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El día que ardió El Cedro

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El timbre del teléfono -aún el modelo clásico, de disco- sonó muy temprano aquella mañana que despuntaba. Me despertó.

-Compadre, buenos días. Se nos está quemando el Cedro, en La Gomera. Estoy saliendo para allá. ¿Podrías darte prisa y enviarme un camión y los hombres que puedas para allá? Fue la última vez que escuché la voz de Paco Afonso, quien aún no había cumplido dos meses al frente del entonces denominado Gobierno Civil.

-¿Tan grave es la cosa?-, balbuceé todavía somnoliento. Paco lo confirmó, sin entrar en muchos detalles. El problema era la carencia de recursos.

Uno presidía entonces (septiembre, 1984) la Mancomunidad del Valle de La Orotava que disponía de un modesto parque de bomberos, útil para situaciones de emergencia pero a todas luces insuficiente como había quedado de manifiesto en otro incendio forestal ocurrido en los montes de Icod de los Vinos el año anterior.

Llamé en seguida a Jesús Hernández Mesa, el eterno bombero, quien salió raudo hacia Los Cristianos en compañía de José García Expósito, Pepe, para embarcar. No hizo falta repetir las indicaciones, él siempre estaba predispuesto.

Las informaciones que llegaban de La Gomera a través de la radio eran preocupantes pero en ningún momento vislumbramos aquel fatal desenlace, del que tuve primera noticia por Carmelo Martín que hacía el seguimiento desde los estudios de Radio Club Tenerife. Creo recordar que Carmelo, cuando telefoneó para confirmar si sabíamos la suerte del gobernador, se quedó bastante confundido ante mi incredulidad o ante mi ignorancia de los hechos.

Minutos después era Pedro Luis Cobiella quien llamaba al despacho del Ayuntamiento para anunciar lo peor.

A partir de ahí, todo se precipitó: contactos con la Guardia Civil de aquí y de allá, peticiones de información a la desesperada al hospital insular de La Gomera, transmitir la terrible, la durísima información a Félix Real, sucesor de Paco en la alcaldía, a los demás compañeros del Grupo Municipal Socialista... Nadie se lo creía, parecía imposible. Hasta la casa consistorial fueron llegando ciudadanos de toda condición a interesarse por el suceso. Subían las escaleras buscando un testimonio, algo, que les dijera que no era verdad, que se trataba de una confusión, que estaba herido... pero que seguía vivo. La cruda realidad, la confirmación de la muerte de Paco Afonso, sólo alimentaba las lágrimas y las manifestaciones de dolor.

Recuerdo a Loli, ya viuda, cuando llegó, cuando entró en la alcaldía y nos abrazamos entre sollozos.

-Pero, ¿cómo fue?-, se preguntaba reiteradamente mientras compañeras, funcionarias, familiares y numerosas personas trataban de consolarla. Recuerdo a sus cuñados, los hermanos Afonso, visiblemente emocionados.

Aquellas primeras horas fueron tremendas en el Puerto mientras en La Gomera se seguía luchando contra el fuego. Hube de atender telefónicamente a varios periodistas, en tanto que otros que habían acudido al Ayuntamiento movían el dial de la radio constantemente en busca de más noticias. Cuando alguien dijo que había unos veinte muertos, reparé en Jesús y Pepe, los dos bomberos. ¿Qué les habría pasado? En el parque de la Mancomunidad, donde la desazón era evidente, ya sabían que habían sido hospitalizados con quemaduras pero que estaban fuera de peligro. (Hoy confieso que me sentí aliviado, que dí gracias a la divinidad. A fin de cuentas era yo quien había ordenado que acudieran a combatir el siniestro).

A medida que avanzaban las horas, el dolor y la emoción eran incontenibles. El Ayuntamiento era un constante ir y venir de gentes. Alcaldes de otras localidades acudiron a expresar sus condolencias y a ofrecer lo que estuviera a su alcance. Me tocó avanzar en los preparativos del día después. Eligio Hernández, delegado del Gobierno, anticipó las primeras determinaciones sobre el traslado de los cadáveres del gobernador, de Bartolomé (Lito), su secretario, y de Brito, su conductor del parque móvil. También indicó algo el capitán Bonifacio, de la Guardia Civil, con quien Paco Afonso había entablado una sincera amistad durante su destino en el puesto del Puerto a raíz de su ejemplar comportamiento en la noche del 23-F.

La noticia era que los féretros serían trasladados en el primer barco que llegaría a Los Cristianos a eso de las ocho de la mañana. Organizamos de alguna manera el desplazamiento hasta el sur. Se aprovechó para concretar todo el operativo del día siguiente: había coincidencia, corporativa y familiar, en que habría una capilla ardiente en el Ayuntamiento. El tiempo que fuese. Pero también había que estar en la sede del Gobierno Civil. Así se hizo.

Varios concejales, familiares y amigos permanecimos hasta bien entrada la madrugada en la sede del consisorio. Los silencios empezaron a ser más prolongados, sólo interrumpidos por sollozos, por algún timbre telefónico y por alguna pregunta en voz baja.

Antes de retirarnos, repasamos y ultimamos detalles.

En Los Cristianos, durante la espera, leíamos los periódicos. Hay una escena patética: el desembarco de los cadáveres. La emoción se desbordó. Creo recordar algún momento de histeria. Los abrazos se sucedían. Guardia Civil y Policía Local organizaron con diligencia la caravana que ponía rumbo a Santa Cruz de Tenerife. Allí estaba Manolo Barrios, entonces alcalde, con un transmisor coordinando la salida.

Desde la autopista del sur, accedimos a la capital, rumbo al Gobierno Civil. No eran todavía las diez de la mañana y ya había grupos de gente en las aceras. Unos aplaudían y otros se persignaban al paso. En el exterior del palacete de Méndez Núñez se había concentrado un gentío. Cuando bajamos de los coches, pude palpar el llanto humano, el mismo que compartían Jerónimo Saavedra y Augusto Brito, fundidos en un abrazo en un lateral de la primera planta.

Allí, en medio de un calor sofocante, se concentraron autoridades, representaciones, cargos públicos y un montón de anónimos, personas a las que no conocíamos y que expresaban su solidaridad y sus condolencias.

En un momento de sosiego, Eligio Hernández nos comunica que Alfonso Guerra, vicepresidente del Gobierno, y José Barrionuevo, ministro del Interior, viajaban desde Madrid para estar en el sepelio.

Sobre el mediodía, salimos ya hacia el Puerto. Quedaba el trance más difícil. En las calles santacruceras, la gente seguía aglomerándose. El trayecto no se hizo muy largo para la larga caravana. Ya en la ciudad, la multitud en el exterior del Ayuntamiento impresionaba. Al descender el ataúd de Paco Afonso, el dolor invadía cuerpos y mentes. Hubo momentos de desconcierto, de casi no saber qué hacer.

En el salón de plenos, donde tantas sesiones habiá presidido como alcalde apreciado por la población desde abril de 1979, quedó abierta la capilla ardiente. Centenares, miles de personas se acercaban para saludar a la familia, para decir el adiós postrero.

Alfonso Guerra consoló como pudo a Loli González. Diario 16 publicó al día siguiente, en la última página, una elocuente foto de ese momento.

Desde el Ayuntamiento hasta la parroquia de la Peña de Francia. Jamás hubo tanto calor en el templo. El oficio concelebrado fue muy emotivo. A su término, se inició el traslado, a pie, hasta el cementerio. Lentamente, miles de personas acompañaron a Paco hasta su última morada, expresando el afecto que le habían dispensado.

El imprevisible fuego de El Cedro se había cobrado su vida y las de otras diecinueve personas. El luctuoso suceso permanece en la memoria de los canarios. Como jamás se borrarán las últimas palabras que le escuché:

-Compadre, buenos días. Se nos está quemando El Cedro...

Qué premonición, ¿verdad?

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