Artal*

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