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El premio Príncipe de Asturias

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Hay gente con méritos de sobra para recibir reconocimiento de sus semejantes, sobre todo cuando los protagonistas estimulan causas como el saber, el conocimiento científico, el arte, la solidaridad, la paz y tantas otras actividades nobles. Nada que oponer, por ejemplo, al Nobel de García Márquez. Mucho que reclamar al Nobel que recibió Henry Kissinger, muy estrambótico porque fue el de la paz. Los atributos mediáticos de Al Gore parecen indiscutibles. No sólo ejerció como vicepresidente de Estados Unidos. Incluso renunció a pelearle la presidencia de Estados Unidos a George Walker Bush, ante las trampas de las urnas a la hora de contar los votos, para así salvar el prestigio de las instituciones norteamericanas. Un patriota, pues. Su gran éxito mundial, Una verdad incómoda, recibió recientemente el Oscar de Hollywood al mejor documental. Paseó por España sus ideas, entre grandes aplausos y reconocimientos al hombre preocupado por el futuro del planeta. Dedicó su esfuerzo más reciente a evitar que el sistema acabe con la sobrevivencia de la humanidad, dicen. A esta hora, según informa el corresponsal de Radio Nacional de España, firma ejemplares de su último trabajo editorial en alguna librería de moda gringa. No consigo acordarme del título de este libro de éxito asegurado. Me informaron que se trata del segundo más vendido por aquellos lares. La progresía española quedó enamorada de Al Gore cuando, además de citar a Machado en aquello de “se hace camino al andar”, criticó al presidente de todos nosotros: “Bush dijo una vez que hay que elegir entre economía y medio ambiente. Pero ésta es una dicotomía falsa. Si no tenemos planeta, no tendremos economía”. Lúcido este hombre de bien y tal. Cuando el presidente del jurado, Leopoldo do Calvo Sotelo, justificó los méritos del galardonado para concederle el premio Príncipe de Asturias de este año, dijo que Al Gore lo merece porque tuvo una aportación “decisiva” al progreso en la solución de los grandes problemas del cambio climático que amenazan al planeta. ¿No me diga? Debo suponer y supongo que Calvo Sotelo olvida convenientemente la gestión de Al Gore como vicepresidente de Estados Unidos en este asunto. Al Gore se negó a firmar el protocolo de Kyoto y en 1999 apoyó el Plan Colombia, que utiliza como método sistemático las fumigaciones aéreas con glifosato (herbicida) contra las plantaciones de coca y los pobres campesinos de aquel país. No responsabilizó jamás como es debido a las trasnacionales gringas y al consumo extravagante de su propio país como causantes principales del cambio climático y los peligros que nos amenazan a todos, ciudadanos estadounidenses incluidos. Aunque, eso sí, aconsejó a las empresas que ganen dinero con las energías limpias. ¿Y si los grandes emprendedores prefieren el negocio de contaminar, por ahora más lucrativo? Cero respuestas. Tampoco condenó, hasta esta hora, la actitud sobre cambio climático de Bush en la cumbre del G-8. Lo dicho, un patriota norteamericano. Y como lo cortés no quita lo valiente, vale añadir que su documental Una verdad incómoda es un trabajo descriptivo excelente.

Rafael Morales

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