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La fiesta de Franceses

Fue como un encuentro en la última fase de nuestra existencia con aquellos que nos acompañaron con su trabajo y su cariño en las primeras vueltas de nuestra vida.

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Fue como un encuentro en la última fase de nuestra existencia con aquellos que nos acompañaron con su trabajo y su cariño en las primeras vueltas de nuestra vida. Fue como volver a ser niños y nos llevaran a visitar a nuestros abuelos, su casa, sus flores, sus árboles frutales, su molino y su viejo pajero con cabras y vacas y todo ese mundo que nos hacía enmudecer de felicidad. Fue como una fiesta de cumpleaños a lo bestia. Como una larga ceremonia de reconciliación a nivel mundial. Fue… Bueno, fue un encuentro de amigos de un lugar en la isla de La Palma llamado Franceses. Un pago de la comarca de Garafía de apenas doscientos habitantes. Allí, desde hace dos años se celebra el 30 de octubre un encuentro de los franceseros y descendientes y de los amigos de los franceseros y sus descendientes. El domingo, en ese lugar especial al norte de la isla, se celebró algo más que una fiesta; mucho más que un encuentro. Fue una idea de lo que puede ser la fraternidad, de cómo debe ser eso de comer juntos, cantar y bailar juntos, mirar las mismas cosas que nos rodean con misericordia y con ternura. Fue reconocernos en el otro como si de uno mismo se tratara; como si fuéramos una gran familia que ha crecido junta, vivido y envejecido junta al amor de la misma lumbre. 

Y todos juntos, comimos, bailamos oímos canciones y asistimos a una misa que se parecía más a una reunión de vecinos en la casa de la palabra que a una ceremonia religiosa empavonada y triste. Había un cura divertido con el ritmo de la caridad a flor de piel; había un muchacho a la guitarra y al piano que cantaba como un arcángel y una muchacha que hacía con su voz las florituras de un ángel recién salido del altar mayor. Había sol y la claridad del amor a determinadas cosas reinventadas por el hermano mayor que decide un día volver a reunirnos para celebrar la vida de todos y de cada uno de nosotros al margen de rencillas, malos modos, desavenencias y correveidiles. Ese hermano mayor es un joven llamado Mauro Castro, por más señas, para que no olvidemos su nombre y sus ganas de hacer posible tales encuentros que van acompañados de exposiciones, memoria, palabras y agradecimientos a quienes nos precedieron y nos dieron el pan y la sal que nos mantiene vivos.  Mauro es joven y tiene una clara resistencia a la muerte y por eso defiende la vida y su multitud de prismas haciendo fotos del mundo que le rodea para luego regalarnos esa mirada de recuperación y melancolía que nos hace sentir parte de la tierra que pisamos, parte de su grandiosa hermosura. No existen palabras para describir lo que ese muchacho, delgaducho y lleno de fuerza y entrega a los demás, me hace sentir al verlo, al saberlo rendido a tales causas, al sentir su abrazo sincero y universal. 

Yo creo en esas cosas. Creo en ese tipo de personas como Mauro y amo esas fiestas donde te sientas al lado de alguien que no conoces y resulta que a lo largo de una conversación, en apariencia intrascendente, resulta que a los postres te encuentras con un pariente, lejano, sí, pero pariente de algún pariente, y le miras el pelo y los ojos y son iguales a los de un hijo tuyo. Son fiestas de guardar dentro de uno, como ir a misa y cantar juntos el aleluya y sentirse arropados por la misma luz; como si de repente abrieran una puerta y entrara por ella todo un barrio con el arroz amarillo de tu infancia, los merengues de la abuela y las galletas doradas de tu tía mayor, la hermana de tu madre a quien has querido más que a nadie. Algo así fue el II Encuentro de Franceseros y Descendientes a la que fui como invitada y de la que salí como una más de la familia.   

Elsa López

La Palma 6 de noviembre de 2016

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