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Las sierpes

Las serpientes, esos animales fríos, de sangre fría, que se arrastran, que se mueven cautelosas para que nadie sospeche de ellas, que nos hechizan exhibiendo sus llamativos colores, sus escamas brillantes, los silbidos de sus lenguas bífidas, su cascabeleo obsceno, que nos hacen creer que todo está bien, que no va a pasar nada, que puedes confiar en su carita ingenua de ojillos menudos, en sus palabras de amable santidad... Pero, cuando más confiado estás, ratoncillo, ¡zas! Ya te ha embaucado, ya te está magreando los genitales con sus suaves manos acariciadoras de biblias en las que el objeto de maldad era siempre un diablo disfrazado de serpiente que había convencido a Eva para que comiera la fruta prohibida...

Buena historieta para echarle la culpa a otro. Está usted aparente, padrecito, para predicar cosas como el pecado, cuando usted y tantísimos hombres de iglesia, a los cuales generaciones enteras de nuestros padres y abuelos han tenido por hombres buenos y santos, aun a riesgo de enfrentarse en batallas dialécticas e incluso llegar a las armas para defender su santa conducta, han cometido abusos sexuales contra niños, rasgando por la mitad cientos y miles de vidas inocentes y dejando tras su abominable y falso ministerio sacerdotal un reguero de cadáveres de criaturas a las que ustedes robaron su infancia sin ningún escrúpulo ni temor de Dios.

Me cabrea tanta hipocresía y lo cierto es que mi familia siempre ha sido de gran devoción y religiosidad, yo diría que hasta límites a veces enfermizos e incapaces de cuestionar nada que tuviera que ver con la religión, aunque ello supusiera el menoscabo de los propios derechos, así que cuanto menos someter a juicio la actuación de un sacerdote, ya fuera de la familia o no. Ellos, los curas, siempre lo hacían todo derecho porque supuestamente Dios los iluminaba por la buena senda. ¡Y un cuerno! No seré yo quien someta a juicio ni critique las creencias de nadie, pues simplemente me he limitado a respetarlas, pero también las describo para demostrar por qué a veces he sido considerada una oveja negra por cuestionar algunas cosas que al final acaban cayendo por su propio peso.

La primera ocasión que fui a la Península, en 1996, con motivo de un viaje al Algarve a conocer el testamento y la mísera herencia de un familiar de mi ex, tuvimos que pasar la primera noche en Sevilla y despertamos al día siguiente, un lluvioso 19 de enero, con la noticia en el hilo musical de la habitación de un hotelito en la zona de Santa Catalina de que a un par de kilómetros de donde estábamos acababan de realizar una redada en el famoso pub Arny de la plaza de Armas, consiguiendo detener a varias decenas de hombres, algunos famosos, por prostitución de menores en dicho local.

Se armó el gran revuelo en esos días y se enfangaron en la tinta de los rotativos varios nombres conocidos y no tan conocidos a los que se acusaba de este delito. Cuando regresé a Tenerife, mi madre me comentó que había tenido conversación con mi abuela a ver qué decía ella del hecho de que hubiera hasta sacerdotes implicados en esta trama de prostitución de menores, a lo que aquella había contestado, muy ufana, que eso era que los curas estaban allí, en el pub Arny, para cuidar a los chicos. Obviamente mi madre estaba asombrada de tal ingenuidad, pero a mí se me salieron los ojos de las órbitas. ¿Cómo era posible que la gente, no solo mi abuelita, fuera tan ciega ante lo evidente?

Y es que por fin en estos días, en un acto de valentía sin precedentes, ha tenido lugar una cumbre convocada por el papa Francisco sobre abusos sexuales en la iglesia, que venía siendo un tema que todos conocían pero que nadie hablaba de ello, que se tapaban sigilosamente unos a otros, pero “tanto va el ratón al molino...”. Tanto alegato entre unos y otros y no parece que haya quedado claro un protocolo de denuncia puesto que todo dependerá de cómo cada país enfoque el tema del abuso sexual infantil. Lo que sí que ha quedado claro es que de santitos en la iglesia, nada, doñita, sino hombres de carne y hueso, verdaderas serpientes astutas que, para cumplir con el voto de castidad, puesto que no les está permitido contraer matrimonio porque eso está mal visto en un cura, recurren al sexo abusando de pobres angelitos y gente inocente a los que dejan secuelas de por vida y así sí que cumplen el voto de castidad como verdaderos campeones.

Simplemente estas sierpes hipócritas me dan asco. Merecen podrirse en el fondo del infierno que tanto pregonan ardiendo por los siglos de los siglos, o por lo menos, que se los torture con métodos inquisitoriales y así prueban de su propia medicina. Pero por esta porquería de legislación que tenemos, una gran cantidad de los casos denunciados ya han prescrito para desgracia de la humanidad y de las propias víctimas, así que no me creo que esta reunión de cara a la galería en torno al pope Francis sirva para erradicar tan asquerosa lacra, pues, como bien dice el refrán “la serpiente cambia el cuerpo, pero no su obrar rastrero”.

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