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Ángeles vestidos de blanco

Pedro Marrero Sicilia / Pedro Marrero Sicilia

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En esa situación, no medimos el tiempo por segundos, ni por minutos ni por horas sino, entre otros, por la cadencia de las gotas de suero que van cayendo lentamente desde el recipiente colgado en las alturas hasta nuestro cuerpo. A mí me gustaría que Einstein, o cualquiera de sus discípulos, me explicase por qué durante la mañana, un segundo puede durar tres horas, y por la tarde, las tres horas que la familia acompaña al paciente pueden durar sólo un segundo. Porque es así.

Pero no es mi queja el motivo de este comentario, no. Este artículo quiere resaltar las virtudes, la dedicación, el esmero, el cariño, el espíritu vocacional y las enormes ganas de hacer las cosas bien de todo el personal sanitario, entiéndase desde los médicos hasta las auxiliares, enfermeros/as y personal que diariamente me visitaban en el cuarto donde permanecí aislado 25 largos días.

Sobre todo las enfermeras, casi todas mujeres, y los/as auxiliares. Su trato cariñoso, no ya hacia mi persona sino hacia cualquier paciente; su entrega, su positividad, la complicidad con cada enfermo a quien llamaban siempre por su nombre, ese espíritu vocacional demostrado segundo a segundo, el valor que tienen (no se les supone, como en la mili, sino que lo acreditan a diario), eso, no tiene precio.

Son “el alma” de cada planta del hospital. Están siempre ahí cuando les reclamas atención porque se te acabó el agua o sientes que algo no va bien. Si llamas desde el baño vienen en segundos. Son ángeles vestidos de blanco. Y esta vez sólo me refiero a la planta de Urología, donde estaba “de prestado”. Conozco otras donde su comportamiento es idéntico.

Hay dos anécdotas que deseo citar: una, la de un paciente ingresado que frenó en seco a otra paciente, una “energúmena” de unos 30 años, que por una tontería insultaba a una de las auxiliares en el pasillo, con palabras muy desagradables. El paciente, un señor mayor, la increpó duramente, le dio un par de gritos, le frenó la histeria y la mandó a la habitación. Funcionó. El agradecimiento de la agredida, así como del resto de profesionales fue más que evidente, aunque del asunto no se volvió a hablar.

Y otro, algo muy personal de quien suscribe. Uno de los primeros días de mi estancia sufrí una crisis de ahogo por insuficiencia respiratoria en el baño, de manera que llamé al timbre. Vino una auxiliar que me ayudó en la ducha. Servidor, poco acostumbrado a estas situaciones, le dijo a la señora que sentía pudor, a lo que ella respondió que esa era una hermosa palabra. Me ayudó tan delicadamente que en ese momento sentí que perdía la vergüenza. Gracias, a esta auxiliar y a todas las demás que tan amablemente me trataron. Gracias, al equipo de enfermeras que en tres turnos me atendieron como un rey. Gracias, a los médicos que me visitaban cada día. Gracias a todos. No sé cómo se puede hablar mal de un organismo público, como es un Hospital de la Seguridad Social, sin haber pasado por una experiencia como ésta. Les aseguro que quien hable mal de toda esta gente se equivoca.

Pedro Marrero Sicilia

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