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Razonamiento motivado

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Hace muchos años, e incluso más atrás, vivía en una anónima ciudad gente que no erraba nunca en sus diagnósticos, opiniones y demás diatribas. El lugar era de puro conflicto porque no se podía ceder razón alguna para que nadie la perdiera.

Los enfrentamientos eran tales que no se conseguía decidir sobre nada porque todo eran juegos de suma cero, porque siempre que ganara alguien era porque otra parte había perdido. De dónde provenía ese conocimiento era otra cuestión.

La ciencia infusa era la protagonista y la axila ilustrada era el modus operandi tradicional. Esos folios doblados debajo del brazo, transformados en tablets y smarphones (por lo del ahorro en papel), que sirven más para jugar que para escribir y pensar hacen que, por ósmosis, el conocimiento vaya entrando. Eso sí, al no superar la barrera dérmica, las ideas se sudaban, no se aprovechaban y se desconfiaba del resto del mundo, enmascarando tras la soberbia una personalidad insegura e inculta.

Así y todo, se continuaba con la(s) verdad(es) absoluta(s) mostrándose incompatibles entre sí. Pero una vez, tras tener voluntad de poder avanzar, alguien dijo “¿… y si yo no tuviera razón…?; ¿… y si resulta que los razonamientos esgrimidos por la otra parte tuvieran tanta o más validez que los propios….?; ¿… y si estuviera equivocado…?; ¿… y si los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos…?”. “¡Ooh!”, exclamó el entorno.

“¿Alguien que asume que no lo sabe todo? Imposible. Debe ser de otra galaxia…”.

Esos folios doblados debajo del brazo, transformados en tablets y 'smarphones' (por lo del ahorro en papel), que sirven más para jugar que para escribir y pensar hacen que, por ósmosis, el conocimiento vaya entrando

A partir de ahí, fueron más personas las que razonaban bajo ese mismo esquema, haciendo del diálogo y del aprendizaje un new deal. Apareció el consenso win- win y se construyeron pactos en los que se aprovechaban lo mejor de cada casa a través de un objetivo común, negociando los instrumentos.

De esta forma se acentuó la importancia de la cooperación y se dio al grupo el protagonismo, combatiendo el egoísmo como mejora exclusivamente personal, alejando la fea costumbre de responsabilizar de algo (y todo) al resto. Así se trata a todas las personas con la misma importancia, y no en relación al estatus social o económico que ocupa (de forma provisional, como todo en esta vida).

Pudiera parecer que hablamos de psicología, pero realmente estamos hablando del papel de los operadores públicos y privados en todo proceso de negociación, aunque es probable que piensen que estamos equivocados y el mensaje no les termine de llegar porque nuestros deseos inconscientes y nuestros miedos cambian la manera en la que interpretamos la información. Y es que la cabra, siempre tira al monte. ¡Beeeee…!

José Miguel González Hernández
Economista

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