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Tic, tic, tic... ¡Bum!

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Reventaremos. Es cuestión de tiempo. Dentro de no sé cuándo —más pronto que tarde, quizás—, miles de dispositivos electrónicos yacerán en el vertedero de los centros educativos que han sido inundados con una ingente cantidad de aparatos (portátiles, sobre todo) para los que no hay en la actualidad un servicio técnico constante y abundante, ni personal docente cualificado y con suficientes horas para gestionar el correcto funcionamiento de tanta máquina.

Miles de artefactos se reparten semanalmente en los centros educativos. Cada vez más. Esa es mi impresión. Se funden fondos —colosales cantidades de dinero público— en esto; o sea, en más ordenadores, más enchufes, más conexiones, más baterías para cargar, más… Se dispensan sin atender, al mismo tiempo, a muchas crudas realidades: que hay, cada vez más, menos espacios donde alojarlos, menos acondicionamientos de la infraestructura para que se utilicen de un modo óptimo, menos mejoras horarias para que el quehacer didáctico fluya como debería, menos facilidades para el uso de los equipos porque la puesta a punto se demora sine die (tras las entregas, las esperas; las de profesionales para que se configure, se enganche, se conecte, se vincule, se inventaríe, se…); y menos conciencia de que no consiste en poner un objeto electrónico con teclas en las manos del alumnado para justificar el cumplimiento de las programaciones didácticas sobre las TIC —en otras palabras: que dar un coche a un tipo no lo convierte en conductor—. 

Hace años que llevo diciéndolo, creo que deberé seguir haciéndolo unos cuantos más: adentrarse en las tecnologías de la información y la comunicación implica un cambio radical en la metodología de enseñanza —¿radical? Sí, desde la raíz misma— y una modificación sustancial de lo que es el proceso de aprendizaje. Las TIC no solo se han de regir por el parámetro de la aptitud (aquello que sepas o no hacer); el de la actitud (que percibas cómo tu visión y asunción del mundo se adaptan a lo que ha de ser una sociedad desarrollada donde el conocimiento sirve para el progreso científico y social) tiene tanto o más peso, a mi juicio.

En algún lugar elevado se ha llegado a la conclusión de que, para conseguir el título de “población educada para el siglo XXI”, lo más adecuado es descargar en los centros educativos y sin mucho criterio infinidad de aparatos. Y ya está. Con eso es suficiente. Y todo sin preguntar, sin consultar las necesidades de los colegios e institutos, sin prever si lo que se adjudica es lo que hace falta o lo más provechoso según las circunstancias. “¡Yo lo suelto y que ellos lo cojan!”, parecen decir los elevados; a quienes me imagino convencidos de que nadie renunciará a las entregas: “Pero ¿cómo?, a caballo regalado…”.

Y no, no se trata de una dádiva de las administraciones, no es un generoso acto de amor y consideración hacia los centros educativos. Todo lo que proveen cuesta dinero público. Mucho dinero público. Muchísimo. Hay empresas suministradoras de dispositivos que están haciendo su agosto con este dispendio. No las culpo: alguien les dijo “quiero miles de…” y estas han respondido “pues, vale…”. Mi dedo se dirige a otro lado, aunque no sé si es justo responsabilizar a los que están ahora mismo al frente del navío educativo de Canarias o hacer lo propio con los que fueron desembarcados tras el atraque en las elecciones autonómicas de este año. No lo sé. No sé a quién señalar; mas sí, qué. 

CODA 1. ¿Que si me gusta la tecnología? Me encanta. Creo que esta es una de las razones para pensar que vivimos en un magnífico siglo. Me gustan los ordenadores. Me gusta internet. Me gustan los servicios a los que puedo acceder y el acercamiento a fuentes de conocimiento que de otra manera me estarían vetadas. Qué bendición de periodo, sin duda alguna. No soy un odiador TIC; al contrario: firme y espléndida es mi devoción.

CODA 2. Algún día habrá que hablar también de la cantidad de pasta (así, en coloquial, para que llegue e impacte más), de la inmensa cantidad de pasta, repito, que se está invirtiendo deprisa y corriendo (“como sea, pero ya”) para justificar subvenciones, ayudas e iniciativas de toda índole vinculadas con la educación y la formación. Falta un mes para que acabe el año y los despachos institucionales echan humo para hallar (“como sea, pero ya”) dónde meter tanto maná en forma de excedente presupuestario. ¿Que si lo entiendo? Ni un ápice.

Reventaremos. Es cuestión de tiempo. Dentro de no sé cuándo —más pronto que tarde, quizás—, miles de dispositivos electrónicos yacerán en el vertedero de los centros educativos que han sido inundados con una ingente cantidad de aparatos (portátiles, sobre todo) para los que no hay en la actualidad un servicio técnico constante y abundante, ni personal docente cualificado y con suficientes horas para gestionar el correcto funcionamiento de tanta máquina.

Miles de artefactos se reparten semanalmente en los centros educativos. Cada vez más. Esa es mi impresión. Se funden fondos —colosales cantidades de dinero público— en esto; o sea, en más ordenadores, más enchufes, más conexiones, más baterías para cargar, más… Se dispensan sin atender, al mismo tiempo, a muchas crudas realidades: que hay, cada vez más, menos espacios donde alojarlos, menos acondicionamientos de la infraestructura para que se utilicen de un modo óptimo, menos mejoras horarias para que el quehacer didáctico fluya como debería, menos facilidades para el uso de los equipos porque la puesta a punto se demora sine die (tras las entregas, las esperas; las de profesionales para que se configure, se enganche, se conecte, se vincule, se inventaríe, se…); y menos conciencia de que no consiste en poner un objeto electrónico con teclas en las manos del alumnado para justificar el cumplimiento de las programaciones didácticas sobre las TIC —en otras palabras: que dar un coche a un tipo no lo convierte en conductor—.