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Exquisita descortesía

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La que se formó no era para menos.

Yo, que nunca me había fijado en lo que se dice en las altas esferas de la política hasta estos últimos días, con motivo de la investidura de Rajoy, en la que se sucedieron situaciones inéditas, como que la izquierda de siempre se abstuviera para que la derecha pudiera gobernar, por simple aburrimiento me asomé a algunos de los discursos que se dijeron en el Congreso.

Lo primero de todo es que tengo que admitir que algunos me sorprendieron gratamente. Nuestra cámara de representantes está compuesta también en un buen porcentaje de gente joven y bien formada, para que aquellos que digan que a los jóvenes no les interesa la política se vayan retractando. Además, para aquellos que habíamos pensado que el Congreso era esa institución donde unos señores mayores enchaquetados y encorbatados hablaban un lenguaje ininteligible para el resto de los oídos nos llegan versiones de diputados de lo más variopintas: coletas, camisas remangadas, suéteres ajustados al pecho cultivado, rastas…

Pues bien, me llamaron la atención sobre todo los discursos pronunciados por Pablo Iglesias el día de la primera votación y por Gabriel Rufián el día de la investidura

Debo reconocer que muchas de las cosas a las que aludían las desconozco, suspendida como estoy en historia reciente, pero, a pesar de la escandalera que armaron con su insultante retórica, he de reconocer la brillantez de unos discursos claros y atractivos al oído, ese oído que muchas veces huye de los rollos grandilocuentes que se profieren en estas ocasiones y que nadie entiende ni qué dicen ni para qué sirven.

Acostumbrada como estoy a escuchar en los pasillos de los colegios cómo los adolescentes y preadolescentes se insultan a diestro y siniestro, el hecho de escuchar a un chaval bien parecido de 34 años -un “mocoso”, un “hipócrita”, un “rufián”, como han llamado al diputado ídem otras ilustres señorías, al que algún cazador de erratas incluso le ha corregido el texto del discurso y hasta se lo ha suspendido- tachar de “traidores” y “caciques” a otros diputados me parece como tales insultos un tanto descafeinados. No sé a qué vino tanto revuelo si parece que mentiras no decía el diputado Rufián. Debe ser que no estamos -o no estoy- acostumbrada a esa exquisitez en la manera de faltar al respeto, ni a que se les diga a sus señorías, como dijo Pablo Iglesias, a sabiendas de que es verdad seguramente, que hay más delincuentes potenciales dentro del Congreso que fuera en la calle.

Yo en realidad estoy más habituada al estilo barriobajero del que suele gustar el señor Rivera. En mi entorno los chicos de la siguiente generación que algún día ocuparán la Cámara Baja se llaman entre ellos “gilipollas”, “cabrón”, “hijo de puta”, y a las mujeres que les resultamos molestas nos mandan a que les chupemos su miembro viril, por no decir palabras más soeces. Teniendo estos mimbres, yo les recomendaría a sus señorías congresistas que vayan acostumbrando el oído, porque, por mucho tiempo y esfuerzo que invirtamos los educadores, esto es lo que se van a ir encontrando en el futuro en los ámbitos políticos tal como tenemos la educación en la actualidad.

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