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Camy Domínguez

Doctora en Filología y Experta Universitaria en Protocolo y Organización de Eventos, en la actualidad es profesora de Enseñanza Secundaria, aunque ha trabajado en otros ámbitos como el de Adultos, Primaria y Escuela de Idiomas. Ha dedicado algunos años a la política y ha ejercido el cargo de concejala en tareas de oposición y de gobierno en el Ayuntamiento de Icod de los Vinos.

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Perdiendo el juicio

La actualidad informativa viene siendo cada día más abrumadora. Por todas partes salen casos de asesinatos y violaciones de mujeres. Lo último que acabo de leer es que un tipo que asesinó a su mujer unos pocos años más tarde ha matado a la abogada que lo defendió, con la que tenía una relación. Y pienso para mis adentros: ¿será posible que sigamos siendo tan ingenuos como para pensar que podemos corregir la actitud de un individuo por tan solo sancionarlo regalándole unos poquitos años de cárcel y dejándolo libre a la primera que veamos que hace las cosas bien? Hay un refrán que dice que "por el interés te quiero, Andrés". Parece que para algunos gremios este refrán es una novedad, o peor aún, un desconocido.

En estos días he podido comprobar que las sanciones si no son duras, que duelan en el alma, o incluso en el cuerpo, no sirven para nada. Un alumno de esos que no aparece casi nunca por el instituto y que cuando viene es con la intención de reventar la clase ayer mismo me dio una lección al respecto.

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Juguetes

En mi pueblo, Icod de los Vinos, un pueblo comercial de toda la vida, siempre hubo jugueterías. De hecho yo también tuve un bazar en cuyos estantes había más juguetes que otro tipo de mercancías. Antes de tener esta tienda, yo me preguntaba a veces cómo hacían para sobrevivir los comerciantes de juguetes, pues me imaginaba que solo en Navidades podría ser rentable tener una tienda de juguetes. ¿Cómo hacían para subsistir el resto del año? Algún cumpleaños, algún premio en fin de curso a los niños que aprobaban todo. Luego comprobé por mi propia experiencia que ni siquiera eso, que vendiendo juguetes no es posible mantenerse y menos en estos tiempos.

Y acabo de confirmarlo. Hace algunos días leí en la prensa una noticia que decía que los comerciantes de juguetes estaban preocupados ante la dificultad que estaban teniendo por competir con la tecnología en el interés de los más pequeños. Que los negocios de juguetería se estaban yendo pa' atrás como los cangrejos y que, ante el inminente cierre de un emblemático bazar de Madrid, el escaparate comenzó a llenarse de emotivas frases de reivindicación y homenaje a los recuerdos de la niñez de miles de madrileños.

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¡Cuídate, mujer!

Vamos a ver, doñita. ¿En qué idioma le puedo yo hablar y que usted entienda? Y que me entiendan los que están pensando que soy una feminazi de mierda por decir lo que voy a decir. Porque ni se les ocurre que puedo hablar desde la propia experiencia de mujer maltratada una y otra vez que quiere avisar a sus semejantes para que despierten de su sueño de princesas.  Pues vale. A esos les doy la razón, si les hace ilusión tenerla: solo seré una alegre feminazi resentida que ataca injustamente a los pobres hombres, a los que hay que defender por sobre todas las cosas. Pero van a tener que leerme para afirmar tal cosa.

Estamos en la era en que corresponde dar visibilidad al maltrato para poder así erradicarlo de nuestra sociedad, que hasta ahora se ha regido por el patriarcado. Todo se ha hecho hasta ahora, después de miles de años de historia y de prehistoria, al gusto de los hombres, solo para que ellos puedan sentirse una raza superior, triunfadores sobre el sexo débil, sobre los floreros que nosotras hemos sido siempre.

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Niños ven, niños oyen, niños hacen

Cuando eres profesora y te mueves en el mundo de los adolescentes y les generas cierto grado de confianza, acabas siendo para ellos algo distinto a los demás profesores. Muchos niños están abandonados en manos de agentes educativos de alta nocividad, como el móvil, la televisión o internet, y necesitan muchas veces contar sus experiencias a alguien que los escuche, porque desgraciadamente muchos de ellos no tiene apenas una comunicación familiar válida.

Por esta razón, después de escucharlos y hacerles de confidente, no solo te va a costar un poco más que al resto de tus compañeros mantener el orden de la clase y que cuando vayas a explicar una lección te escuchen a la primera y te tomen en serio, pues acaban considerándote una coleguita, sino que también tienes que estar todo el tiempo recordándoles aquello del respeto al profesor como autoridad pública, que no sé a qué están esperando nuestros gobernantes para hacer valer tal figura...

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Niños con bolsa plástica

Cuando digo que jamás en mi vida me he emborrachado la gente me mira incrédula. No es concebible llegar a mi edad sin haberse cogido una buena cogorza de esas que llegas a casa a las mil, arrastrándote, vomitando hasta la hiel y sin saber ni quién eres. Y sí, es cierto, lo juro, nunca me ha pasado.

Mentiría si dijera que tampoco pruebo el alcohol. Me gusta un buen vino para acompañar un banquete, no descarto blancos ni tintos, si bien mi preferido es el afrutado bien fresquito. También me gusta una copa o un chupito de algún licor dulzón en buena compañía. De pequeña solía también tomar cerveza y recuerdo bien su sabor, pero hablamos de hace más de cuarenta años.

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Un 23 de noviembre 

Siempre hay algunos alumnos que se extreman a esperar al último momento antes de la evaluación para entregar los trabajos obligatorios que han debido darme en algún momento del trimestre y, por la sensación de vivir al límite, por holgazanería, olvido o Dios sabe qué rebuscada excusa, todavía no han llegado a mis manos. Ayer a última hora, para evitar la escabechina inminente, les di una última oportunidad y decidí que, mientras esos rezagados hacían sus trabajos, a los que ya los habían entregado a tiempo les iba a permitir incrementar su nota, y para ello los puse a redactar un ensayo argumentativo sobre la violencia de género, por aquello de que se aproxima la fecha del 25N.

No faltó quien me llamara para preguntar cómo hacer con los argumentos a favor y en contra. Tuve que preguntarles seriamente si de verdad podrían ellos encontrar algún argumento a favor de la violencia de género. Y mientras otros se iban documentando para elaborar su ensayo, una alumna me mostró lo que había escrito para que le echara un vistazo. Ponía que este año ya iban veintitrés asesinatos por violencia de género. Tuve que corregirle el dato y conseguirle la cara de asombro, pues, según una de sus compañeras acababa de consultar en un periódico que hacía tres horas que se había actualizado, la cifra alcanzaba ya ochenta y nueve (cuando la leí un escalofrío me recorrió todo el cuerpo), que nunca antes desde que existen estadísticas ha habido tantos decesos por este motivo y lo tuve que expresar con todo el espanto que mis gestos fueron capaces de mostrar a ver si así conseguía que aquellos pocos adolescentes salieran de su despiste y cayeran en la cuenta de la gran tragedia humana que estamos sufriendo, y que no solo son esas cifras que salen cada día en grandes titulares en los periódicos, sino un río de basura que se mueve por las alcantarillas silenciosas de nuestra sociedad, donde campan a sus anchas las ratas inmundas del maltrato machista cotidiano de todo tipo. Es muy probable que con mis aspavientos no haya conseguido gran resultado, pero al menos me queda comprobarlo cuando lea sus ensayos.

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Un vivero de políticos

Ayer tuve una conversación muy entretenida con algunos de mis alumnos adolescentes. Como eran poquitos, porque el resto se había ido de excursión, los seis que quedaron en un principio plantearon que si podíamos poner una película. Y yo me niego a poner una película sin estar segura de que cada escena que veamos sea apta no solo para ellos sino para el grado de tolerancia de sus padres, quienes pudieran censurarme por poner alguna escena no apropiada para sus retoños.

Pues la pregunta del millón que les hice fue "¿de qué quieren hablar?". Una contestó que mientras que no fuera de política... Y ahí empezó el debate, porque apenas hablamos de otra cosa que no fuera de política durante casi una hora. Según ellos, no servía de nada hacerle saber al alcalde y a los representantes del ayuntamiento que faltaban cosas por arreglar en el municipio. Yo, con conocimiento de causa, les contestaba que no siempre un alcalde puede hacer todo lo que desean los vecinos como si fuera tan fácil como agitar una varita mágica y ya está. Les comenté que no estaba justificando a los gestores del municipio ni mucho menos, porque muchas veces no depende de ellos, sino de otros de arriba.

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Noche de Jálogüin

El otro día le escribí un mensaje de WhatsApp a un alumno en el que empleaba la palabra Jálogüin y en la conversación presencial que tuvimos un par de días más tarde salió el tema de que él nunca había visto escrito Halloween de esa manera. Le contesté que, ya que esa costumbre había venido para quedarse, lo lógico es que acabáramos adaptando el extranjerismo a nuestra pronunciación como hemos hecho con muchas otras palabras.

Como ya sabrán ustedes, en estos días atrás en muchos países angloparlantes ha tenido lugar la celebración de Halloween. Y será que nunca presto atención y por eso, por más que mis profesores de inglés me la han venido explicando todos estos años, sigo sin saber con toda exactitud sobre esta tradición, pero lo que no acabo de entender todavía es qué pinta en este país una costumbre como esa. Como si no tuviéramos bastantes tradiciones que ni sabemos que existen.

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¿La alerta pa’ cuándo?

Este 25 de octubre fue uno de esos días que piensas que nunca llegan. Pero llegan. Poco a poco se nos van colando ciertos eventos que se van normalizando a fuerza de suceder una vez y otra.

Ese día me levante, como cada jueves, a las seis y media de la mañana para asistir al trabajo. Mi hija se levantó a la misma hora. Antes de eso nos despertamos con un redoble continuado de fondo que al principio pensé que sería algún vecino que desde temprano se había puesto a taladrar en alguna pared, pero por las rendijas de las ventanas y en la oscuridad de la habitación se colaba una luz intermitente que me dio a entender que lo que estaba sucediendo era esa tormenta eléctrica que hacía días se venía anunciando.

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La náusea

Tengo la sensación de que la raza humana se está degenerando poco a poco pero a pasos de gigante. Después de todo los inteligentes, aplicados y respetuosos que en otro tiempo fuimos los humanos, no sé por qué en los últimos tiempos hemos derivado en esta involución tan insana. Bueno, en realidad sí que lo sé, pero, como decía un buen amigo mío, "me hago la pendeja" hasta ver en qué para todo esto.

Por poner algunos ejemplos, empezaré por el cultivo del conocimiento, ese que nos hace libres para pensar y opinar. Cuando yo era pequeña, apenas aprendí a juntar las letras y a poder entender palabras y oraciones, empecé a interesarme por lo que decían los libros. Y no solo yo sino varios de mis compañeritos nos aficionamos a manosear, curiosear y luego leer todos los cuentitos que nuestro maestro atesoraba en una estantería como esas básicas de noventa centímetros de ancho por un metro ochenta de alto de Ikea que él llamaba orgullosamente "la biblioteca". Allí no había grandes cosas tampoco, pero había lo justo para que unos pequeños de seis y siete años se interesaran por el germen de la libertad, la lectura. Nunca le agradeceré tanto a ese maestro que aparte de enseñarme a leer me enseñó el amor y el cuidado de los libros, pero señaló a dedo a dos de mis compañeritas que él consideró las más idóneas y las nombró bibliotecarias, o sea, encargadas de desempolvar la estantería y su contenido y por ello manosear los libros un poco más que el resto de los mortales. Ese día conocí también lo que era la envidia y nunca desdeñaré a un maestro como desdeñé a este por tal motivo.

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