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El país donde faltaban las letras  

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En el país en que escaseaban las letras era muy difícil amar la literatura y casi imposible dedicarse de lleno a la creación en prosa o verso. En el país en que faltaban casi todos los signos del abecedario, construir un microrrelato, un cuento breve o un poema minúsculo representaba lo más parecido a lo imposible; se convertía en un seguro... no podrá ser. Pese a ello, y aunque no había letras en casi ningún lugar ni estas se podían conseguir de contrabando, Literato buscaba y buscaba día tras día, noche tras noche y jornada tras jornada.

Literato era un incansable recolector de letras, un buscador forofo de restos del abecedario en antiguos lugares donde la difusión de la narrativa o la poética era lo más habitual del mundo, lo común y lo cotidiano. Ahora esto no era así, y la prueba evidente de tal escasez radicaba en que Literato, como otros de su condición, ya solo vivía para meter letras perdidas en el saco que colgaba de su espalda.

En el país en que faltaban las letras, la literatura había pasado a mejor vida, pero quedaban algunos amantes, enamorados y enfermos de los párrafos y los versos que se resistían a tal desierto. Uno de ellos era Literato, que se mantenía en vida y seguía en el país en que escaseaban las letras para poder acumularlas, por la noche o durante el día, en un momento de descanso..., y así llegar a componer u orquestar, con los signos arrebatados al olvido, el mensaje más alentador, más vivo y universal.

Era bastante poco para acudir a la puerta de aquella mujer, pero, se dijo, “mejor eso que nada”, y lo intentó...

Literato apenas se alimentaba de la forma que lo hace el común de los mortales, y no se sabe muy bien cuáles eran sus virtudes físicas para aguantar en pie y con lucidez sin haber ingerido la dosis adecuada de nutrientes. Literato era, al menos por ese afán extremo, un maniático del abecedario, un alquimista de la palabra a partir de dos, tres, cuatro o cinco caracteres de nada. Así transcurría su existencia en el país donde faltaban las letras, en el que casi nunca encontraba el tesoro más ansiado: una a, una hache, una zeta...

Tan improductiva vida cambió de repente en una mañana soleada y repleta de sombras frescas y plomizas, cuando, debajo de un banco viejo y antaño seguro que almacén de sabiduría humana y tradición oral, a la vez que Literato se agachaba para atarse los cordones de sus botines, divisó la letra erre muy sucia, más allá una a y, al otro lado de donde estas estaban (“¡premio!”, pensó), una eme y una o. Miró y miró, pero no halló nada más, salvo restos de hojarasca otoñal ahora reseca por el verano.

Con esas cuatro letras, Literato pensó que no podía hacer gran cosa, salvo componer las palabras “Roma”, “mora”, “ramo” o “amor”. Era bastante poco para acudir a la puerta de aquella mujer, pero, se dijo, “mejor eso que nada”, y lo intentó... Tocó a su manera, ella apareció y entonces él abrió su carpeta y enseñó el sustantivo “amor” compuesto con las viejas letras arrebatadas al banco.

La joven se abalanzó hacia el hombre y ya siempre estuvieron juntos, pese a vivir en el país en que faltaban las letras.

*Relato publicado en el libro de cuentos y otros textos llamado Policromía

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