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La renuncia

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A

Todavía tenía esperanzas en ti

en la primavera y en vernos reír

Dio su presente al pasado para dejarnos

un futuro aquí.

David Ruiz

Hace siete años cargaba siempre con una libreta y mandaba mensajes sms. Ahora tengo una nota en mi móvil que pone “inspiración” y escribo avisos con el silencio como destinatario. Todos suelen preguntar si sé si el receptor ha recibido correctamente mis palabras; yo contesto que no tengo manera de saberlo y responden con desdén: “Eres de esas”.

Soy de esas, de las que siempre han abogado por el encanto de la incertidumbre. Por los secretos de lo cotidiano, por las esperas. Por las cosas buenas hechas con tiempo y dedicación. Soy de esas personas que corrigen las lágrimas con más promesas. Como si estas pudieran cambiar las horas que nunca compartí con nadie más que con mi soledad.

Voy a un cumplir un cuarto de siglo en este mundo y aún no sé dónde he escondido tanta vida, tanto arrepentimiento, tanta calma y tanto dolor. Agradezco el seguir habitando una tierra que desconozco, pero me pregunto si a estas alturas no habré aprendido lo suficiente como para compartir mi existencia con quien demuestre la importancia de cada verso.

Voy a un cumplir un cuarto de siglo en este mundo y aún no sé dónde he escondido tanta vida, tanto arrepentimiento, tanta calma y tanto dolor

Lo que pasa es que la modernidad nos hace inmunes al tiempo. Impacientes ante un amor inexistente. Deseosos de tener con urgencia propósitos que solo se construyen, como todo lo que alivia, a base de destiempos.

Por eso volver de la nada a la muerte parece más complejo en esta ciudad vacía un domingo. Esa es la razón por la que recorrer todas las calles que aún no conozco me hacen recordar que al final quienes estarán conmigo toda la vida son mis propias dudas; que ya es bastante agotador aguantarse a uno mismo como para cargar con una incertidumbre que rezuma desprecio.

La modernidad nos ha traído personas que no están dispuestas a aceptar la renuncia como parte de la entrega; y qué difícil explicarle a alguien que ceder no es siempre un yugo, sino que también es liberación, que la renuncia voluntaria te convierte en un ser más puro, más benévolo. Qué complicado es compartir una vida con quienes deciden los futuros como si su mundo fuera el único en busca de auxilio.

Hace siete años no sabía que dedicaría mis esfuerzos a desheredar la pena acumulada durante más meses de los que nunca pensé que podría durar el querer. Hace siete años llevaba una libreta a todas partes y ahora solo cargo con el peso de una culpa que no me pertenece, de unas horas que no viví, de una angustia liberada.

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